El fin del mundo

Un rompehielos de la Armada chilena acaba de llevarse 200 toneladas de basura de las bases científicas, los únicos habitantes del continente blanco. /
Un rompehielos de la Armada chilena acaba de llevarse 200 toneladas de basura de las bases científicas, los únicos habitantes del continente blanco.

Es más grande que Europa, pero no hay pueblos ni árboles. Por allí solo pasan científicos, militares y unos 35.000 turistas

FERNANDO MIÑANA

El 7 de enero de 1978 nació Emilio Marcos Palma en el fortín Sargento Cabral de la base Esperanza, en la Antártida. Emilio es la única persona de la historia que puede presumir de ser el primer humano de un continente. El recién nacido llegó a las 8.40 horas y pesó 3,4 kilos. El sol, en pleno verano austral, no se puso en toda la noche y el día era apacible, con una temperatura de 3 grados. Dos meses antes, su madre, Silvia Morella, llegó hasta la península antártica en un avión costeado por el gobierno. Eran los años de la dictadura del general Videla y Argentina quiso crear ese precedente, junto a otros siete nacimientos posteriores, para arraigar aún más su derecho a una porción del continente blanco.

Ese interés, la soberanía que reclaman siete países que se disputan el pastel en siete cuñas que se superponen, está siempre latente pese a que el 1 de diciembre de 1959 se firmó en Washington el Tratado Antártico, que regula las relaciones internacionales con respecto a la Antártida, las tierras y barreras de hielo a partir del paralelo 60º Sur. Y hace 25 años se rubricó el Protocolo de Madrid, que convertía el continente en «una reserva natural consagrada a la paz y la ciencia».

El antártico es un continente más grande que Europa donde no hay árboles ni pueblos. Solo hay científicos, militares que asisten a estos y menos de 40.000 turistas al año. Todo en paz y armonía, aunque Argentina, Australia, Chile, Francia, Noruega, Nueva Zelanda y Reino Unido no renuncian a su parte. «No pueden reivindicarlo ni explotarlo, pero cuando llegas a la base argentina te encuentras un cartel que dice 'Bienvenidos a la República Argentina'. Siempre hay cierta tensión por este motivo», explica Rafael Simó, un oceanógrafo que ha pisado tres veces el lugar donde se encuentra el 90% del hielo del mundo (si se descongelara, el nivel del mar en todo el globo subiría 70 metros).

Aquel es un territorio inhóspito donde se han registrado temperaturas de -89.2º (1983) y rachas de viento de 327 km/h (1972). Y en el interior llueve menos que en el Sáhara. Los primeros exploradores emprendieron una carrera por alcanzar el Polo Sur que convirtió en leyenda al noruego Roald Amundsen el 14 de diciembre de 1911, 35 días antes que el británico Robert Scott.

El enorme manto de hielo, de 2.500 metros de profundidad, de media, y 14 millones de kilómetros cuadrados en verano y 20 millones, cuando el mar se congela, en invierno, cubre reservas de petróleo, carbón, hierro y hasta oro. Y también se ha descubierto kimberlita, una roca que puede contener diamantes, pero en el Protoloco de Madrid se convino suspender la minería durante 50 años, hasta 2048.

Los 52 países miembros del Tratado Antártico, de los que solo 29 son consultivos, incluido España desde 1982, están reunidos estos días -del 23 de mayo al 1 de junio- en Santiago de Chile. Allí estudian la evolución del tratado y las amenazas del continente blanco, casi virgen. El rompehielos 'Viel', de la Armada chilena, sacó hace unos días más de 200 toneladas de basura, los desechos que no pudieron ser tratados o incinerados por los 77 militares de diferentes bases junto a 650 civiles, entre ellos científicos y pasajeros, de la última campaña antártica.

Simó ha participado en algunas campañas y aún recuerda la sensación de cada visita. «Te sientes un privilegiado por estar en un lugar donde va muy poca gente y donde aún deben quedar zonas prístinas, como, supongo, en el Amazonas, Groenlandia, el Himalaya y poco más. Es algo muy especial, un sitio donde no crece ningún vegetal de más de 10 centímetros, pero es un continente muy vivo».

Un lugar hostil

Este oceanógrafo del CSIC que trabaja en el Institut de Ciències del Mar de Barcelona destaca que allí también inquieta el calentamiento global que lentamente se va haciendo notar. «Hay zonas donde el krill -un pequeño crustáceo similar al camarón- va siendo sustituido por un organismo gelatinoso parecido a una pequeña medusa, y eso modifica la cadena trófica». El krill es el principal alimento de pingüinos, focas y ballenas.

Allí todo depende del hielo. Tanto del continental, con los glaciares, que se desplazan hasta las costas y llegan a flotar en el mar pegados al continente, que acaban desmoronándose en pequeños o grandes icebergs -ahora las corrientes de agua más cálidas los van mermando por abajo-, como del hielo marino, el agua del mar que se congela y que luego se deshace.

Simó reinvindica que en la Antártida se hace «buena ciencia», aunque matiza que muchos países mandan allí equipos para poder reivindicar algún día algún derecho en aquel continente. Y sentimientos más profundos, primigenios. «Aquello es un lugar muy hostil, pero te lleva a algo muy ancestral, muy próximo a la tierra. Allí te sientes bien en tu aislamiento». El oceanógrafo ya prepara su próxima expedición, un proyecto mundial en el que participan 30 países y que supondrá la primera vez que un barco científico rodee completamente la Antártida. Simó saldrá de Ciudad del Cabo y navegará con un rompehielos ruso por el cinturón subantártico.

Los científicos que pueblan las bases que estudian el último continente descubierto, el más remoto, a veces reciben visita. Los turistas solo merodean por el 5% del litoral que en verano queda libre de hielo. Las compañías que operan allí -la única acción comercial que contempla el Tratado Antártico-, asociadas en la IAATO, se autolimitan y no permiten, por ejemplo, que desembarquen más de cien personas al mismo tiempo, como advierte Arnau Ferrer, que se define como guía antártico después de haber viajado al fin del mundo como periodista, guía de un barco de turistas y al frente de un grupo de viajeros.

Arnau ve gente con intereses comunes desde que el turismo en el continente blanco empezó en los años 60. «La mayoría de la gente busca paisajes y fauna», adelanta. «Es un turismo naturalista y muchos de los 'birdwatchers' -observadores de los pájaros- van para navegar por el mítico paso de Drake -las temibles aguas que separan los continentes- porque el tipo de pájaros que hay por allí, fundamentalmente albatros, no se ven en Sudamérica ni en la Antártida. También hay muchos fotógrafos que retratan pingüinos, leones marinos, ballenas... Luego están los que viajan simplemente porque es bonito y los que van para poner la bandera y decir que han estado». El viaje desde España sale por unos 7.000 euros, aunque también hay viajeros que se adentran en busca de la meseta y las montañas, siguiendo el rastro de Ernest Shackleton, el primero en atravesar la gran meseta antártica.