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23.05.09 -

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Galileo 'casi' descubrió Neptuno
Imagen del planeta Neptuno tomada por el Telescopio Keck II.
Estos días, al amanecer (unos 90 minutos antes de que salga el Sol) podemos repetir una observación cargada de historia: la conjunción de los planetas Júpiter y Neptuno.
Hace casi 400 años, Galileo tropezó con el octavo planeta del Sistema Solar. Pero nunca lo supo. Y no sólo eso: todavía faltaba mucho para que se descubriera el séptimo por W. Herschel: Urano. La historia de Galileo y Neptuno no es tan conocida como sus célebres observaciones y descripciones de los cráteres de la Luna, las fases de Venus, las manchas solares, o los cuatro grandes satélites de Júpiter. Pero aun así, se trata de un episodio algo más que curioso y fortuito, que bien vale la pena rescatar en este Año Internacional de la Astronomía, que tiene tanto que ver con Galileo.
Galileo anotó la observación de Neptuno junto a Júpiter: Los dibujos de Galileo nos demuestran que observó el planeta el 28 de diciembre de 1612 y de nuevo el 27 de enero de 1613. ¡Lástima! Porque en la siguiente observación Neptuno ya no estaba en el pequeñísimo campo de su tosco telescopio cuando seguía observando el histórico baile de las lunas de Júpiter.
El 28 de enero, Galileo notó algo sumamente extraño: «Más allá de la estrella fija a, le seguía otra en la misma línea, que también fue observada la noche anterior, aunque entonces parecían estar más juntas», escribió. Las dos estrellas fijas (una de ellas, Neptuno) parecían haberse acercado entre sí. Y eso era rarísimo tratándose de estrellas (que no varían su posición relativa). En realidad, Neptuno se había movido, poco, muy poco, pero Galileo lo notó. Fue la última vez que Júpiter, Neptuno y la estrella encajaron en el estrecho campo visual de su telescopio. Quizás por ello, Galileo abandonó a Neptuno. Y al igual que otros astrónomos que le siguieron (como Lalande, en 1795, o John Herschel, en 1830), nunca supo que lo había encontrado.
Neptuno, finalmente, fue identificado en 1846 por el astrónomo aficionado alemán Johann Galle, gracias a los cálculos del francés Urbain J.J. Leverrier. Por eso se dice que, finalmente, Neptuno salió de la punta de un lápiz... O lo que es igual, Leverrier continuó esa brillante etapa de la ciencia que comienza con los tres grandes: Copérnico, Galileo y el equipo Kepler-Tycho para terminar con Isaac Newton que «somete» al cielo a las más preciosas leyes que hayan salido de la mente humana.
Cómo observarlo en estas madrugadas: Neptuno aparece, incluso a través de unos prismáticos, como una débil estrella de octava magnitud. Así que para localizarlo será necesario disponer de una carta celeste. En estos días está a menos de medio grado (el tamaño de la Luna en el cielo) del brillante Júpiter, lo que facilita su observación.
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