El milagro Ferrer

Una vecina de Anantapur, donde la Fundación Vicente Ferrer trabaja desde hace  20 años. :: zigor aldama/
Una vecina de Anantapur, donde la Fundación Vicente Ferrer trabaja desde hace 20 años. :: zigor aldama

Es la segunda región más desértica del país pero crecen los mangos y ya han construido 3.000 embalses. «Hay esperanza en el futuro», dice la viuda de Ferrer

ZIGOR ALDAMA

El desarrollo es un proceso que no tiene fin». Anna Ferrer es contundente en sus opiniones, pero sabe bien de lo que habla. «Cuando vinimos a Anantapur -en el sureño estado indio de Andhra Pradesh-, la población vivía en un mundo oscuro y sin esperanza de que sus vidas cambiasen. Las mujeres tenían 15 embarazos y daban a luz en casa con una altísima tasa de mortalidad, las castas altas trataban a las bajas como si fuesen esclavos, los pobres cobraban en especie, comían una vez al día, y no estaban escolarizados, y nadie confiaba en el Gobierno».

Corría el año 1968 cuando el jesuita Vicente Ferrer (Barcelona, 1920) llegó a Anantapur, después de que la propia primera ministra de India, Indira Gandhi, tuviese que interceder por él para que se le concediese un visado tras una expulsión motivada por el temor que su trabajo en favor de los pobres de Mumbai provocaba entre los poderosos. Dos años después, Ferrer dejó la orden religiosa, creó la ONG Rural Development Trust (Fondo para el Desarrollo Rural) y se casó con Anna para comenzar en pareja, y más adelante en familia, una labor que ha arrojado resultados espectaculares y que continúa sin él medio siglo después.

«Al principio tampoco se fiaban de nosotros. Pero nos hemos ido ganando esa confianza con constancia. Al final la gente se convenció de que Vicente realmente trabajaba para el desarrollo y el progreso de quienes menos tenían», recuerda su viuda en el pequeño despacho que ocupa en el principal complejo de edificios que la organización ha construido en Anantapur, rebautizada como Anantapuramu para que el 'pur' del final no suene como 'poor' (pobre en inglés). «Afortunadamente, mucho ha cambiado desde entonces. Ahora la gente tiene dignidad. Casi el 100% de los niños va a la escuela, la mayoría de las niñas ya no se casa con 10 años sino con 18 o más, y parece que el equilibrio entre castas también se está logrando tras una larga lucha por la igualdad. En definitiva, hay esperanza en el futuro», sentencia Ferrer.

Ese incansable trabajo se lleva ahora a cabo a través de la Fundación Vicente Ferrer (FVF), una institución que canaliza fondos a nivel internacional y que cumple este año dos décadas. A pesar de esa larga trayectoria y de los premios que ya atesora la organización, Ferrer no ve el final de su labor. «La primera etapa de nuestro trabajo estuvo dedicada a cubrir las necesidades básicas de la población, pero ahora se abren nuevos frentes y entramos en una nueva etapa que no es menos importante, y que busca un desarrollo más sostenible. En todos los sentidos». Eso incluye, por ejemplo, construir retretes para todas las familias, erradicar la violencia machista o lograr la inclusión de los depauperados grupos tribales. «Pero, siempre, el principal objetivo es lograr que la propia población sea capaz de crear ingresos por sí misma».

Basta un breve viaje por los alrededores de Anantapur para certificar que eso último no resulta nada sencillo. Es la segunda región más desértica de India, superada únicamente por el Rajastán, y la agricultura se antoja casi imposible sobre el árido pedregal que el sol castiga sin clemencia. «Recibimos solo 540 milímetros de precipitaciones al año. 20 días de lluvia. El quid está en no desperdiciar ni una gota y aprovecharlos al máximo», explica Nageswara Reddy, director del proyecto de Ecología de la FVF. De hecho, el agua fue la obsesión de Vicente Ferrer desde que llegó a India, donde pronto fue conocido como el 'misionero de los pozos'. Aún hoy, una parte importante del trabajo de la ONG va destinada al medio ambiente y a proyectos agrícolas.

Hasta la fecha se han construido más de 3.000 presas y embalses que recogen el agua de lluvia y evitan que se desperdicie. Así, el programa de horticultura se extiende ya a más de 45.000 hectáreas. «La superficie cultivada en la región ha aumentado del 10,3% al 14% en estos últimos 20 años, y hemos puesto en marcha proyectos de riego por goteo y por aspersores para aumentar la productividad y continuar combatiendo el desierto. El objetivo es alcanzar un 33% de tierra cultivable», explica Reddy con una sonrisa que desaparece cuando se le pregunta por los peligros que, curiosamente, llegan con el propio desarrollo económico. «Están el sector inmobiliario, que utiliza tierra agrícola para edificar, y los cultivos genéticamente modificados, que degradan la tierra y obligan a los agricultores a invertir en semillas importadas que solo se pueden utilizar una vez».

En el pueblo de Dorigallu, los agricultores han preferido seguir las recomendaciones de la FVF, que promueve una agricultura diversificada, y han plantado 12.000 árboles de mango. Es una fruta resistente que ofrece una fuente de ingresos regular y segura solo cinco años después de su plantación. Pero los árboles siguen requiriendo agua, así que la FVF ha instalado una batería de placas solares que ponen en marcha un riego por goteo que incrementa notablemente la eficacia de la irrigación. «Nuestra calidad de vida ha aumentado considerablemente, ya que podemos vender la fruta entre 30 y 50 rupias el kilo (entre 40 y 70 céntimos de euro). Con esta plantación, los 33 beneficiarios nos repartimos un millón y medio de rupias al año (20.270 euros), que es una suma considerable ya que el trabajo que da no es excesivo», cuenta uno de ellos.

Contra la tala

No obstante, entre los problemas a los que se enfrentaron los Ferrer en el campo de Anantapur no solo estaba la aridez del terreno: también la costumbre de los habitantes de talar los pocos árboles existentes para usar la madera en la cocina. Por eso, uno de los proyectos que más impacto ha tenido en la conservación del entorno y en la lucha contra la desertificación ha sido el de las plantas de biogás que ya utilizan casi 4.500 familias. La de Golla Dane es una de ellas. «Tenemos cinco vacas -su leche les proporciona parte de sus ingresos-, así que producimos suficiente excremento como para crear el gas que necesitamos», comenta esta mujer. «La fundación nos ayudó a construir la planta hace año y medio, y desde entonces no cortamos árboles para leña y vivimos mejor, porque antes había mucho humo, peligro de incendio, y toda la casa estaba sucia».

Cada una de estas pequeñas infraestructuras, que generan gas metano en un tanque subterráneo conectado con la cocina a través de un tubo, previene la tala de dos árboles grandes cada año. «Los grandes cambios se logran con la suma de diferentes esfuerzos en un largo período de tiempo», asegura Anna Ferrer. Su marido era de la misma opinión: «El objetivo es crear un sistema sostenible que asegure una visión a largo plazo, y, poco a poco, cree un modelo en el que todos ayudan a todos», explicó Vicente Ferrer en una entrevista concedida a este periódico poco antes de su muerte, en 2009. «Me causa inmensa pena ver que las ONG se convierten en multinacionales que siguen sistemas y metodologías de empresa. Deberían ser un espíritu, nunca un negocio, y tener un concepto ideológico».