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Cultura

PACO LÓPEZ MENGUAL NOVELISTA

El escritor y mercero molinense presenta su segunda novela, 'El mapa de un crimen'
25.02.09 -

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«Sospecho que debí ser un niño con poco apetito». No parece el principio de una novela que oculte un crimen entre sus páginas, pero es un sagaz aperitivo. Así comienza El mapa de un crimen, del molinense Paco López Mengual, una narración que bajo el título de El vuelo del mosca, había aparecido ya -con una limitada tirada- en la Editora Regional. Ahora la Maeva ha relanzado esta historia con la posguerra civil como telón de fondo para una narración escrita en el lado oscuro de una calle mayor; «un aburrido pueblo en una tranquila tarde de domingo». Un asesinato a plena luz con navaja barbera con empuñadura de nácar. Cartografía trágica.
Segunda novela de López Mengual (Molina, 1962), que alterna la literatura con la venta de artículos de mercería. Su primera entrega fue La memoria del barro. López Mengual regenta Las Marujas -por una tía suya que se llamaba Maruja- y allí ha escuchado y zurcido cuentos y consejas. Él es un ávido escuchador. Con familia republicana por un lado y franquista por otro, cree que es necesario prestar atención a todas las versiones.
- ¿Fue un niño con poco apetito?
- Sí, más ávido de historias que de alimento material. Mi madre fue testigo de un crimen muy similar al que se cuenta en la novela y le debió impresionar tanto que me la contaba casi a diario. Las obsesiones de la infancia han terminado nutriendo esta novela. Es una historia que siempre me ha rondado y que me costaba estructurar hasta que comprendí que había que colocar el crimen en la primera página para poder dar diferentes saltos en el tiempo y mezclar distintas voces. Al final, el protagonista me acompañaba y me susurraba al oído los pormenores de su historia, ya fuera tomando un café o cuando no había gente en la tienda. Dicen, y yo me lo creo, que García Márquez lloró el día que tuvo que matar al coronel Aureliano Buendía.
- Tiene una mercería, ¿qué hace usted metido en estos berenjenales?
- Es un negocio familiar. Escribo desde hace poco tiempo..., supongo que a los veinte años tenía cosas más divertidas que hacer. Comencé a escribir cuando me encontraba en la frontera de los 40, quizá para sortear eso que llaman crisis de la madurez. Mis clientas se sorprendieron mucho al saber que era novelista y, sobre todo, no entendían de dónde sacaba tiempo.
- También inventa las historias de las cremalleras que vende, ¿qué abrirán y qué cerrarán?
- Hay objetos que tienen vida y me interesa las utilidades, muy distintas en ocasiones que para lo que han sido creados, que damos a algunos objetos. Incluso he vendido bolsas para conservar un cadáver…
- ¿Se escribe para recuperar algo?
- Quizá para recuperar algunas sensaciones de la infancia. Siempre me han gustado las historias que se contaban en verano en las puertas de las casas de los pueblos. La televisión era un invento para el invierno; en el verano se escuchaban historias de los tiempos difíciles, de la picaresca necesaria para vencer al hambre, de la guerra. Perece que tenemos miedo a convertir Murcia en un espacio literario, algo absurdo porque está tierra guarda suculentas historias. Me gusta más escuchar que hablar. Me gusta escuchar historias en todas partes: en la barra de un bar, en el cine, en las reuniones familiares, a los vecinos, en el mostrador de mi mercería... Historias que luego filtro y reconvierto. Yo creo que ese abuelo Cebolleta al que nadie hace caso tiene muchas y muy interesantes cosas que contar que no son batallitas. Para escribir hay que ser un gran oyente y un gran lector.
- ¿Por qué la guerra civil como telón de fondo?
- No encuentro acomodo para la ficción en la actualidad, necesito cierta distancia y uno de los lugares misteriosos es la guerra y la posguerra. Con catorce años, con la paga de los domingos, compraba una enciclopedia por fascículos de la guerra civil que estaba escrita por Hugh Thomas. Entre mis héroes estaba el Capitán Trueno, acompañado por el general Líster, Durruti y el Campesino.
- Quizá lo más peculiar de su novela es ese curioso cambio de roles. El republicano es un triunfador y el ex miembro de la División Azul es un hombre humillado.
- La guerra civil, que debería ser uno de los grandes temas de nuestra literatura y nuestro cine, está aquejada de un simplismo ideológico de buenos y malos. Parecía que eso iba a cambiar después de la genialidad de La vaquilla, de Berlanga, pero no ha sido así. No me gustan las historias maniqueas.
- En su novela, todos guardan algún secreto.
- Todos juegan a una especie de gran carnaval. Todo tiene su contrapicante, quizá la labor del novelista sea hurgar en los secretos. Lo que hace a un novelista diferente es la forma de mirar, un punto de vista, que admite hasta una mirada infantil, que no es el de un historiador, un ensayista o un periodista.
- Usted dibuja un pueblo como un lugar cerrado, como un espacio sin escapatoria.
- Sí, es algo claustrofóbico. Hay un personaje confinado por el régimen franquista, pero parece que los demás tampoco pueden escapar de allí.
- Hay algunos ecos de José Luis Castillo-Puche en esta novela
- No he leído mucho a Castillo-Puche. Leo de todo y muy variado, desde Generación nocilla a Cela, que es uno de mis grandes santones, al que creo que hubiese merecido dos Nobel, uno por Viaje a la Alcarria y otro por La familia de Pascual Duarte. También puede haber ecos de Miguel Delibes o Pérez-Reverte.
- Incluso de Crónica de una muerte anunciada.
- Quizá, pero mi realismo mágico está más cerca de El bosque animado, de Wenceslao Fernández Flórez, o La torre de los siete jorobados, de Emilio Carrere; maravillosos autores hoy olvidados y que habría que recuperar.
- Una historia de tenacidad y disimulo, de identidad y azar…
- El azar juega un papel importante en nuestras vidas, todos los días nos encontramos con bifurcaciones que quizá cambian nuestro futuro. Todos los personajes han sido trastocados por la guerra: su vida, su futuro y su forma de amar; pero todos hacen un esfuerzo por adaptarse a su tiempo.
- Un lenguaje directo y claro
- Me ha costado depurar el lenguaje, pero creo en el lenguaje limpio.
- Y, ¿ahora?
- Acabo de finalizar otra novela, que aún no tiene título, ambientada también en la guerra civil con un pie en la actualidad. Creo que existe un cóctel literario muy seductor: guerra civil y fantasía, algo cuya eficacia ya ha sido demostrada por el mexicano Guillermo del Toro con sus dos espléndidas películas: El laberinto del fauno y El espinazo del diablo. Creo que es muy saludable el mestizaje entre cine, literatura e incluso televisión.
- Algo se mueve últimamente en la literatura murciana.
- Hasta hace poco había una frontera imaginaria, a la altura de Albacete, que impedía a muchos autores murcianos ir más allá. Estaban, claro, Castillo-Puche, Pérez-Reverte o García Moltalbo, pero el resto parecía condenado a una literatura de consumo endogámico. Parece que se ha roto el tablacho con autores como Tristante, Marta Zafrilla, Gregorio León, Manuel Moyano, Leantem, Patrick Ericsson o Javier Moreno.
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