Luto en la moda

L'Wren Scott con Mick Jagger/
L'Wren Scott con Mick Jagger

Alexander McQueen, Manuel Mota, L'Wren Scott y ahora Kate Spade. ¿Qué tiene el mundo del diseño para regar de cadáveres jóvenes un sector lleno de glamour, codicia y presiones económicas cada vez más grandes?

La moda se tiñe en demasiadas ocasiones de negro y rojo. El estreno de 'McQueen', el documental que recorre la atormentada vida del diseñador Alexander McQueen -se ahorcó en febrero de 2010, un día antes del funeral de su madre, tras tomar un cóctel de cocaína y pastillas- ha coincidido con la pérdida, a los 55 años, de Kate Spade. El personal de servicio encontró el cadáver de la creadora estadounidense en su lujoso apartamento neoyorquino de Park Avenue. Las investigaciones policiales apuntaron desde un principio al suicidio. Entre lágrimas, Frances Beatrix, hija de la diseñadora, leyó días después una carta que le había dejado la propietaria de un emporio que vendió por 2.400 millones de dólares: «Bea, siempre te he querido. Esto no es culpa tuya. ¡Pregúntale a tu padre!», concluía la misiva.

Manuel Mota, exdirector creativo de Pronovias, dejó tres cartas de despedida en una mochila que llevaba consigo: una dirigida a su novio, otra a su familia y la tercera a los Mossos d'Esquadra. El modisto, de 46 años, fue hallado muerto en enero de 2013 en el baño de un ambulatorio de Sitges, próximo a su domicilio, víctima de las lesiones causadas por un cuchillo. En presencia de los agentes judiciales, los policías abrieron esta última, en la que Mota explicaba que atravesaba una depresión, causada en parte por algún tipo de problemas laborales. Fina, la hermana del finado, vetó, por expreso deseo de la familia, la presencia de directivos de la firma nupcial en el funeral y les acusó de someter a Manuel a un grado de presión insoportable: «Estaba acosado; le exigían más de lo que podía dar y le han hecho la vida imposible», relató.

L'Wren Scott, pareja durante 13 años de Mick Jagger, no dejó ninguna nota de despedida en marzo de 2014, cuando su asistente la encontró arrodillada con un pañuelo anudado al cuello y atado al pomo de una puerta. Hora y media antes de morir, envió un mensaje de texto a la asistente pidiéndole que acudiera a su apartamento de Manhattan sin razón aparente. Tras la tragedia, el líder de los Rolling Stones seguía «intentando entender» cómo su «amante y mejor amiga» había terminado con su vida de una manera tan brutal. «Hemos pasado juntos unos años maravillosos. Ella tenía una gran presencia y su talento era muy admirado», ensalzó. La causa de la muerte se mantuvo como un misterio hasta que en menos de 48 horas el forense resolvió los resultados de la autopsia. Se sabía que las deudas acosaban a una de las diseñadoras más influyentes de Hollywood, pero nada que no pudieran resolver alguno de sus poderosos y multimillonarios amigos. En el momento de su muerte, las deudas rozaban los cinco millones de euros.

«Todos podemos ser descartados con bastante facilidad», recordaba a menudo McQueen

McQueen, Mota, L'Wren Scott y ahora Spade. La pregunta que se hace mucha gente es qué tiene el mundo del diseño para regar de cadáveres prematuros un mundo lleno de glamour, codicia y presiones económicas. Detrás de la caída de dioses que encadenan una ascensión sin límites y una bajada a los infiernos igualmente frenética corre en paralelo una absoluta sensación de inseguridad. «La industria de la moda, cada vez más, es muy variable, con unos niveles de exigencia y competitividad tan altos que desembocan en muchas ocasiones en un estrés insostenible, ya que nunca se acaba de satisfacer la necesidad de un público que siempre pide más», esgrime la psicóloga Rosa Collado.

Madurez y capacidad

¿Es un oficio peligroso? Depende, desliza la experta, del nivel de madurez y de la capacidad «de cada persona para afrontar precisamente esos niveles de estrés o de exigencia. En el caso de McQueen, un artista nacido para situarse a la misma altura de genios de la alta costura como Christian Dior o Balenciaga, los opacos entresijos de la moda actual le condujeron a los infiernos empujado por la autodestrucción, un ritmo de trabajo frenético y, por supuesto, el pánico al fracaso. «Todos podemos ser descartados con bastante facilidad. No quiero fiestas. Prefiero que la gente se vaya de mis desfiles vomitando. Quiero reacciones extremas, infartos, ambulancias», explicaba el gordito hijo de un taxista del East End londinense. Antes de ahorcarse, McQueen, que recordaba a menudo la «fragilidad de la vida», intentó, sin éxito, cortarse las venas. «Arrastraba sus propios demonios, pero era la metáfora perfecta de cómo el sector de la moda mutó de una locura romántica y creativa a un mundo de poderosas multinacionales globales», defiende Dana Thomas, periodista de la revista 'Newsweek'.

La autodestrucción, el ritmo frenético de producción y el pánico al fracaso acosan al creador

La veterana e influyente editora Suzy Menkes no tiene ninguna duda de que a los diseñadores, «por naturaleza personas sensibles, emocionales y artísticas, se les está pidiendo que cada vez asuman más cargas. Demasiadas», subraya con tono de preocupación. Las numerosas colecciones que tienen que presentar cada ejercicio han puesto en alerta a otros muchos creadores. Algunos, como Matthew Williamson, se han retirado de la circulación y han llegado a «odiar» la profesión, mientras que Christophe Decarnin ingresó en un psiquiátrico tras ser despedido, en 2011, de la casa Balmain. En medio de tanta muerte, siempre hay voces discordantes que cuestionan la presión y la incapacidad de algunos colegas para salir adelante. El octogenario Karl Lagerfeld ridiculizó a Raf Simons cuando, cansado, se desvinculó de Dior. «Si no eres un buen torero, no pises el ruedo», le acusó. Pero Simons optó por tomar las de Villadiego antes de que la moda le reservase un destino trágico en el Olimpo del luto.

Con ese punto tan kitsch, los crocs acaban teniendo su punto. Resultan divertidos y cómodos. Empezaron calzándolos solo los niños, pero la industria vio rápido el negocio y se los han puesto los mayores. Quienes los prueban subrayan su comodidad. Otra cosa es que ahora abandonen su perfil piscinero y playero y osen invadir las calles. En ello anda la firma Crocs. Visto el éxito, cada vez más masivo, de este calzado, se puede afirmar, sin temor a equivocarnos, que los de suela de fantasía recuerdan al cuento del patito feo que acabó convertido en cisne.

Hay firmas tan presas de su estilo que las amas u odias para siempre. Otras las empiezas amando y terminas alejándote temporalmente de ellas, porque siempre acabas volviendo al redil, pese a que temporada tras temporada incidan en las mismas señas de identidad. Les pasa a marcas como Versace, Etro y, como es el caso, Robert Cavalli. Pasan los años y los estampados de print animal terminan imponiéndose. Los tomas o los dejas, pero a las celebrities le sigue pareciendo el rey de la selva urbana.

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