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Murcia

La Murcia que no vemos

El 14 de febrero se cumplen 75 años del robo de uno de los símbolos de la Cristiandad
25.01.09 -

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A la tercera fue la vencida. Al menos, de momento. La Cruz de Caravaca fue robada en 1934 de su santuario por tercera vez, aunque ya antes había sufrido otros dos hurtos a lo largo de su dilatada historia, que se remonta a la tercera década del siglo XIII. Pero, en esta última ocasión, no dejaría rastro. Sucedió un Martes de Carnaval, víspera de Miércoles de Ceniza.
Unos desconocidos asaltaron el templo, abriendo un agujero en la denominada Puerta de San Lázaro, y se apropiaron de la cruz. Su objetivo era tan determinado que despreciaron el resto de riquezas que atesoraba el templo.
El próximo 14 de febrero se cumplen 75 años desde que alguien, tan enamorado de la reliquia y en día tan señalado, o tan ofendido ante su veneración, decidió robarla sin dejar más rastro que un agujero y un serrucho. Aún hoy, se desconoce el autor o autores del robo aunque, pese al acto, la fama y veneración a la reliquia se han incrementado en los últimos años, hasta traspasar las barreras cristianas y convertirse en objeto de supersticiones. Como talismán, hay quien la usa para repelar el mal de ojo o protegerse contra los ataques de los animales.
Importante reliquia
Cuando la noticia se conoció en Caravaca, el pueblo creyó enloquecer. Habían perdido una de las reliquias más importantes de la Cristiandad, la misma que, según la leyenda, se le apareció al Padre Ginés Chirinos. El sacerdote se disponía a celebrar un misa para satisfacer la curiosidad de un rey almohade, quien le había proveído de todos los enseres litúrgicos que el cura le había pedido. Menos la cruz, que se le olvidó.
Aquí arranca la tradición que sitúa este Lignum Crucis -un trozo supuestamente auténtico de la Cruz de Cristo- en el Reino de Murcia. La leyenda sostiene que el madero, de considerables proporciones, perteneció a Santa Elena, la madre del emperador Constantino. También se afirma que lo poseía el patriarca de Jerusalén, que lo llevaba colgado al pecho y que un día desapareció de él para aparecer en Caravaca.
El 15 de febrero de 1934, el diario La Verdad revelaba que «Caravaca está de duelo. Una mano criminal y profana ha arrebatado del sagrario en que se veneraba su joya más preciosa». Estas líneas se encuentran entre las primeras que se produjeron sobre el robo, una fechoría que, en las siete décadas posteriores, provocarían miles y miles de publicaciones, artículos y cartas. Sin contar el centenar largo de folios del sumario judicial, que apenas sirvió para embrollar más el asunto.
En estas últimas siete décadas se han producido versiones del expolio para todos los gustos. Una de ellas mantiene que se trató de un simple robo, aunque no explica porqué razón los ladrones no se llevaron también la caja de plata, del siglo XIV, que contenía la cruz. Otros señalan a los herederos de los Caballeros templarios o a los masones, teniendo en cuenta la existencia en la época de alguna orden. Y no falta quien señale que la cruz fue trasladada a México, o que fue la propia Iglesia Católica la que retiró la pieza. Incluso señalan la visita del Nuncio del Papa a la ciudad, cincuenta años después del robo, como argumento que refuerza su tesis. Sin olvidar que hasta el mismísimo Papa Ratzinger, cuando era cardenal, tampoco quiso perderse una visita al santuario.
Lo cierto es -si las decenas de historiadores locales y aficionados me permiten invocar la verdad sin corregirme- que España vivía aquellos años fuertes tensiones políticas, que degeneraron en la Guerra Civil. En algún caso, se demostró amenazas a este símbolo por parte de algunos exaltados. Eso, sin olvidar que hasta el juez instrutor se inhibió del caso tras ser amenazado de muerte y que su suplente fuera asesinado de un disparo.
El espléndido investigador José Antonio Melgares Guerrero ya adelantó hace unos años que se podían reducir a dos los objetivos del robo. Primero, el espiritual, en un tiempo en que se menospreciaba la fe hasta el extremo de amenazarla. El otro, el material. El estuche de la cruz fue regalado en 1777 por el Duque de Alba. Era de oro y piedras preciosas.
Por último, algunas versiones sostienen que la cruz sigue en España, escondida y a la espera de volver a ocupar el sitio que le corresponde, ya no en su santuario fortaleza, sino en el corazón de los caravaqueños y de miles de fieles en todo el mundo.
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