Con 7 medallas, récord, Valverde se sube al trono de Olano, Freire y Astarloa

J. G. P. INNSBRUCK.

Tenía nueve años cuando le regalaron una bicicleta MBK gris y negra. Dos pedales para darle cuerda a sus sueños. El día que la estrenó se fue desde Las Lumbreras, su pueblo, hasta la playa. En total, ida y vuelta, 120 kilómetros. Y era un mocoso. El recorrido que inició esa mañana infantil le ha llevado a ganar la Vuelta'09 y a subir al podio del Giro y del Tour, en 2015. Ese logro en la Grande Boucle le liberó. De hecho, rompió a llorar nada más cruzar la línea de meta. Se acababa de sacar una espina largo tiempo clavada. Desde entonces ha corrido para disfrutar. Nació para ser ciclista. Y ya es una leyenda vida. Abraham Olano abrió el palmarés español en el Mundial, en 1995. Luego vino el triplete de Óscar Freire (1999-2001-2004) y el título de Igor Astarloa, en 2003, en aquel circuito de Hamilton donde un recién llegado Valverde le quitó la plata a Van Petegem. Con siete medallas (1 oro, 2 platas y 4 bronces) nadie tiene más.

Y eso que se le resistía el Mundial. Hace un año, cuando se cayó en el prólogo del Tour, su carrera pareció acabada. Tenía una rodilla y un tobillo machacados. Volvió a andar primero y a pedalear después. ¿Hasta dónde? Esta temporada ha ganado 14 carreras. Este Mundial es su broche de oro. En 2019 paseará con el maillot que mejor se ajusta a su perfil: el arcoíris. Un campeón de todos los colores, de los que disputan todas las carreras.

En 2003, cuando empezaba, Valverde declaró: «Desde pequeño me he acostumbrado a ganar». E imaginó un titular para el futuro: «Valverde, campeón del mundo». Ha tardado, pero ya lo es. Ayer, volvió a llorar. El oro del Mundial era otra de esas espinas clavadas, más si cabe que la del podio en el Tour, por cuanto muchas veces lo había rozado con la punta de los dedos. Al fin tuvo su premio.

 

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