Feliz reencuentro

Rafaelillo da un pase con la muleta a uno de sus astados, ayer, en la plaza de toros de Murcia. / Javier Carrión / AGM

Un entregado Rafaelillo recibe el cariño de su plaza y sale a hombros junto a Sebastián Castella en la primera de feria

FRANCISCO OJADOS

Entre la amenaza de 'gota fría' y la caída del cartel de Cayetano acabó por resentirse la asistencia de público a la primera corrida de toros del abono de la Feria de Septiembre. Por fortuna para el aficionado, la lluvia respetó el festejo y solo lloviznó, y muy poco, en las postrimerías del espectáculo.

Despejadas las dudas abiertas por la previsión meteorológica, con el ruedo en perfecto estado, se produjo el reencuentro de Rafaelillo con su plaza de Murcia, tras tres años de ausencia en la feria. Lo hizo vestido de estreno, embutido en un precioso terno grana y oro. Con la ilusión de un niño que hace la comunión.

Necesitaba Rafaelillo sentir el calor de sus paisanos y, por fortuna para él, la historia tuvo un final feliz, como el de un cuento. Las dos orejas que arrancó del quinto de la tarde, último de su lote, le supieron a gloria.

Las dos orejas que arrancó el murciano al quinto de la tarde, último de su lote, le supieron a gloria

Castella sacó una meritoria tanda con la zurda al astado que le dio el triunfo

La corrida de Parladé permitió el triunfo de los toreros, ya que Castella se sumó a la fiesta y acompañó a Rafael en la salida por la puerta grande. El sexteto de reses contó con tres ejemplares amplios, con romana y cuajo. Corrida moderada por delante pero con esos animales que hicieron plaza, lidiados en primer, quinto y sexto lugar.

Antes del triunfo ante el tercero de su lote, tuvo Rafaelillo opciones de pasear trofeos, pero la espada no le funcionó ante el primero ni tampoco ante el tercero de la tarde. La disposición del torero murciano ya quedó patente en su saludo al toro que abrió plaza. Una larga cambiada de rodillas y un farol en la misma postura sirvieron de animoso saludo, seguido de un ramillete de verónicas acompasadas, a las que puso broche con una chicuelina y una revolera. 'Jaquetero', que así se llamó el negro toro, dio un volantín al salir del medido puyazo de Agustín Collado. No fue obstáculo para que el del barrio del Carmen le realizara con galanura un quite compuesto por dos chicuelinas y la revolera. Todo iba por buen camino en esta vuelta del menudo diestro a la feria, incluso la cuadrilla se luciría en banderillas, con dos pares de rehiletes cuadrando en la misma cara de José Mora y otro, resultón, de Pascual Mellinas.

La altura de cruz y romana del Parladé no le impidieron que embistiera con nobleza. Solo un defecto tuvo el animal, y lo cantó al final de la faena, al marcharse a tablas. Por lo demás, buen toro para el torero, por obediente. Rafaelillo le realizó una faena que tuvo dos partes, una primera de toreo vertical, relajado, de mucho temple y gusto, después de empezar por alto el trasteo, agarrado a tablas. Un gustazo para un torero acostumbrado a animales que a menudo le quieren quitar la cabeza encontrarse con un toro así. Y fluyeron tandas de toreo en redondo, ligado, de mucha transmisión. Después de coger la pañosa con la zurda en una serie al natural, por la que le costó un poquito más al Parladé, la faena subió un punto de aceleración. Una labor de premio y el torero era consciente, pero falló a espadas, en cuatro entradas con el estoque. Pinchó, escuchó el aviso y perdió los posibles trofeos.

Contrariado, y sin puntuar en ese primero por el fallo de espadas, apostó con grandeza en el tercero, al que se fue a recibir a portagayola. Después de la larga de rodillas en la puerta de chiqueros le largó otra larga en el tercio. Este tercero, de nombre 'Pomelo', fue un bovino muy recogido, de preciosas hechuras. Flojeó y tuvo el comportamiento del medio toro. Inició la faena de rodillas Rafaelillo, que luego tuvo rachas en las que se entendió con mayor claridad que otras con el bonito burraco. Siempre puso actitud el del barrio del Carmen, que atacó al final de faena. Para su infortunio, de nuevo pinchó con la espada. Al tercer intento agarró un pinchazo hondo, que tuvo que remachar con el verduguillo. De nuevo sonó el aviso y lo realizado quedó sin respuesta.

'Licencioso'

Así, con el esportón vacío, con una espada sin filo, afrontó el compromiso ante el quinto. 'Licencioso' fue un toro castaño con volumen. Los clarineros de la plaza se llevaron una de las grandes ovaciones de la tarde al anunciar con adorno su salida con el toque de sus clarines, y ovación importante fue la que recibió el torero por su espectacular recibo al enorme burel. Entre largas y faroles de rodillas, tres en total, y los lances a la verónica en los que el torero continuó genuflexo, se transmitió la emoción del ruedo a los tendidos. Sangró el toro en el puyazo recibido antes de un quite por tafalleras, chicuelinas y una garbosa larga de remate. El brindis del matador al empresario Ángel Bernal conllevó un largo parlamento. Paces hechas, Rafaelillo marchó con presteza a la cara del toro y dio fiesta. En el último cartucho puso toda la pólvora a arder. Un molinete de rodillas precedió a una serie diestra preñada de temple. Arreó el murciano, que siguió toreando en una tanda al natural y alegró la siguiente con un molinete. Al final del trasteo, con el toro perdiendo gas, toreó de frente, a pies juntos, y en el centro del anillo el epílogo de la faena fue de total entrega, al meterse entre los pitones y sacar circulares citando por la espalda para acabar echándose de rodillas a la arena. Esta vez sí, la espada viajó certera en el volapié. Estocada en la cruz que desembocó en la petición del doble trofeo que paseó feliz y a la vez emocionado. Puro sentimiento. Tanto, que acabado el paseo por el anillo, de forma espontánea, en el centro de la circunferencia, besó el albero en devolución del cariño recibido.

Dos trofeos para el francés

Replicó Castella en el último del festejo. En este fue en el único toro de su lote donde el francés ofreció su verdadera dimensión. Esa faena tuvo entidad en los estatuarios iniciales y en unas primeras tandas en las que el diestro asentó las zapatillas y, con firmeza, tiró con oficio del Parladé. Ese fue el Castella figura, el que con buena colocación y aplomo sacó una meritoria tanda con la zurda con el toro acobardado en tablas. La estocada, en buen sitio, precisó del descabello, pero le sirvió para pasear una oreja a sumar a la que, con gran generosidad del palco, obtuvo del cuarto, que fue toro hondo, abrochadito de cuerna, pero serio. Tras el puyazo, le realizó un quite por chicuelinas el francés y su faena de muleta más bien resulto fría. En su inicio parecía que iba a tomar la buena senda de ligar las series, pero un inoportuno desarme y la falta de transmisión del astado, que escarbó y embistió sin estilo, desembocó en una obra que a más de uno le pareció larga en exceso. Pero como mató bien y el toro dobló con prontitud se encontró con esa oreja de regalo que el diestro tuvo la dignidad de entregar a una peón, y no lucirla durante la vuelta al ruedo.

Había recibido la ovación ante su primero, al que con buen son lanceó de capa el francés. Humilló el de Parladé, con fuerzas justas, y la faena fue de vuelo rasante. Acabó de una estocada en buen sitio, fruto de la cual hubo incluso una pequeña petición.

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