Orgullo de raíces huertanas

El desfile del Bando de la Huerta abarrota la Gran Vía. / Javier Carrión / AGM

La alegría de la fiesta grande de Murcia se dejó sentir en miles de gestos en un desfile que fue más lento que otras ediciones

Manuel Madrid
MANUEL MADRIDMurcia

La alegría de un Bando de la Huerta está allá donde ponga uno los ojos. Lo pasado tiene un punto cómico; recuerdos archivados que con nada que vuelvan a activarse en la memoria provocan sonrisas, cuando no unas lágrimas gordas. Y en el día grande de las Fiestas de Primavera esa gracia está presente en los claveles que vuelan de mano en mano, en el baile robotizado de gigantes y cabezudos, en los besos robados de zagalicos arriscados, en los vuelos de un refajo o en los adioses de una reina. Un panochista decía con preocupación: «¡Qué le pasa a todo quisque hoy que no se entiende nadie con nadie, con la falta que hace platicar!». ¿Acaso no le faltaba razón?

Murcia era ayer una fiesta, como una vez lo fue París. Pero en Murcia es que eso pasa una vez al año al menos desde mediados del siglo XIX. Contaba el profesor Francisco Flores Arruyelo en ‘Fiestas de Murcia’ que la idea del Bando brotó «de un grupo de huertanos que llegó a la ciudad con una cabalgata de carros en los que iban muchachas vestidas con las mejores galas y ofrecían frutas y productos de la tierra». Uno de ellos representaba el papel del alcalde pedáneo, «y hacía enumeración de agravios y pesares por vivir en la huerta». Ya por entonces se escapaban «comentarios burlones» de los capitalinos, aunque al final todo ha evolucionado, como escribió Arroyuelo, a «una expresión de afirmación de orgullo de los hombres y mujeres que viven en una ciudad y una tierra que aparece a ella unida». Así es como se vive hoy este festejo organizado por la Federación de Peñas Huertanas, declarado de Interés Turístico Internacional. Con 2.500 participantes es una evocación constante de un tiempo lejano pero del que aún quedan retazos visitables.

Los guardias civiles en 'bleciqueta' eran dos pero muy amigables, menudo calor debieron pasar, pero mantuvieron el tipo y no hicieron uso de las armas que iban atadas a sus vehículos. ¡La de fotografías que se tomaron con ellos! Vaya lío arman las Gucci, y cómo contaminan el aire cuando los motoristas (el casco no era entonces obligatorio) paran y siguen con el motor arrancado. Hubo momentos en que el desfile no avanzaba ni arreando a las bestias que tiraban de las carretas. A las seis y media, por la calle Princesa, no habían asomado las ondas de las reinas cuando el desfile se formaba en San Juan de la Cruz. Quien quiso se hartó de vino porque los de Yecla, que saben más que los ratones coloraos, vienen a promocionarse al meollo de la Región. Pero es que luego vinieron los de Jumilla y vino sobre vino te deja sin tino y estos querían que todo el mundo se chispara con Juan Gil . «Qué calor por Dios, se me va a quemar la cara y no he visto nada de nada», decía una redicha con poca pinta de huertana. «A mí solo me interesan las carrozas, como a todo el mundo...», decía mientras su amiga ponía cara rancia. «Yo es que no puedo con la manzanilla, lo asocio a enfermedad», remataba de pie plantón ante la comitiva.

Más bicis que nunca; hay que ver qué de usos tenía antaño y qué útil para llevar plantones de lechugas y esparto. «Se está vistiendo la huerta de oro y plata...», tarareaba un desesperado. No todas las postizas sonaban igual, algunas manos parecían rotas. Y el artilugio para destilar la menta echaba humo como una chimenea.

«Hace tiempo que leí una noticia en la prensa. Han declarado Patrimonio Inmaterial de la Humanidad la pizza napolitana», decía otro panochista, Juan José Navarro, ganador del concurso de bandos de L’Ajuntaera. Y se preguntaba si es que acaso no son «bien patrimonial de categoría primera» las pelotas de Patiño, y su día de fiesta; los michirones, el zarangollo, los cordialicos y los paparajotes con su hoja limonera. Fue muy aplaudido su apunte.

Lecheros con tatuajes, corteceros (de cortezas de naranja), maestros de escuela, zapateros, recoveros con conejos negros y gallina, carboneros, tosqueros y una librera, con 'El viaje al centro de la tierra', de Julio Verne, recordaban oficios de ayer y hoy. Un aviso: la familia Marín ha reservado 12 sillas para el día del entierro y la familia Frutos, 13. Lo dicen sus papeles pegados con cinta en una acera de El Carmen. «¡Loles, dame un chole! ¡Loleeeeeee, dame un chole!», gritaba una gitana tapándose la cara con un supuesto bolso de Gucci. Una tropa de caballos con colas trenzadas pasó a ritmo de muñeira. Iban lecheros fumando en pipa, carros con apio, carromatos tripulados por críos con una pericia de piloto de Fórmula Uno. Y hasta se vio a políticos tomando chatos de vino. La ex secretaria general del PP regional, Maruja Pelegrín, parecía contenta alternando en el ventorrillo huertano con su compadre Antonio Navarro, que podía pasar por edil de Buen Ambiente, y con el pregonero de las Fiestas de Primavera, Alberto Castillo, de pie todo el tiempo. Cuando pasaron las peladoras de tomate el sol ya se había escondido entre los bloques de Princesa. Y eso ya era otra cosa. Y qué decir de John Deere, que no falta ni un año con sus cabezas tractoras hechas para labrar América y atravesar Murcia cuando es primavera. Los del Campillo de los Jiménez de Cehegín llevaban al laúd a una octogenaria con el ritmo de una auténtica «woman del Callao». ¡Menudo ritmo! Bolilleras y bordadoras a malas penas podían concentrarse; y en la casa de las atobas los vecinos de Llano de Brujas echaban paja sobre pies de barro.

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El corazón de Juan Rita

El tío Juan Rita mandaba «besos de corazón», con sus 106 años, arropado por los troveros de la huerta. «Ya tenía que haber pasado», decían a las 19.10 horas en la calle Princesa, y por fin la reinas estaban en el punto de mira, con sus damas ya sin fuerzas para saludar. Cuando ríe una murciana, pues ya saben lo que pasa. Que vence el día y pierde la noche.

Y lo que pasa después es sabido. Eso es un disparate para los desconocedores de esta fiesta, pues la gente pierde la formalidad y salta al ruedo, al asfalto, para pillar al vuelo patatas, cervezas, frutos secos, zumos, panes y embutido... La espera tiene recompensa siempre en el Bando. «No me hagas tantas pamplinas que no hace falta, te voy a dar la berenjena igual». «¡Chacha, echa algo, por Dios». Un brócoli, una bolsita de orégano o un limón, qué más da, si lo que te caiga, aunque sean dos pimientos o una mata de apio, te hace feliz. Así es Murcia.

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