Inmigración, política y campaña electoral

No se desea abordar la política real sobre la inmigración... Seguiremos tocando el tema desde una perspectiva superficial

Imagen de archivo del vallado de Ceuta, con varios inmigrantes encaramados al mismo. /REUTERS
Imagen de archivo del vallado de Ceuta, con varios inmigrantes encaramados al mismo. / REUTERS
JESÚS PRIETO MENDAZAAntropólogo y profesor

La cuestión migratoria preocupa. Aun así, el análisis de los actuales movimientos migratorios debiera huir de lo meramente emocional para acceder al marco de la realidad social, es decir al de las políticas migratorias. ¿Realmente se hace así? Creo que no, y menos aún en tiempos de campaña electoral, momentos en los que, paradójicamente, nuestros candidatos debieran dar a conocer su programa al respecto, en vez de evitar abordarlo. El escritor marroquí Tahar Ben Jelloun afirma «...estoy radicalmente en contra de la inmigración clandestina pues convierte en víctimas a los propios inmigrantes. Por cada uno que llega, hay nueve que mueren, son devueltos a su país o regresan desesperados. Apoyo la inmigración a condición de que no sea clandestina. No se puede entrar así en un país».

Afirmaciones como esta, nos gusten más o menos, nos sitúan ante una realidad, la migratoria, que teniendo múltiples abordajes positivos: incremento demográfico, rejuvenecimiento social, aumento de las cotizaciones a la Seguridad Social, ocupación de determinados nichos laborales, enriquecimiento intercultural… tiene también complicados resquicios: déficits de integración, gestión de conflictos culturales, insuficiencia de fondos presupuestarios para una correcta acogida, tratamiento de la inmigración irregular, brotes de xenofobia… Y es aquí cuando recuerdo que dar respuesta a estos interrogantes es labor de la política.

Bien, si estamos en plena campaña, hablemos, por lo tanto, de políticas de inmigración y de políticas de integración. Nadie parece hacerlo. No se desea abordar la política real, menos aún en este tiempo extraordinario de política. Así, seguiremos tocando el tema desde una perspectiva superficial, muy en la línea de la denuncia de Manuel Delgado: «…hoy las producciones ideológicas institucionales retoman su ambigüedad intrínseca y hablan sobre todo de diálogo entre culturas, apertura al otro, diversidad cultural y otras invocaciones abstractas a los buenos sentimientos… mercantilización de una percepción sensualista de lo que en la práctica es miseria y explotación».

Sigan nuestros representantes instalados en el discurso mitinero, sigan agitando banderas e identidades, sigan hablando de sus virtudes y de los deméritos del contrario mientras se nos hurtan las respuestas y por lo tanto las políticas, única forma real de avanzar por el camino del bien común. Como reivindica Sami Naïr, es necesario hablar con los inmigrantes sobre que puedan ser ellos mismos en el espacio de sus prácticas y vida familiar o social, pero también sobre la ciudadanía como un contrato y un espacio público en el que han de aceptarse los rasgos culturales de nuestra identidad constitucional. «La integración, como comprendí desde el principio, no es una operación abstracta, idéntica en todas partes, sino que viene determinada por los rasgos específicos de cada nación, de cada cultura, de cada sociedad» (2010).

Que nuestro mundo avanza hacia un futuro distinto, donde la diversidad ha de ser una realidad inclusiva e integradora, es una certeza. Cierto, irreversible y deseable, y para ello es necesario hablar de flujos de llegada y de retorno, de tendencias demográficas, de servicios de inmigración, de economía y presupuestos, de educación inclusiva, de planes autonómicos y estatales, de políticas conjuntas europeas, de intervenciones internacionales en materia de cooperación y desarrollo, de… de políticas. Sin embargo, de todo ello no he oído nada, salvo invocaciones genéricas tanto a la fraternidad universal como a un irremediable conflicto cultural al estilo Huntintong.

Parecen más cómodos nuestros futuros dirigentes disfrutando del «zoco multiétnico» o acercándose, peligrosamente a los postulados de Salvini y el Grupo de Visegrado. No se han dado cuenta de que…es el tiempo de la política, ¡estúpidos!