El asesino de la catana cumple toda su condena y queda libre sin tener siquiera vigilancia policial

La juez de Menores, con el informe favorable de la fiscal, le 'perdonó' ocho meses de internamiento terapéutico «para que no influyese negativamente en su evolución personal»

RICARDO FERNÁNDEZ
ESPADA JAPONESA. Un policía, con la     catana utilizada en el crimen, sale de la vivienda donde ocurrió el crimen. / EFE/
ESPADA JAPONESA. Un policía, con la catana utilizada en el crimen, sale de la vivienda donde ocurrió el crimen. / EFE

Siete años, nueve meses y un día. Tal es el tiempo, ni una jornada más, que José Rabadán, el joven murciano conocido como el asesino de la catana, ha tardado en purgar todas sus culpas con la Justicia. A día de hoy, y en concreto desde la medianoche del 1 de enero pasado en que los relojes de toda España anunciaron con doce campanadas la llegada del 2008, este hombre de 24 años es ya tan libre de hacer con su vida como cualquier otra persona que jamás haya delinquido. Ni siquiera tiene la obligación de presentarse periódicamente en un juzgado, ni debe comunicar a las autoridades dónde reside, ni está sometido a vigilancia policial alguna. Es libre. Completamente libre.

José Rabadán fue condenado a cumplir ocho años de internamiento, más otros dos años de libertad vigilada, por haber asesinado con una catana a su padre, Rafael Rabadán Tovar; a su madre, Mercedes Pardo Pérez, y a su hermana pequeña, Mercedes, afectada por síndrome de down. El triple crimen, que causó una terrible conmoción no sólo en Murcia, sino en toda España, ocurrió en la madrugada del 1 de abril del 2000, después de que durante varios días hubiese planificado cómo sería su existencia sin su familia y hubiese llegado a la conclusión de que sería «algo positivo»: para él, porque podría hacer con su vida lo que quisiera. Y para sus padres y hermana, porque acabarían para ellos los sufrimientos cotidianos.

Una medida generosa

Aunque la sentencia establecía que el periodo de internamiento en un centro terapéutico finalizaría en agosto del 2006, y que entonces se iniciaría el periodo de libertad vigilada de dos años -esto es, hasta agosto del 2008-, esta medida fue modificada en un auto dictado el 22 de diciembre del 2005. En esta resolución, la juez de Menores, con los informes favorables de la fiscal y del equipo técnico del juzgado, le perdonaba los «ocho meses, menos seis días», que le restaban de internamiento y se establecía que el 1 de enero del 2006 comenzaría ya a cumplir la pena de dos años de libertad vigilada. Una circunstancia que se justificaba porque, tras haber cumplido las tres cuartas partes de la medida de internamiento, se consideraba que continuar con el mismo «puede en estos momentos influir negativamente en su situación personal».

Además, para ese momento José Rabadán, de quien por sentencia se estableció que sufría «una psicosis epiléptica idiopática» que le habría llevado a cometer «un homicidio múltiple, inmotivado e incomprensible», ya había recibido el alta médica y no seguía tratamiento psicológico ni farmacológico alguno.

Con la rebaja de «ocho meses, menos seis días» de la pena de internamiento, José Rabadán es totalmente libre desde el pasado 1 de enero. Eso significa que ya no está obligado a residir en la casa de acogida de la asociación Nueva Vida de Santander, no tiene obligación de acudir a su puesto de trabajo, no debe comparecer en el juzgado de Menores cada quince días, no tendrá que volver a acudir a las citas fijadas por el funcionario encargado de supervisar su condena, ni estará obligado a hacer cursos de reinserción sociolaboral.

Ni tan siquiera tiene vigilancia policial ni debe comunicar a nadie sus cambios de residencia, sus viajes o sus traslados.

Es libre. Tan libre como imaginó que llegaría a serlo cuando aquella madrugada se decidió a empuñar la catana.