Dejó el periodismo para ser leyenda

Bernal, ayer, pasa junto al Arco de Triunfo en París. / AFP
Bernal, ayer, pasa junto al Arco de Triunfo en París. / AFP

En tres campañas como profesional, Bernal ha acortado todos los plazos hasta ganar la gran carrera gala

JESÚS GÓMEZ PEÑAParís

Egan Bernal tuvo que ganarse el derecho a ser ciclista con nueve años. Germán, su padre, no dejaba de desanimarle. Había sido corredor amateur. Sin éxito. Acabó frustrado. No quería para su hijo una profesión tan despiadada. Pero el chaval se empeñaba en salir con él a pedalear por la cuesta de Margaritas. Germán apretaba. Egan no podía seguirle montado en la vieja bicicleta en la que había aprendido a rodar toda la familia. «Si no me sigues a mí cómo vas a aguantar a los mejores», le repetía.

En casa, el niño se echaba en brazos de su madre, Flor. Desconsolado. No valía para ciclista. Germán se lo demostraba todos los días. Flor se hartó. «Si quieres que tu padre te respete tienes que batirle. Así que desayuna hoy fuerte y hazlo». Se lo dijo como el que ordena una misión. A medio puerto, Egan soltó a su padre. «Ataqué muy fuerte, con todo». Germán recibió el mensaje. «Desde ese día, mi padre siempre me ha apoyado», recuerda.

Ese día empezó la historia del portento que en un chasquido ha ganado el Tour de Francia con 22 años. Hace cuatro temporadas, Bernal era un juvenil dedicado al mountain bike que dudaba entre seguir con la bicicleta o continuar sus estudios de periodismo en la universidad y buscar así un trabajo con el que ayudar a su familia.

La decisión en ese cruce de caminos la tomó una pregunta: «¿Te atreves a hacer un test de esfuerzo?». Bernal había ido con Pablo Mazuera, el mecenas que le financiaba su sueño deportivo, a la sede de la Unión Ciclista Internacional, en Aigle (Suiza). «Vamos a hacerla», respondió el ciclista, que venía de lograr la medalla de bronce en el Mundial júnior de mountain bike. Por el centro pasan muchos talentos. Bernal batió el récord. Sus datos de consumo de oxígeno eran, a su edad, como los de Froome e Indurain. Se hizo el silencio.

Y enseguida corrió la voz. Un superdotado. Aunque ni así encontraba hueco en los equipos profesionales de mountain bike. Paolo Alberati, un antiguo corredor de ciclismo de montaña y con amigos en Colombia, era representante de ciclistas. Se citó con Gianni Savio, mánager del equipo Androni, para 'colocarle' algún esprínter. Pero Savio buscaba un escalador. Alberati vio la luz. El test de esfuerzo de Bernal. «Tengo uno». Cuando Savio leyó el informe, se frotó los ojos. Y más al ver a Egan, un niño y apenas había competido en carretera. Alberati insistió. Para creer, Savio tuvo que ver. Y se llevó a Bernal al día siguiente a una carrera juvenil. La ganó. «Esa misma tarde firmamos un contrato de cuatro años», apunta el mánager italiano. De inmediato, puso a aquel diamante en manos de Michele Bartoli, ganador de la Lieja-Bastogne-Lieja, y ahora preparador físico. Bartoli repitió el test. Dos veces. El nuevo Hinault, el otro Indurain, estaba ante él.

Talla media, menos de 60 kilos. Brazos largos, como las piernas, ideales para estirarse sobre la bicicleta de contrarreloj y para bailar en la escalada. Un Coppi. El ciclismo se giró pronto hacia él. Sus saltos asombraron. Ganó el Tour del Porvenir con 20 años. El Sky pujó por él más que nadie, más que el Movistar. Un ciclista explosivo, con arrancada, adaptado al largo esfuerzo de puertos como el de Pacho, en Colombia, de 22 kilómetros al 7% de desnivel y con la cima a 3.200 metros de altitud. Un cóndor moderno.

Nacido en altitud

La escuadra británica era, además, la preferida de Bernal. No lo dudó. «Si me sale mal esta aventura, al menos aprenderé inglés». El año pasado, en su debut, ganó la Vuelta a California y acabó decimoquinto el Tour tras escoltar hasta el podio a Thomas y Froome. Esta temporada jugueteó como un veterano con los abanicos de la París-Niza y se llevó la carrera. Es, además, campeón colombiano de contrarreloj. Lo tiene todo. Equipado de serie para adueñarse del ciclismo mundial.

Con 22 años ha llegado a la cima en un santiamén. Nació alto, en Zipaquirá, en el departamento colombiano de Cundinamarca. A 2.650 metros de altitud. Tan arriba, el cuerpo se acostumbra a rentabilizar el oxígeno. Sherpa por genética. Su padre subía todos los días pedaleando hasta la reserva natural donde trabajaba de vigilante. La madre es de Pacho, a 3.200 metros. Y también iba en bicicleta a las tiendas donde se encargaba de la limpieza. A su hijo mayor, Flor le puso Egan por culpa del médico que la atendió en el difícil parto. El galeno se lo propuso. Había leído que ese nombre significaba en griego algo así como 'campeón'. Sonaba raro y no cuadraba con el apellido, pero... Lo aceptó. Acertó. Premonitorio.

Luego vino Pablo Mazuena, un joven acomodado de Bogotá, que había montado una fundación, 'Mesuena', para dar oportunidades a los niños desfavorecidos. Estuvo en el momento clave de Bernal. Cuando, desmotivado, Egan le anunció que dejaba el ciclismo por la universidad. Le daba vergüenza ser una carga en casa. Quería llevar 'plata' cada fin de mes. «Le pedí que siguiera un año más. Conseguí algo de dinero para pagarle». A la vuelta del segundo mundial, se pasaron por el centro de la UCI en Suiza. Ahí llegó la propuesta que cambió la historia del ciclismo: «Egan, ¿te atreves a hacer un test de esfuerzo?». Desde entonces no ha dejado de dar saltos de gigante. En el Sky, su preparador diseñó en 2018 un plan para que pudiera ganar una gran vuelta en tres temporadas. A la segunda, ya tiene su primer Tour.