De los fogones a los hoyos

Los trabajadores de Collados de Roda Aurora Jiménez, Carlos A. Gómez, Pablo Meroño, Arlem Ríos, Olga Nieto, Matilde Ortiz, Amancio Fernández, Alejandro García y Jacoba Jaén, frente a su primera experiencia con los palos y bolas de golf. En el centro y con los brazos cruzados, su profesor, Alejandro García-Forrest./Mª Jesús Peñas
Los trabajadores de Collados de Roda Aurora Jiménez, Carlos A. Gómez, Pablo Meroño, Arlem Ríos, Olga Nieto, Matilde Ortiz, Amancio Fernández, Alejandro García y Jacoba Jaén, frente a su primera experiencia con los palos y bolas de golf. En el centro y con los brazos cruzados, su profesor, Alejandro García-Forrest. / Mª Jesús Peñas

El restaurante Collados de Roda pone en marcha, junto al profesional del campo sanjaviereño, un programa de aprendizaje para sus trabajadores

MARÍA JESÚS PEÑASMURCIA

Amancio Fernández conoce algunos términos de golf: 'green', 'tee'... «que un campo cuenta con 18 hoyos y que nosotros somos el 19». También lo que es darle a alguna que otra bola en la cancha de prácticas. Una sensación que reconoce le gusta, aunque no ha ido más allá. La restauración de Collados de Roda, ubicado en la Casa Club del recorrido sanjaviereño y que dirige de manera familiar desdes hace nueve años, no le deja mucho tiempo de ocio. «Date cuenta de que nuestra oferta diaria lleva tres tipos de cocina: la de sushi, el 'show kitchen' y la cocina tradicional», lo que supone un horario de servicio de 8 de la mañana a 11 de la noche.

Quien sí sabe mucho de golf es el 'pro' de Roda, Alejandro García-Forrest. De paladar fino, en la cocina 'amateur' hace sus pinitos. Este verano probó con la cocción a baja temperatura - aunque no garantiza que lo hiciera con éxito-, y se defiende a las órdenes de su plancha casera o haciendo ceviche de corvina. «O cocinando alguna paella suelta», sobre la que puntualiza: «Hago un cocido con el que comemos dos días y con el caldo restante tengo el fondo listo para ese arroz, al que luego le meto morcilla...». Vamos, que le gustan los fogones.

Amancio y Alejandro se han puesto de acuerdo. Era una idea que venían barajando desde hace tiempo, porque como el propio Amancio indica, «si estamos trabajando en un campo de golf, ¿qué menos que sepamos jugar, no?».

«Si estamos trabajando en un campo de golf, ¿qué menos que sepamos jugar, no?», dice Amancio Fernández

Que les entre el gusanillo

Amancio Fernández y su mujer Matilde Ortiz llegaron a Roda Golf en 2009. Juntos y a sus espaldas 30 años de experiencia en el sector de la hostelería, que parten de su primer negocio, Collados de la Sagra (Granada). El que abren junto a Isabel Fernández -hermana de Amancio- y el marido de esta, Arturo Trujillo. «Surgió porque nuestros padres tenían allí un cortijo. Frente a La Sagra. Los campistas iban y algunas noches pedían cobijo a mi padre. Él accedía y los calentaba junto a las brasas». La familia decide entonces crear un negocio a partir de una necesidad, y surge el primer Collados. Luego llegaría Collados de Agridulce en Murcia, hace unos 13 años. Y más tarde, esta apuesta en la que está inmerso junto a su hija Anabel y suprimogénito Amancio. «Cuando llegué aquí me enamoró la sensación de contemplar la amplitud de un campo de golf salpicado de jugadores». Y aunque hizo algún que otro escarceo con los palos, no ha sido hasta ahora cuando ha tomado más conciencia de la necesidad de que tanto él como los trabajadores de Collados de Roda, le den una oportunidad a este deporte. «O al menos que todos ellos tengan una experiencia personal con la práctica del golf. Incluso que luego vengan aquí a disfrutarlo con sus familias y sus hijos».

El primer día

La idea ha tomado forma bajo la coordinación de un programa de iniciación al golf dirigido por el responsable de la Academia de Roda, Alejandro, y que será flexible a los horarios del diverso personal del restaurante. «Para que así les pueda entrer el gusanillo», asegura García-Forrest. En total 16 trabajadores distribuidos en funciones de cocina, sala, limpieza y gerencia. Solo quedaba ponerle fecha; y se le puso hace escasos 10 días. No estuvieron todos por la distribución de turnos y libranzas, pero sí hubo unos ilusionados primeros discípulos que, ataviados con su ropa de trabajo tras terminar el turno, tomaron el pulso a un hierro 7 y a sus primeras bolas. Entusiasmo. Curiosidad, risas. Y poca prisa por abandonar la cancha de prácticas en ese primer día, a pesar de haber concluido una larga jornada de trabajo.

Para Alejandro será un éxito la iniciativa «si 5 o 6 de este grupo terminan enganchándose. ¡Los veo jugando los torneos de la escuela!», aventura ya. Amancio espera que su mujer lo haga. Sería todo un incentivo para él que a ella le gustara este juego. Quizás su hijo, que «goza de un buen 'swing' -asegura Alejandro-. Le veo con posibilidades a la vista de cómo se maneja con los palos». Sobre el 'swing' de Amancio padre, el profesional sonríe: «La verdad es que si le dedicara tiempo jugaría bastante bien, pero no quiero enseñarle mucho, no vaya a ser que deje el mundo de la restauración, ¡que aquí se come muy bien!».

Matilde ha abandonado por un momento sus fogones y se enfrenta a su primera bola de golf. Flexiona, levanta los brazos, los baja y... ¡toca bola! Está contenta. No creía que fuera a hacerlo. Así que se anima a probar con alguna más. Y otra. Y otra. Y al terminar la clase dice, sin referirse a ninguna de sus salsas: «Esto sí que pica».

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