Y usted, ¿quién es?

El público que llenó el Teatro Romea en el estreno de '¿Quién es el señor Schmitt?' premió el trabajo del equipo artístico, encabezado por el director Sergio Peris-Mencheta, y de los actores, entre los que destaca Javier Gutiérrez dando una excelente lección de interpretación

Cristina Castaño y Javier Gutiérrez, el sábado en el Romea de Murcia durante el estreno de '¿Quién es el señor Schmitt?'. / pepe h
Cristina Castaño y Javier Gutiérrez, el sábado en el Romea de Murcia durante el estreno de '¿Quién es el señor Schmitt?'. / pepe h
Antonio Arco
ANTONIO ARCO

Imagínese que tiene usted la suerte de ocupar una butaca en el bellísimo Teatro Romea de Murcia. Está allí para vivir una de esas noches de estreno a las que es un privilegio poder asistir. El público llena el recinto. Expectante, primero, y feliz en la ovación final con la que se premió el buen trabajo de todos, incluido por supuesto el de Sergio Peris-Mencheta en su doble labor de director del montaje y de responsable de la versión en español de esta obra de Sébastien Thiéry, '¿Quien es el señor Schmitt?', que sirven muy cuidadosamente arropada el escenógrafo Curt Allen Wilmer y el iluminador Valentín Álvarez.

Ya le digo, todos sentados esperando que se alce el telón y que aparezca en escena, sobre todo, ese bajito actor de descomunal talento y altísimo poder de comunicación llamado Javier Gutiérrez, dotado con igual don para el drama que para la comedia y que lo mismo es capaz de sobrecogerte hasta el desgarro en una película como 'La isla mínima' (2013), que de enternecerte a base de purísima humanidad en esa extraña y necesaria delicia titulada 'Campeones' (2017), con la que ojalá les caiga a todos cuantos la han hecho posible un Oscar que daría mucho que hablar. Y que pensar.

Javier Gutiérrez ama el teatro, algo que caracteriza a los grandes actores -¡hey, Penélope Cruz y Javier Bardem!, ¿se puede saber a que [coño] estáis esperando?-, y para su regreso a los escenarios ha elegido un texto que adherido a su piel se disfruta a cada momento: en los cómicos y en los dramáticos. Porque resulta que, aquí, este '¿Quién es el señor Schmitt?' es un drama existencial que, como quien no quiere la cosa, y entre risas y disparates, te va minando el ánimo. Te ríes, te desasosiega; te diviertes, pero te incomoda... Su punto asfixiante, su delirio creciente, la fragilidad de sus personajes, la tristeza, las dificultades para ser felices, para aceptarnos como somos, para cambiar...

Gutiérrez ama el teatro, y para su regreso a los escenarios ha elegido un texto que, adherido a su piel, se disfruta a cada momento

He aquí el arranque de la función, las primeras palabras que se cruzan el matrimonio protagonista, que interrumpe su demoledor silencio durante la cena cuando ocurre algo que les saca por completo de su rutina, incluso de su hastío:

-Señora Carnero: ¿Pasa algo, cariño?

-Señor Carnero (inquieto): Un teléfono.

-Señora Carnero: ¿Cómo?

-Señor Carnero (inquieto): Un teléfono. Está sonando un teléfono.

-Señora Carnero: ¿Y?

-Señor Carnero (inquieto): ¿Y?

Que nosotros no tenemos teléfono.

Absurdo

En efecto, los señores Carnero no tienen teléfono, pero de pronto suena uno en su casa, lo cual estaremos todos de acuerdo en que resulta raro, inquietante, aunque ni mucho menos en ese momento somos conscientes de las dosis de surrealismo y de teatro del absurdo que la función nos tiene reservadas. A los personajes y a nosotros, desde el momento en que el señor Carnero levanta el auricular, ante la atenta mirada de la señora Carnero -¡enhorabuena, Cristina Castaño, por este trabajo cargado de sofisticación, humanidad y humor muy bien servido sin estridencias!-, y el autor de la llamada pregunta por un tal señor Schmitt. Y vuelve a llamar insistiendo en que ese es el teléfono, se ponga como se ponga el señor Carnero, del señor Schmitt.

Y, a partir de ahí, el absurdo y el suspense psicológico se disparan, en principio siempre de mano de la comedia que se crece en la risa, un poco a lo Jardiel Poncela de 'Los habitantes de la casa deshabitada', más que a lo Gillian Flynn de su oscura 'Perdida'. El mundo se les cae encima: de sopetón su casa no parece serlo, porque ya no están sus cuadros, ni sus libros, ni su ropa... Han sido 'sustituidos' como por arte de magia por otras pertenencias, supuestamente todas ellas propiedad de unos llamados señor y señora Schmitt, que, por cierto, serán objeto de una sorpresa que les dejará más boquiabiertos incluso que si les hubiese visitado la niña de 'El exorcista'. De golpe, la pesadilla. De golpe, inmersos en una locura que, alimentada por los personajes que encarnan un camaleónico Quique Fernández y Armando Buika, camina transitando de la comedia al 'thriller' de suspense, y de ahí al drama -ay, cómo no acordarse del 'ser o no ser' de Hamlet...- que, finalmente, desembocará en una tragedia; por cierto, emparentada claramente con esa muerte desesperada del viajante de Arthur Miller que cada día tiene, lamentablemente, más actualidad.

Con evocaciones a 'Llama un inspector', de J. B. Priestley -¡palabras mayores!- y a los matrimonios de 'La cantante calva' de Ionesco -¡lo mismo digo!-, '¿Quién es el señor Schmitt?' es una reflexión sobre las dificultades que arrastramos para: a) aceptarnos como somos, b) mostrarnos sin máscaras ante los demás, y c): plantar cara a la corriente que nos arrastra hacia la infelicidad. '¿Quién es el señor Schmitt?' deja, tras su final, un sabor agridulce: el que provoca contemplar la belleza de un acantilado y su peligro fiero, o mirarte en un espejo que se niegue sin pestañear a engañarte.

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