El bíceps de Iván Alonso

CÉSAR GARCÍA GRANERO
El bíceps de Iván Alonso

La historia de Clemente e Iván Alonso es la historia de una desavenencia aliviada por un triunfo, el del último partido, y una comparecencia, la de Iván Alonso el lunes, que atenúa pero no cierra un desencuentro entre dos popularidades, la del entrenador y la del jugador, ambos de carácter más ardido que discreto.

Todo comenzó cuando el pasado verano Javier Clemente eligió nuevo brazo para el brazalete de capitán: el de Mejía. Iván Alonso sintió que uno de sus bíceps perdía importancia. Le sentó como un tiro tener que ceder su generalato en el vestuario, porque se sintió degradado -era el capitán la temporada anterior- y pasó a la acción. Cuando hubo que elegir dos capitanes, puestos por detrás del de Mejía que hacen de puente entre éste y el vestuario, puestos al fin y al cabo fuera de foco, el uruguayo pidió a sus compañeros que no lo votaran, y la elección recayó al final en Paco Peña y Ochoa.

Hasta aquí el origen del divorcio, que tiene que ver más con la rabieta de un momento que con una desencuentro serio. Lo que pasó a partir de entonces es ya otra cosa y tiene que ver más con un desacato en toda regla, el de Iván Alonso, que con un cabreo pasajero. El uruguayo desobedeció a su entrenador, que además de su entrenador es su jefe, y convirtió un episodio circunstancial en un pulso con Clemente.

Ocurrió días antes del partido de Copa en Jerez, cuando en un entrenamiento Clemente colocó a Iván Alonso entre los suplentes. El entrenador del Murcia comenzó a impartir órdenes y lo hizo a los jugadores del equipo titular. Iván Alonso se sintió otra vez rebullir, otra vez el bíceps removido, y soltó la lengua. Le dijo a Clemente que un equipo de reservas era algo más que un equipo donde no hay titulares. Tan jugadores eran unos como otros, eso le dijo, y tanto derecho tenían a recibir órdenes unos como otros.

Es entonces cuando llega el desacato. Días después, durante el partido de Copa en Jerez, Clemente le pidió a Iván Alonso que retrasara su posición. Fue como gritar bajo el agua: sólo burbujas. Iván Alonso se hizo el remolón, primero, y el desentendido, después, cuando en vista de su actitud Clemente le pidió a Dani Aquino que le hiciera llegar la orden en el campo. Aquino transmitió el mensaje para nada. Hubo orden, pero no obediencia, porque Iván Alonso no cumplió lo que el entrenador le pedía. Es decir, la orden quedó enmudecida. Es decir, hubo orden para nada.

Lo que había empezado como una desavenencia se convertía en Jerez en un pulso contra la autoridad del entrenador, que vio su trono a la funerala y no podía permitir un desagravio semejante. Que el Murcia necesitaba los goles del uruguayo, es cierto; que el vestuario necesita la autoridad del entrenador, también.

Comenzó así el vía crucis del uruguayo, un camino de suplencias y espinas que lastimaba al equipo, pero que Iván Alonso se había ganado a pulso. Un desencuentro fugaz es un tropezón entendible, uno que perdura en el tiempo es un resabio inexplicable. Con el orgullo no se juega, pensó el uruguayo. El orgullo de Iván Alonso, que tantas veces ha beneficiado al equipo, lo perjudicó en este caso.

Con el orgullo no se juega, sí, pero se esconde. Eso es lo que hizo Clemente cuando le dio bola el sábado y eso es lo que ha hecho Iván Alonso tras ofrecer una rueda de prensa el lunes y romper su silencio. Es decir, el desencuentro se mantiene, pero con disimulo. No hay pipa de la paz, pero sí una distensión necesaria.

Considero que Iván Alonso tiene sitio en este Murcia. Jaquea más que mata al enemigo. Es mejor para el desgaste que para la definición, pero por eso mismo desestabiliza al rival. Lo erosiona. Es decir, no es un futbolista imprescindible, pero sí válido y debe jugar. Bueno, siempre que su orgullo lo deje.

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