La sombra de la yihad

El yihadismo está intentando hacer lo mismo con Occidente e imponer su califato universal matando y aterrorizando

DIEGO CARCEDO madrid

La sombra de la Yihad Islámica es alargada y ancha. En Europa tenemos la impresión de que nuestros países son su enemigo preferido. Preferido no lo sé, quizás sí, a la vista de lo que ha ocurrido estos días pasados en París y antes en Londres y en Madrid. Pero lo que sí es evidente es que no es el único. La prueba más reciente, al menos hasta el momento en que escribo estas líneas, es lo que está pasando en un hotel de Bamako, la capital de Mali

Malí es un país contaminado por la yihad desde hace algún tiempo. Tras la muerte de Gadafi, el caos que reina en Libia abasteció de armas modernas a las bandas de terroristas que se movían a sus anchas por las comarcas montañosas del Malí sahariano. Su avance hacia el Sur fue tan rápido que en pocos días ocuparon la histórica ciudad de Tombuctú, destruyeron buena parte de su riqueza cultural y en menos de un suspiro llegaron a las puertas de la capital.

Sólo la intervención rápida de las fuerzas aéreas y terrestres que Francia mantenía en países limítrofes, con la colaboración de tropas africanas y el apoyo táctico español, se evitó que se hiciesen con el control de Bamako. Los terroristas retrocedieron hasta sus refugios en el norte y el grueso del territorio recobró una cierta normalidad que acaba de verse perturbada. Todos los conocedores de la situación sabían que era una normalidad precaria, y ahora lo estamos viendo.

Pero Malí no es una excepción, sólo un ejemplo de cómo las organizaciones yihadistas - Daesh o ISIS, Al Qaeda y sus franquicias regionales sin olvidar algunas imitadoras a menor escala pero no menos crueles como Boharam -se han ido extendiendo por lugares que ni se sospecha. En el Magreb -Marruecos, Argelia, Túnez, etcétera- en el Africa Subsajariana- Kenia, Nigeria, República Centroafricana -, en el Sinaí (Egipto), en Somalia, en el Yemen la lista es interminable, por no hablar de lo más conocido: Afganistán, Pakistán, Irak, Siria, Líbano, etcétera-

El yihadismo ya ha destrozado varios Estados, como Somalia, Yemen o Libia. Incluso en los Estados Unidos, donde Al Qaeda dio su golpe más grave e impactante. Sobre su capacidad de expansión y su facilidad para conseguir nuevos adeptos, dispuestos incluso a inmolarse para darle rienda suelta al odio contra los que no piensan ni creen igual que ellos, es un misterio sobre el que los psicólogos, sociólogos, teólogos de otras religiones, expertos militares nadie consigue aportar unas explicaciones claras.

Actualmente se leen ensayos en los que se compara lo que está ocurriendo con la yihad con la caída del Imperio Romano cuando su poder empezó a ceder ante los ataques de los llamados bárbaros que venían del norte. Y la comparación no parece desacertada del todo. El yihadismo está intentando hacer lo mismo con Occidente e imponer su califato universal matando y aterrorizando. La alerta, que durante años era considerada excesiva, empieza a ser vista como real.

El problema es como pararla ahora que se está a tiempo. La guerra es el recurso más socorrido y, en las actuales circunstancias, el único que puede frenar las matanzas. No podemos quedarnos cruzados de brazos en espera de que nos apunten con sus kalashnikov. Hay que hacer más cosas, pero cualquiera de ellas se muestra difícil, incierta y, en cualquier caso, muy lenta. Cambiar mentalidades tan cegadas, hablar, negociar y pactar, necesita mucho tiempo. Y la amenaza no puede esperar.