Fulgencio Saura Mira: «Uno vive con lo que ya ha vivido; y quisiera destruir lo que no es perfecto»

Fulgencio Saura Mira, ante algunas de sus obras. / a. s.
Fulgencio Saura Mira, ante algunas de sus obras. / a. s.

Dedica una colección de óleos en el Museo de San Javier a los reflejos que las barcas y muelles proyectan en las aguas de su amado Mar Menor

Alexia Salas
ALEXIA SALAS

«Todo es cuestión de un segundo, porque lo que ves se va y todo lo anterior queda ya deshecho, y mi playa, la que yo viví, la pinto desde la memoria». Fulgencio Saura Mira (Murcia, 1938) ha capturado algunos de esos instantes fugaces en su colección 'Reflejos', que retienen el centelleo que dejan en el Mar Menor los juegos de la luz con las barcas y los muelles. El pintor rompe su tradición pictórica de paisajes y costumbrismos murcianos de línea clásica para desintegrar la forma con un mosaico de manchas vivo y cambiante. Acaba de mostrar sus óleos y acuarelas acuosos en el Museo de San Javier, que han visitado más de 5.000 personas, y en las próximas semanas se exhibirán en Archena. Antes de partir tierra adentro ha donado 'Reflejos en el puerto', un lienzo de grandes dimensiones al Ayuntamiento de San Javier. «Tú ves un barco, pero los reflejos que proyecta en el atardecer, blancos, rojos y dorados ya son otro cuadro», ha observado el pintor durante años como un vigilante de la orilla. «Todos los días me voy a Los Nietos, hablo con algún pescador, me voy al Mar de Cristal, a Santiago de la Ribera, a Lo Pagán, tomo datos, me siento y me baño si es verano», cuenta el artista, quien se resguarda en su coche si la costa se pone ventosa y poco sociable «para tomar mis apuntes».

-¿Esos reflejos son la ilusión que fabrica nuestra mirada ante la vida?

-Totalmente. El reflejo es la mirada. Son nácares. Son joyas. Es una nota de azul que contiene dentro la fantasía y el tiempo, porque un reflejo es el cambio. 'Nadie se puede bañar dos veces en el mismo río', dijo Heráclito, porque el tiempo es una sucesión y nunca puedes captar igual el color del ahora. Un instante después ya es otra cosa, es futuro, lo que viene. Esto me interesa. Cuando nos despidamos seremos otras personas distintas. Será otra vida. Me apasiona.

«Acepto el paso del tiempo, pero en la mente está la permanencia, lo que se queda como en un almacén, que utilizas como Proust»

-¿Lleva mucho tiempo observando los reflejos del Mar Menor?

-Empezó en 2010 con una exposición antológica de mi obra que organizaron el Ayuntamiento de Murcia y la entonces CAM, dirigida por Martín Paez. Me dijo que le gustaban unos reflejos de unos cuadros sueltos e hice dos cuadros más del agua. Me he dedicado a observar el Mar Menor desde siempre. Los reflejos parecen manchas pero llevan mucho trabajo y no hay nada concluso. Lo que no se ve, la mirada lo tiene que completar. No es una fotografía.

-¿Un cuadro puede no estar terminado nunca?

-Nunca. Un día lo miras y vuelves a verle otra faceta o algo que añadirías. Un cuadro concluso no dice nada. Son una maravilla el Barroco y el cánon académico, pero ya el impresionismo le puso vida. El pintor andando y viendo flores. Yo hago apuntes y luego los traslado. Aquí no me interesan los mástiles, sino el reflejo, donde uno se pierde y se puede ahogar. (Ríe).

-¿El tiempo le cambia la mirada?

-Mi mirada ha cambiado a mejor. Los grandes pintores decían que cuando eres mayor aprendes el impresionismo. Velazquez de joven era un dibujante, un genio de fuerza, pero cuando se hizo mayor decía que con dos trazos le bastaba. Sorolla se expresó con manchas para formar la espuma de la ola que te llega. Algún crítico ha dicho que mi obra auténtica es la de los veinte y treinta años, que era más ingenua, pero no estoy de acuerdo.

-¿Acepta el paso del tiempo?

-Acepto el paso del tiempo pero en la mente está la permanencia, lo que se queda como en un almacén, que utilizas como Proust. Repasar la realidad, ponerse triste por no haber entendido aquello, asociar una cosa con otra, como le evocaba a Proust el sonido de una campana, la magdalena de su tía o el choque con un ladrillo.

-¿Cuáles son las magadalenas que le evocan el Mar Menor?

-Algunos olores, que me recuerdan cuando mi primo Patricio me tiró al agua y empecé a nadar. Cuando iba con mis tíos y me decían que no pasara el palo de Gumersindo, un pescador viejo. Cuando iba a comprar cosas a Cosme, era todo un tratado de olores que llevan a amigos, a las cartas que escribía, al desengaño, a los caminos que me llevaban al Carmolí, al sabor del higo de pala. Con eso se vive y uno no está solitario. Uno vive con lo que ya ha vivido, con lo pintado. Y quisiera destruir lo que no ha sido perfecto. Eso solo se conoce desde la longitud de la vivencia.

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