Adiós con todos los honores

Pepín Liria cortó ocho orejas y un rabo en su última corrida, en una tarde marcada por las emociones y en la que el público se mostró sensible

F. OJADOS
CON SUS DOS AMORES. Pepín Liria da la vuelta al ruedo acompañado de sus dos hijas, María y Jara. / JUANCHI LÓPEZ / NACHO GARCÍA/
CON SUS DOS AMORES. Pepín Liria da la vuelta al ruedo acompañado de sus dos hijas, María y Jara. / JUANCHI LÓPEZ / NACHO GARCÍA

La de ayer fue una tarde para la historia de la plaza de toros de Murcia. Fue todo más emotivo que lucido, por el fondo de los toros, y porque la sensaciones fluyeron desde que Pepín pisó el albero, para caminar en solitario en su último paseíllo y comprobó que su público de Murcia no le fallaba en un día tan especial, con los tendidos abarrotados de gente deseosa de que el león de Cehegín se marchara feliz después de una carrera ejemplar. En el ruedo, la corrida tuvo dos partes, más interesante la primera, por el juego del toro de las Ramblas, que faltito de raza se dejó; y el de Zalduendo, que resultó a la postre el mejor de los siete lidiados. El Fuente Ymbro galopó pero se acabó pronto fruto de un puyazo del que sangró en exceso. Se fue dosificando Pepín en este primer acto. Le cortó la oreja al primero por una faena inteligente, de menos a más, planteada lejos de la querencia y en la que templó con buen pulso al natural, y mató sensacional. Doble trofeo paseó del segundo, brindado al público, recibido con tres largas cambiadas de rodillas en el tercio. Inició su faena de hinojos, para después ligar tandas medidas por ambos pitones. Lo mató de un espadazo en todo lo alto. Estuvo muy seguro con la espada toda la tarde. Recibió al tercero a portagayola, demostrando que no venía a reservar nada, la faena, brindada a sus toreros, prometía en los inicios pero se fue desvaneciendo como el burel. La oreja más sudada, de un mérito enorme, fue la que le arrancó a un precioso victorino, que brindó al doctor Robles, listo como él solo, con evidente peligro, ante el que Pepín estuvo hecho un tío, demostrando porque ha sido figura. El juego de los otros tres no permitió la faena que el soñaba. El manso quinto lo brindó a Ángel Bernal. Al sexto, un toro muy basto, alto y que no quiso embestir, lo recibió a portagayola y lo brindó a sus hijas. Echó el sobrero, con el que dibujó buenos naturales, tras brindar a su Murcia, con un público rendido a su torero, puesto en pié, que consiguió para el diestro los máximos trofeos como reconocimiento a su carrera. En la vuelta al ruedo con sus niñas y en la salida a hombros de los toreros, que se alargó hasta dejar al diestro en el hotel, afloraron las lágrimas de un Pepín sensible y orgulloso de lo conseguido en su vida de matador a la que ponía fin ayer. Su último toro se llamó Samurái, nº 25, 522 Kilos, de la ganadería de El Torero.

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