«Hay que pelear para que los cerdos se queden con la nariz sangrando»

El novelista asistirá en Murcia al Congreso Internacional 'Alatriste: la sombra del héroe', que hoy se inaugura con expertos de varios países

ANTONIO ARCO
CALMA. Arturo Pérez-Reverte, en Murcia. / VICENTE VICENS / AGM/
CALMA. Arturo Pérez-Reverte, en Murcia. / VICENTE VICENS / AGM

Hay unas palabras que obsesionan a Arturo Pérez-Reverte -Cartagena, 1951- desde que de «jovencito» traducía a Homero: «Llueve en las orillas de Troya mientras zarpan las naves». Hoy, el escritor navega libre por el mar del éxito, y rumbo a la soñada Isla del Tesoro recibe periódicas noticias de las hazañas de su personaje más popular: Alatriste. Este lunes comienza en Murcia el I Congreso Internacional Alatriste: la sombra del héroe.

-'Alatriste' se ha convertido en un personaje con vida propia, un personaje familiar que, incluso, parece no necesitar ya al autor para ser bien recibido en todos los hogares. ¿Cómo lleva usted la fama de su personaje?

-Al principio la llevaba con estupor, porque nunca imaginé que trascendería hasta ese punto lo que era un divertimento casi personal, un guiño para unos cuantos lectores del Siglo de Oro y de capa y espada; un guiño a mi hija y a una generación de chicos jóvenes a los que no se les ha contado, ni bien ni mal, nuestra historia. Yo pensaba en un libro marginal, o de culto, como se dice ahora. Claro, la sorpresa fue tremenda, pero tras el estupor inicial y después de seis libros y once años de vida del personaje, terminas asumiendo las cosas. Hoy, por Alatriste me preguntan los taxistas y recibo cartas sobre él que lo tratan como si fuese un personaje real. Es agradable, pero también un poco inquietante porque te das cuenta de que el personaje ya no te pertenece completamente, de que ya no eres dueño de él y no lo controlas.

-¿Qué le desea, ahora que ya no lo puede controlar totalmente?

-Deseo haber podido sentar bien las bases para que Alatriste tenga una vida digna y honrada. Es como criar a un hijo, al que lo educas todo lo mejor que puedes, pero después al mundo se va él sin ti. El Alatriste sobre el que yo escribo se ha completado con el que existe en el imaginario de la gente, y no sé muy bien en qué andanzas va a terminar ese Alatriste resultante.

-¿Recuerda la primera imagen que tuvo de él?

-Fue en la infancia. A mi padre le gustaba mucho el teatro del Siglo de Oro. Recuerdo que empecé a poner el oído al verso a través del Tenorio de Zorrilla. Siempre que había teatro en Cartagena me llevaba con él, y para mí esa imagen del capitán de los tercios que aparecía en escena me subyugó desde el principio: sus bigote, su capa, su espada, su sombrero, su forma de hablar de honor, de lealtad, de amor, de paz, de guerra, de camaradería...; a eso hay que añadir la lectura precoz de Los tres mosqueteros y la introducción en el mundo de Dumas, y ahí se genera ya una familiaridad con el personaje que te acompaña toda la vida.

-Y ¿cuándo pensó en él como personaje de novela?

-Creo que lo veo por primera vez cuando estoy haciendo un artículo para XLSemanal, titulado La fiel infantería, en el que habló sobre La rendición de Breda de Velázquez y, a la hora de contar el cuadro, uso la voz narrativa de un soldado anónimo, sin rostro, que lleva la tercera lanza por la izquierda. Ahí me aproximo al soldado de las guerras de Flandes y del XVII y es la primera vez que genero mi primera visión del personaje.

Nada de chácharas

-¿A quiénes quería que de alguna manera se pareciese Alatriste y a quiénes intentaba rendir homenaje con su existencia?

-He vivido muchas veces en países en guerra y en lugares en situaciones de crisis, y en esos lugares siempre he deseado tener a mi lado a un amigo sólido. Ahí la retórica, los discursos y las chácharas no valen para nada. No quieres un amigo que te dé conversación, sino un amigo que te ayude a salir de allí. Siempre he buscado esos amigos y los he encontrado, he tenido la suerte de que la vida me puso junto a gente así, a la que aprendí a respetar justamente por su silencio más que por sus palabras, y por sus hechos más que por sus intenciones. De ahí construyo parte del imaginario de Alatriste, que es el compañero que yo quisiera tener y que, de hecho, he tenido en algunas ocasiones. Alatriste es el amigo que nunca falla, en el que te puedes apoyar cuando las cosas se ponen mal. Supongo que ha tenido tanto éxito entre la gente porque Alatriste responde a una necesidad, no ya solamente literaria, narrativa, estética o ideológica, sino a una necesidad personal, física, íntima, humana: la necesidad de tener a alguien fiel y callado de quien poder fiarte. Y Alatriste, con todos sus defectos -es un mercenario, un asesino...-, tiene esos códigos, esa reglas que uno desea encontrar en los otros. Creo que yo escribí Alatriste para dotarme a mí mismo y dotar a mis lectores de ese compañero que uno necesita tener.

-¿Se propuso no proyectarse mucho en el personaje?

-Alatriste no soy yo. Me lo propuse y no fue difícil porque soy novelista profesional y conozco bien mi trabajo. Lo que pasa es que es inevitable que a personajes fuertes como Alatriste, para hacerlos vivir uno les preste puntos de vista; no digo rasgos de carácter, ni ideologías, sino formas de mirar. Yo no soy Alatriste, pero es verdad que él vive gracias a algunos puntos de vista que yo le he prestado sobre el mundo y la vida. Más que con mi carácter, Alatriste está hecho con mi mirada. Quizás por eso sea real, porque nace de la realidad, de una visión del mundo en crisis, de la tragedia del ser humano, de la traición, de la soledad, de la amargura, del combate y, sobre todo, de la desesperanza; Alatriste y yo compartimos plenamente el saber que la batalla está perdida desde hace muchísimos siglos, que no hay nada que hacer.

-Pese a lo cual no hay que resignarse, según defiende usted.

-Claro. Hay dos formas de resignarse: como un cordero o como un cerdo. Todos conocemos tipos de esas dos variantes. Yo detesto las dos, porque hay que pelear aunque sepas que no hay victoria posible. ¿Pelear por qué? Pues porque la misma pelea ya justifica la vida, pelear para que no te confundan con corderos y los cerdos se queden con la nariz sangrando. Para Alatriste, pelear no es un mecanismo de salvación, es un estado de ánimo, de gracia. En Japón lo asocian mucho con la figura del samurai. Vive de su espada, su dignidad es su espada. No es un matarife, no es un tipo que va por ahí empujando a la gente. Es un tipo que encuentra la energía para poder vivir cada día en esa hoja de acero que simboliza muchísimas cosas. Es la espada como símbolo, más que como herramienta.

-En lo de ser leal a la palabra dada parece ir Alatriste muy a contracorriente de lo que se lleva hoy.

-Esa es otra de las razones por las que Alatriste tiene éxito: la gente encuentra en él cosas que deseamos encontrar. Todos querríamos que la gente fuese consecuente con lo que dice y con lo que promete. En un mundo tal vil y tan infame como este, tan en manos de políticos que son gentuza -en este país la política es hoy una infamia especialmente infame como nunca lo ha sido-; en un mundo de políticos embusteros y en el que los grandes valores se han ido todos al diablo, encontrar gente que aún es capaz de ser consecuente con aquello en lo que cree, incluso estando dispuestos a perder lo que haga falta por ser fiel a uno mismo, eso consuela, es algo que hace que te sientas bien. Incluso los malvados, en algún momento de su vida necesitan también tener a su alrededor gente con códigos. Alatriste es alguien capaz de mantener su palabra y de pagar el precio que sea por ello.

Analfabetos

-¿Se planteó qué tratamiento hacer de la violencia en libros que leerían muchos niños, adolescentes y jóvenes?

-No, no. Vivimos en un mundo tan gilipollas que queremos aplicar nuestra ideología a todos los demás. Queremos que el africano, el asiático y el latinoamericano se comporten según nuestros criterios morales, algo imposible por razones culturales y muy diversas. Además, pretendemos que nuestros antepasados, que los que vivieron hace diez, veinte o treinta siglos se comporten como nosotros, con nuestros criterios morales. Queremos que Ulises y Aquiles en Troya, que El Cid en el siglo XI y Alatriste en el XVII se comporten como nosotros nos comportamos ahora, y eso ademas de una gilipollez es imposible. Solamente los analfabetos, los estúpidos y los demagogos -hay mucha gente que ha hecho de la demagogia su negocio- se escandalizan de que Hernán Cortés fuese machista y racista, ¿pues naturalmente! ¿Y El Cid creía que matar moros era algo virtuoso, que acogotando moros se glorificaba a Dios! Y Alatriste no es más que un producto de su tiempo. Yo no puedo ponerme a contar un mundo anterior como si la gente tuviese la mentalidad de este tiempo, ¿qué estupidez! Alatriste es un tipo de su tiempo: mata, viola, ha marcado la cara a una mujer, es un tipo con un mundo turbio, una conciencia turbia y remordimientos. La gente se lo cree precisamente porque no es un pastiche de cartón piedra hecho para agradar a cuatro demagogos que intentan marcar qué es lo políticamente correcto.