Valverde arropa a Mikel Landa

Estampas del Tour. El pelotón atraviesa la pintoresca localidad de Pont-en-Royans durante la etapa del viernes, que acabó en Valence. / AFP
Estampas del Tour. El pelotón atraviesa la pintoresca localidad de Pont-en-Royans durante la etapa del viernes, que acabó en Valence. / AFP

«Va a ir a más, no hay que descartar nada», dice el murciano sobre el sexto de la general en una etapa ganada por Sagan

J. GÓMEZ PEÑA Valence

Cuando te despiertas en el Alpe d'Huez sabes que el día va a empezar cuesta abajo. A la salida del hotel, Mikel Landa tiene un miedo. A los saludos. Esa costumbre de palmear la espalda. Viene de estar en manos del osteópata, de tratarse la espalda dañada en Roubaix con la máquina Indiba, que acelera la recuperación. «Después de la paliza de Alpe d'Huez, parece que voy mejor», dice. Pero que no le toquen. En el Movistar andan dándole vueltas al asalto del podio de París. Landa es el elegido. Ya es un ciclista maduro. Aprendió a mantener la fe en las situaciones adversas.

«Aún pueden pasar muchas cosas», avisa Valverde, que se pasó los Alpes atacando en vano para lanzar a Quintana sin que el colombiano se moviera. Ya no. Ya habla de Landa. «A Nairo le está matando el calor», apunta Valverde. Es julio. Es verano. Es el Tour. Con esos ingredientes, el calor es la norma. El murciano y Landa se suben al coche para bajar hasta Bourg d'Oisans, donde va a empezar la etapa que terminará en manos de Peter Sagan. Para ellos es un día destinado a ablandar las piernas, endurecidas por tres etapas alpinas. Al llegar a la salida, Landa se encuentra con su padre, que va a saludarle. Landa le frena con un gesto. Su espalda aún es de cristal. «A ver si el sábado, en la subida a Mende, el cuerpo me deja intentarlo. Es un puerto que no se me da mal», comenta. El sexto del Tour, con permiso de sus huesos, ya piensa en el cajón de París. Esa escalera hacia el podio espera en los Pirineos. «Pensar en esos días tan cerca de casa me llena de cabeza». De sueños, de objetivos, de ganas.

Valverde le anima: «En Alpe d'Huez se vio menos fuerte al Sky». Landa está a 3:13 del líder, Geraint Thomas, cuya resistencia es una incógnita. El alavés tiene a Froome a 1:30. Dumoulin le saca 1:23. Roglic, que se estrena como candidato al podio, le aventaja en 27 segundos. Y tiene a Bardet a tiro. «Mikel se va recuperando y va a ir a más. Lo tenemos ahí arriba y no hay que descartar nada», insiste Valverde. El Movistar cuelga los galones de los hombros de Landa. Ahora viene la subida al aeródromo de Mende, una pared de tres kilómetros. Buen sitio para iniciar el vuelo.

Mientras los candidatos pensaban ya en Mende, el resto del pelotón fijó su mirada en la meta del día, en Valence. Un sprint sin casi velocistas, sepultados en los Alpes. Uno de ellos, Rick Zabel, que el jueves alcanzó Alpe d'Huez fuera de control, trató de llegar a la zona de salida para despedirse de sus compañeros. En el control de acceso, una guarda de seguridad le dio el alto. «Lo siento, no lleva acreditación. No puede entrar. Circule». Zabel, hijo de Erik Zabel -seis veces ganador del maillot verde del Tour-, se indignó. «Soy un jodido ciclista del Tour», replicó. Al guarda le dio igual. El Tour nunca tuvo piedad. Como Zabel, ya desaparecieron Kittel, Gaviria, Cavendish, Greipel y Groenewegen.

Cuatro motos

Por eso, porque parecía un esprint más fácil para los que aún sobreviven, el equipo de Demare maniató la escapada de cuatro motos: Schar, Scully, Claeys y el belga Thomas de Gendt. En el Tour 2017 estuvo escapado 1.047 de los 3.540 kilómetros de la carrera. «Es que solo soy bueno en esto», alega. Tiene su método. «Arranco a toda velocidad, mantengo la máxima intensidad durante cinco minutos y, si hago, sé marcarme el ritmo». No es fácil atrapar a un tipo así, capaz de ganar en la cima del Stelvio, en el Giro, y también el sprint de Gijón en la Vuelta a España. Pero esta vez no fue De Gendt el que más resistió. De estirar la escapada hasta que faltaban apenas seis kilómetros para la meta se encargó Schar. Firmó su primer contrato profesional en agosto de 2006, con el Phonak, pero aquel equipo bajó la persiana un mes después por el positivo de Landis en el Tour. Schar no tuvo suerte entonces. Ni en Valence.

El agua sin prisa del Ródano no cuadraba con la velocidad del pelotón en el callejeo por la ciudad. El Sky protegió a Thomas y Froome antes de ingresar en el kilómetro final, que empezaba en pendiente. Eso es como reclamar la presencia de un pegador, de Gilbert. El belga masticó sus mejores pedaladas y ni así. Después de tres días en los Alpes los velocistas iban a defender su territorio. Sagan lo hace todo deprisa. Como vive. Se casó hace tres años, tuvo un hijo y acaba de anunciar que se divorcia. Eligió la rueda de Demare. Casi siempre acierta. Ya no había peligro... O sí. Un globo amarillo, de esos que reparten entre el público, apareció botando a 50 metros del final. Un operario del Tour, como ante los toros de un encierro, saltó, lo cogió y esquivó a la manada. Sagan, con un riñonazo, batió a Kristoff y Demare. Es su tercer triunfo en este Tour. Suma once etapas y ya tiene asegurado el maillot verde de la regularidad. En París igualará el récord de Erik Zabel.

«Sagan es un fenómeno», le felicitó Froome. «Chris es un tío simpático», le respondió el eslovaco. Se saludaron. Landa aún no tiene la espalda para eso. O sí. En Mende empieza a saberse.

 

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