El Tour es para Thomas, el 'plan B' del Sky

Dumoulin arrebata por un segundo la victoria en la contrarreloj final a Froome, que saca del podio de París a Roglic, con Landa en el séptimo lugar de la general

J. Gómez Peña
J. GÓMEZ PEÑAEzpeleta

El Sky busca la perfección. Procura cerrar todos los huecos por los que pueda entrar el azar. Tenía un 'plan A', que era Chris Froome, y por si acaso a Geraint Thomas, el 'plan B'. Le ha bastado el segundo. Tras someter este Tour a su poder, el Sky quiso cerrarlo en la revirada y dura contrarreloj de Ezpeleta con un broche redondo. Buscó a la vez ganar el Tour con Thomas y la etapa con Froome. Casi siempre le salen las cuentas. Está a punto de ganar su sexto Tour en siete años. Matemático. Ni siquiera un leve patinazo de Thomas en una curva húmeda alteró ese guion. Al galés le queda un paseo por París para celebrar su perfecto éxito. Dumoulin y Froome, que se deshizo de Roglic, le acompañarán en el podio.

Todo iba según lo previsto por el Sky en la crono. Las referencias oficiales confirmaban sus expectavivas. Froome iba a recuperar la plaza del podio a costa del cansado Roglic y, además, se iba a quedar con la etapa. Ni Dumoulin, campeón del mundo contra el cronómetro, iba a poder con él. Hasta pareció que Thomas, que marcaba los mejores registros, se frenaba al final para regalarle la etapa a su amigo Froome. También la retransmisión televisiva se puso de acuerdo con el Sky. El reloj de la tele paró el cronómetro de Froome treinta metros antes de que llegara a la meta. Error, algo que no cuadra con el equipo británico.

Cuando Froome alcanzó Ezpeleta creía que era el ganador. Pero en medio de esa fiesta británica cantó el 'transponder', que no miente. Es un dispositivo acoplado a las bicicletas y que emite una señal al cruzar la meta. Los cronometradores clavan así el tiempo de cada ciclista. Sin margen para el fallo. Cambió la cara del Sky. Dumoulin era el vencedor. El holandés irrumpió al final en este Tour y batió por un segundo a Froome y por catorce a Thomas.

Roglic y Landa pagaron su generosidad en el Tourmalet y el Aubisque. El esloveno perdió la tercera plaza del podio en favor de Froome. y el alavés tuvo «un día de mierda». Cedió 3:11 y, sobre todo, cedió la sexta plaza. Se la quitó Bardet, que en 2017 le había apartado del podio.

Más allá de esas leves alteraciones, la contrarreloj se ciñó a lo visto en este monótono Tour. No había dudas sobre la potencia de Thomas, el único que ni ha fallado ni ha tropezado. Quedaba por ver su solidez mental. Thomas viene de otro ciclismo, mucho más calculador. Se crió en el velódromo, donde el crono es la ley. Y ha disputado dos finales olímpicas de persecución por equipos, cuatro minutos y pico de pura asfixia. A 200 pulsaciones hay que mantener la sincronización y la fluidez a un ritmo desbocado. «Eso sí que es presión. Tienes el miedo a fallarle a tus compañeros», cuenta Thomas. Con Gran Bretaña ganó en Pekín 2008 y en Londres 2012. No falló entonces y tampoco ahora.

Sabe meterse en su burbuja. Mantiene la liturgia previa al esfuerzo solitario de una contrarreloj como la que iba desde el frontón de Saint-Pée-sur-Nivelle hasta los caserones vascos de Ezpeleta, famosa por las ristras de pimientos que cuelgan de sus blancas fachadas. En 31 kilómetros cabía todo: curvas, alguna recta, tramos humedecidos por el sirimiri matinal, un aluvión de público y muros como Pinodieta, con un par de tramos al 21% de desnivel. A la postal vasca de este Tour no le hacía falta ni sol para presumir de paisaje. Thomas marcó las mejores referencias. Pero sufrió en Pinoeta, en un túnel de aficionados y banderas. ¿Frenó para facilitar el triunfo de Froome? En cualquier caso, tenía ya su primer Tour en la mano. Con 32 años. El primer galés en París.

El mejor rodador

La etapa fue para Dumoulin, segundo en el Giro tras Froome y en el Tour tras Thomas. Es la anatomía ideal de un contrarrelojista. Hijo de biólogo y aspirante frustrado a médico, el holandés es el señor del tiempo. Talla XL de alto y XS de cintura. Perfil de cuchillo. Una tabla en la espalda. Dos bielas enormes. Rodar de seda. Pese a su voz indolente, es un depredador. Mucho más duro de lo que parece. En 2012 era el más joven en la Vuelta. Sufrió una caída en Andorra. El impacto le desgarró el vientre. Creyeron que había muerto. Alguno de los testigos del accidente vomitó. Dumoulin acabó en hospital. Le cosieron el tajo. Tiene esa cicatriz. Desde entonces pedalea sobre su segunda oportunidad.

Camino de Ezpeleta fue creciendo a medida que se tragaba los kilómetros de la crono. Por la mañana se había llevado un susto: no encontró su maillot de contrarreloj, un buzo para sumergirse en el aire. Tuvo suerte. Su sastre vive en Guipúzcoa. Es la firma Etxeondo, que de urgencia le confeccionó otro. Valió la pena tanta prisa. En 40 minutos y 52 segundos, el holandés demostró que él manda en la lucha contra el tiempo. Estará en el podio de París entre Thomas y Froome.

Fuera quedó Roglic, devastado por el esfuerzo en los Pirineos. Cuidado con él. «Quería ser el mejor saltador de esquí del mundo y veía que no lo iba a ser», recuerda. Así que cambió el final de esa frase. «Me propuse ser el mejor ciclista del mundo». Todavía no lo es. Tendrá que derrumbar la perfección del Sky.

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