El Teatro Romano de Cartagena se cierra a espectáculos y festivales y reivindica su alto valor arqueológico

Integrado como 'gran sala arqueológica al aire libre' en el original museo que ha diseñado Rafael Moneo, se ultiman las obras para su inauguración en primavera

ANTONIO ARCO
VIRTUAL. Maqueta del proyecto de Rafael Moneo de intervención integral en el entorno del Teatro Romano./
VIRTUAL. Maqueta del proyecto de Rafael Moneo de intervención integral en el entorno del Teatro Romano.

Aunque se trabaja concienzudamente para que el Museo del Teatro Romano de Cartagena, obra del arquitecto Rafael Moneo, que está encantado -«como un chiquillo», dicen sus colaboradores cercanos- con su idea de convertir el Teatro en la majestuosa sala culmen y al aire libre del singular Museo, pueda abrir sus puertas al público a finales de febrero o durante el mes de marzo, lo cierto es que tanto los responsables de la Fundación Teatro Romano de Cartagena, como la directora del Museo, la infatigable arqueóloga Elena Ruiz Valderas, prefieren ser prudentes y no adelantar una fecha concreta; eso sí, se entusiasman cuando reconocen que antes de que finalice la primavera -21 de junio-, el proyecto de recuperación global de un monumento que desde finales del siglo I a. C. provocaba el entusiasmo y la admiración de cuantos llegaban a Cartagena en barco, a través de uno de los puertos naturales más hermosos, y también menos aprovechados, del Mediterráneo, esté listo para poder ser disfrutado -otra vez hay que ser prudentes- por no menos de cien mil personas al año.

Unas cien mil personas al año podrían visitar el Teatro Romano, pero ninguna de ellas tendrá la oportunidad de asistir -como sí es el caso de Mérida o Itálica, por ejemplo- a una representación teatral, recital, concierto o puesta en escena de un ballet. Definitivamente, ni los espectáculos ni los festivales tendrán cabida en el monumento romano cartagenero, con capacidad para seis mil espectadores y enclavado en un marco natural y urbano de extrañísima atmósfera y belleza; el hallazgo del Teatro Romano de Cartagena tuvo lugar en 1990. Lo cierto es que eran muchos, sobre todo vinculados al mundo de las artes escénicas o consumidores de sus propuestas, los que confiaban en poder disfrutar del uso para el que se puso en pie este escenario privilegiado, del que ya hablaron con ilusión y expectativas murcianos de distintos campos profesionales que durante la Expo 92 de Sevilla asistieron, en el Teatro Romano de Itálica, a las representaciones de El cielo protector, la adaptación coreográfica de la novela homónima de Paul Bowles que estrenó la compañía Merche Esmeralda y el Ballet Región de Murcia.

No se podrá vivir en el recuperado monumento un momento histórico como el que disfrutaron los afortunados espectadores que, en 1989, se rindieron ante la actriz Jeanne Moreau encarnando a Celestina en el Palacio de los Papas de Aviñón; ni se verán cumplidos los sueños en voz alta de actores de la categoría de Nuria Espert, Hanna Schygulla o Alfredo Alcón: poder interpretar a los grandes clásicos en la histórica y misteriosa colina cartagenera. La Espert interpretó en agosto de 2001, en el Festival de Teatro, Música y Danza de San Javier, una Medea de Eurípides sobrecogedora que dirigió el griego Michael Cacoyannis y cuya sencilla escenografía -unos restos de columnas y unas velas- firmó Daniel Bianco.

Impacto

Los responsables de la puesta en valor del Teatro Romano de Cartagena han apostado por un futuro para el monumento muy distinto al del -hoy tan de actualidad- Teatro Romano de Sagunto, cuya restauración de fuerte impacto y destinada a su uso para disfrute habitual de espectáculos fue obra de los arquitectos Giorgio Grassi y Manuel Portacelli. Esta rehabilitación, que dio la vuelta al mundo, fue llevada a los tribunales en 1993 por un diputado autonómico del PP; y, estos días, el Tribunal Supremo ha ordenado la demolición de la reforma llevada a cabo en el Teatro en un plazo que no debe superar los 18 meses. De momento, más de un millar de representantes muy diversos del mundo de la cultura y la sociedad, entre ellos los arquitectos Oriol Bohigas y Vittorio Gregotti, han firmado un documento, oponiéndose a la demolición de la reforma, en el que elogian el trabajo realizado en el monumento y destacan cómo se ha convertido en un lugar festivo de encuentro, debate y apuesta por la cultura.

Ni Nuria Espert, ni Irene Papas, ni la irrepetible actriz lorquina Margarita Lozano, una de las grandes Hécuba de la Historia del Teatro. ¿Por qué el Teatro Romano de Cartagena se reserva exclusivamente para su uso como monumento visitable? Lo explica con convicción Elena Ruiz Valderas, quien, por supuesto, desde un principio descartó llevar a cabo una restauración al estilo John Ruskin -dejar, en plan romántico, las ruinas sin restaurar- o al de Violet Le Duc -partidario de imitar el estilo original-. «Se ha huido de la reconstrucción artificial y de cualquier abuso en la intervención, que es mínima», indica Ruiz Valderas. «Quizás parezca -añade- que hemos sido muy contenidos en la actuación, pero la gente va a poder utilizar su inteligencia e imaginación para ir comprendiendo con las pistas que damos cómo era realmente el monumento; y creo que van a disfrutar mucho».

«En el año 2000», explica la arqueóloga, «se empezó a hacer una carta de las patologías que tenía el monumento», incluido el extremo deterioro de sus materiales. «Que aquí de nuevo hubiera seis mil espectadores viendo una puesta en escena implicaba una intervención muy dura y la reconstrucción de las gradas», indica Valderas: «Se apostó por una restauración arqueológica, vinculada a un Museo, que propone un recorrido arqueológico difícil de olvidar». Y que quede claro: se descartan a corto plazo los experimentos con gaseosa. «Este Teatro tiene un enorme valor por sí mismo», resalta Ruiz Valderas.

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