Fortunato Arias, beato

FRANCISCO JIMÉNEZ PÉREZ
Fortunato Arias Sánchez./
Fortunato Arias Sánchez.

D on Fortunato Arias, párroco de El Palmar (Murcia) durante 9 años (1926-1935), lo representó todo en su tiempo y se hizo siempre imprescindible en estas tierras. La carta escrita a su hermano Félix, poco antes de su anunciada muerte, es suficiente para declararlo mártir de Jesucristo: «Perdono a todos los que sean o hayan de ser los causantes o cómplices de mi muerte..., morir así es un verdadero y glorioso martirio. ¿Qué mejor muerte podía yo imaginar...?».

No se concibe la historia de El Palmar sin la presencia de D. Fortunato Arias. Predicaba con palabra encendida. Era un misionero, un apóstol. Su voz se extendía por toda la Vega. Todo el mundo quería verle y oírle. Él caminaba, corría, volaba deseoso de hacer el bien. Predicaba en la Iglesia y en la plaza, en calle y en las casas...

Llegó en tan escaso tiempo, tanto, a sus amados feligreses que, éstos, desde la torre de su fe, aseguraban que nunca habían visto a Dios tan cerca. En El Palmar estuvo desde el año 1926 al 1935, hasta que el «espíritu» le empujó al lugar de su martirio: Hellín.

Setenta y un años se cumplen de aquel recién acabado verano de 1936. Le sacan de prisión y es conducido a la carretera de Pozohondo, donde tiene lugar una escena conmovedora que parece arrancada de las Actas de los Mártires: Al descender del coche D. Fortunato pregunta a sus guardianes que, cuál de ellos le va a matar. Y al que le responde que él, dándole su reloj, le dice: «Toma este reloj como recuerdo, sólo te pido que me dejes morir besando esta cruz...». Y poniéndose de rodillas y besando el crucifijo, que luego de haberlo besado, lo aprieta fuertemente contra su pecho, como queriendo estrechar contra su corazón de padre a todos los hijos de Dios, pronuncia estas, sus últimas palabras: «Que Dios os perdone, como os perdono yo. ¿Viva Cristo Rey!».

E inmediatamente tres balas atravesaron sus sienes. Era el día 12 de septiembre, Fiesta del Dulce Nombre de María, que tenía tan dulces resonancias en el alma de aquel santo y mártir sacerdote.

Bien escribe San Agustín: La pena no hace a los mártires, sino la causa (R-1.465). El mártir no es pues, un vencido, sino un vencedor, un atleta, un campeón de la fe. Y campeón de la Fe es D. Fortunato Arias. Murió en la plenitud de su triunfo, su martirio, con el perdón en sus labios, con la fortaleza en su corazón y con su corazón ensamblado en Dios por la Caridad. Su sangre se hizo surco y semilla, porque su muerte martirial, se asemejó a la del Redentor Divino.

Decía un sacerdote, alumno suyo: «Los trámites para canonizarlo serán muy lentos, pero en el corazón de todos los que le conocimos, esta ya canonizado».

Francisco Jiménez Pérez es Cronista Oficial de El Palmar y Sangonera La Verde y biógrafo de Fortunato Arias.

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