El filósofo de las pensiones

El filósofo de las pensiones
IVÁN MATA

Afronta por segunda vez la gestión del mayor presupuesto público con el reto de asegurar las prestaciones a próximas generaciones

Amparo Estrada
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«Ser secretario general de la Seguridad Social con varios ministros distintos es señal inequívoca -puedo dar fe- de que tus jefes te valoran más de lo que les fastidias». Son palabras de Octavio Granado (Burgos, 1959) en un artículo que homenajea a Adolfo Jiménez, uno de sus antecesores en el cargo. Granado sabe bien de lo que habla, porque ha ejercido con cuatro ministros: tres en su anterior etapa como secretario de Estado (Jesús Caldera, Celestino Corbacho y Valeriano Gómez, entre 2004 y 2011, en el Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero) y con Magdalena Valerio en la actualidad. Valerio no dudó en recurrir a Granado para poder «reconducir el trasatlántico» de la Seguridad Social.

Es el 'Pepito Grillo' de la Seguridad Social. Como buen filósofo -es licenciado en Filosofía y Letras y se autoinscribe en la «izquierda popperiana»-, Granado siempre ha dicho lo que piensa, tanto formando parte del Gobierno como en las reuniones del PSOE o en foros públicos. Lo considera «una obligación», aunque también es consciente de que puede no sentar muy bien a algunos. Así se lo explicaba a Gerardo Camps, portavoz del PP en la comisión del Pacto de Toledo: «Cuando yo acepté este cargo, le dije a mi ministra que mi problema es que he escrito mucho y que tengo la mala costumbre de no cambiar de manera de pensar».

No es extraño, entonces, que Granado haya expresado más de una vez pensamientos divergentes con las líneas gubernamentales, aunque es disciplinado una vez la decisión es firme. En las últimas semanas, ha advertido que vincular la revalorización de las pensiones a un único indicador (el IPC) «causa siempre a largo plazo más efectos perversos que positivos». A pesar de su opinión contraria, el Pacto de Toledo y el Gobierno han decidido subir las pensiones conforme al índice de inflación. Más éxito tuvo cuando salió al paso de la inicial pretensión de crear un impuesto específico para financiar a la Seguridad Social y dejó claro que es preferible que la inyección financiera llegue por transferencias del Estado antes que arriesgarse a «fiar la suerte del sistema a un impuesto concreto» y enfatiza que «cambiar cotizaciones por impuestos es un mal negocio».

También ha asegurado que la Seguridad Social «tiene arreglo para los próximos diez años», una afirmación que pretendía tranquilizar a los ciudadanos frente a discursos catastrofistas, pero que posiblemente ha tenido un efecto contrario.

Pero a Granado hay que escucharle. Gran conocedor de la Seguridad Social, es un acertado augur de su devenir. Vaticinó que, tras las medidas adoptadas por el PP, la hucha de las pensiones se vaciaría en 2017. Y así hubiera sido si no se hubiese recurrido a un préstamo del Estado. Porque ningún ministro ni ministra -tampoco Báñez- quiere pasar a la historia como la que dejó a cero el Fondo de Reserva.

Granado también anticipó que la reforma de las pensiones del PP -en concreto, el índice de revalorización, que limitaba la subida de las pensiones a un 0,25% mientras no hubiera equilibrio entre ingresos y gastos- sólo duraría hasta que el IPC subiera por encima del 1%. Y así ha sido.

Este filósofo y profesor de Enseñanza Secundaria -vocación a la que vuelve cada vez que interrumpe su carrera política- tiene un carácter típicamente castellano. Como buen burgalés, puede parecer seco al principio de conocerle, pero lo que más le define es la bonhomía en el trato y la ironía en el discurso. Nunca ha querido irse de su Burgos natal. Por eso, es usuario habitual del tren a Madrid, donde suele pedir el desayuno 'Mediterráneo'.

LAS CLAVES

Ejemplo.
«Mi padre me inculcó el gusto por la política y un sentido calvinista de la honradez»
Coherencia.
«Le dije a mi ministraque tengo la mala costumbre de no cambiar de manera de pensar»

Hijo y nieto de libreros -su abuelo Octavio levantó la Librería Granado, que luego regentaron su padre y sus tíos-, es un lector empedernido. También le gusta la música celta, pero regala boleros. Está casado -su mujer es profesora de niños autistas-, tiene dos hijos y acaba de ser abuelo, una de sus grandes alegrías.

Probablemente, la persona que más ha influido en Octavio Granado ha sido su padre, Esteban, que le inculcó «el gusto por la política, la pasión por el conocimiento y un sentido calvinista de la honradez», como él mismo señala, y del que ha seguido su estela: Esteban Granado fue el fundador de la UGT en Burgos e impulsor de la refundación del PSOE burgalés. Fue diputado del PSOE (estaba en el Congreso el 23 de febrero de 1981 cuando irrumpió Tejero), consejero regional de Trabajo y funcionario del Instituto Nacional de Previsión. También socialista convencido, Octavio Granado se afilió a UGT muy joven y comenzó su trayectoria política como concejal del Ayuntamiento de Burgos, fue el senador más joven en 1983, con 24 años; miembro de la Ejecutiva del PSOE y dos veces secretario de Estado de Seguridad Social,

Gran orador, antiguos compañeros regionales bromeaban con que su primer regalo de Reyes había sido un atril. El secretario de Estado prepara sus argumentos con exhaustiva documentación y mucha sensatez. Es uno de los expertos en Seguridad Social más reconocido y respetado.

Y al que no le han tocado épocas fáciles al frente de las pensiones. Elaboró, con el consenso de los agentes sociales, la reforma de 2011, donde se retrasó la edad de jubilación de forma progresiva a los 67 años y se amplió el periodo de cómputo para calcular la base reguladora de las pensiones desde los 15 años hasta los 25 años (que se alcanzarán en 2022). También con él se congelaron las pensiones, una de las nueve medidas de ajuste que, en plena crisis económica y con la prima de riesgo en máximos, el Gobierno de Zapatero aprobó para intentar calmar a los mercados y evitar el rescate.

Firme defensor del equilibrio financiero de la Seguridad Social y de mantener el poder adquisitivo de las pensiones, sabe también que el sistema no puede ser inmutable, sino que tiene que ir adaptándose. Si por él fuera, las pensiones terminarán calculándose «con toda la vida laboral». Esta es una medida que puede ser impopular, porque normalmente se cotiza menos en los primeros años de vida laboral y llevaría a calcular una menor prestación, pero los diez años de crisis han demostrado que también beneficia a quienes pierden el puesto de trabajo en los años previos a la jubilación. También cree que hay que revisar la prestación por incapacidad permanente y que lo que debe hacerse es «recolocar a esas personas en trabajos y horarios que puedan realizar», así como analizar las edades de jubilación anticipada.

 

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