El verano de estrenos de Paco Azorín

El escenógrafo y director de escena Paco Azorín. / Enrique Martínez Bueso
El escenógrafo y director de escena Paco Azorín. / Enrique Martínez Bueso

«Hay que hacer una apuesta incondicional y ciega por el amor», dice el director de escena y escenógrafo yeclano, quien inauguró el 65 Festival de Mérida con la ópera 'Sansón y Dalila' y el 5 de agosto presenta, en el Festival Castell de Paralada, su «feminista» visión de 'La Traviata'

Antonio Arco
ANTONIO ARCO

Con tan solo «cinco añitos», Paco Azorín (Yecla, 1974), prestigioso escenógrafo y director de escena, se pasaba el día «haciendo maquetas de escenografías. Mi abuelo tocaba el clarinete en una banda de música y era, como lo soy yo ahora, un forofo de la zarzuela. Yo las escuchaba y con las cajas de galletas hacía mis escenografías». Han pasado los años, y aquel niño es hoy un hombre de teatro que se maneja con reconocida soltura e inteligencia lo mismo entre las genialidades de Shakespeare, que entre las sombras del alma humana que habitan en 'El jardín de los cerezos' de Chéjov.

Imagen del estreno, el pasado 27 de junio en Mérida, de la ópera 'Sansón y Dalila'.
Imagen del estreno, el pasado 27 de junio en Mérida, de la ópera 'Sansón y Dalila'. / EFE

Está feliz Azorín, quien en unos días protagonizará un acontecimiento que tendrá lugar en el Festival Castell de Peralada: el estreno, bajo su dirección, de una esperada producción de 'La Traviata' de Verdi que llevará su sello. Atrás queda ya el primer reto al que se enfrentó recientemente, el estreno, el pasado 27 de junio, de la ópera de Camille Saint-Saëns 'Sansón y Dalila', con cuya espectacular puesta en escena se abrió la 65 edición del Festival de Teatro Clásico de Mérida. Azorín se responsabilizó de la dirección y del espacio escénico, y confió la iluminación al jumillano Pedro Yagüe, y el diseño y montaje audiovisual a su pareja, el también actor Pedro Chamizo. Cerca de cuatrocientas personas, entre las que se incluían los músicos de la Orquesta de Extremadura, pusieron en pie un montaje que «ahonda en el odio cronificado en el ser humano que sobre todo visualizan los conflictos bélicos». «¿Qué mensaje quiere dejar el espectáculo en este sentido?», se pregunta Azorín, que arroja veloz la respuesta: «Que no hemos aprendido nada, que después de 33 siglos seguimos anclados en los mismos problemas endémicos: en el odio, en el rencor, en buscar la diferencia y destruir al diferente». Y algo más: «Lo único que nos salvará de todo esto será el amor, en todos los sentidos. Por eso hay que hacer una apuesta incondicional y ciega por el amor».

Para el papel de Dalila, el director yeclano volvió a contar con la mezzosoprano madrileña María José Montiel, estrechamente vinculada a Abarán por ser la tierra de su padre, con la que ya había trabajado en 2016 en el estreno mundial, en el Teatro de la Zarzuela, de la ópera 'María Moliner'. En Mérida, un imponente Noah Stewart encarnó a Sansón. El estilo Azorín, siempre empeñado en que el espectador se haga preguntas, quedó patente.

«Después de 33 siglos seguimos anclados en los mismos problemas endémicos: en el odio, en el rencor, en buscar la diferencia y destruir al diferente»

El público se vio trasladado a una plaza pública de Gaza, donde tenía lugar una marcha por la libertad del pueblo hebreo ante el templo del dios Dagon, de los opresores filisteos. Una reportera de guerra asiste a la represión de los manifestantes. Y llega Sansón, un líder revolucionario en horas bajas que, poseído por un impulso del espíritu, mata a Abimelech, jefe de los cuerpos de seguridad de la dictadura filistea. El que parece que seguirá siendo eterno conflicto entre Israel y Palestina se apoderó de la noche que abrazaba inquieta el Teatro Romano.

«El amor no siempre es dulce, el placer no siempre es destructivo, la familia no siempre es coherente»

El próximo lunes 5 de agosto es el día en el que Azorín se enfrentará a su segundo estreno operístico en menos de dos meses. En esta ocasión, el marco será el Festival Castell de Peralada, y la ópera elegida 'La Traviata' de Verdi, que él desea convertir en «una historia de amor bajo una nueva perspectiva, la de una mujer libre». Hablamos de una historia que demuestra que «el amor no siempre es dulce, el placer no siempre es destructivo, la familia no siempre es coherente, la enfermedad no siempre es una expiación de los pecados de juventud, y el pasado no siempre es mejor».

Para esta 'Traviata', cuenta con la Orquesta Sinfónica del Gran Teatro del Liceu, y con el lujo de poder dirigir a Ekaterina Bakanova interpretando a Violetta Valery. Lo arropará también un equipo artístico de primer nivel, con Albert Faura como responsable de la iluminación y Ulises Mérida a cargo del vestuario.

«No volvería atrás ni un día; lo mejor está por venir, sin duda»

Precisamente, Azorín explica que cuando le encargó el vestuario a Ulises Mérida le pidió que «tomara como modelo para el rol principal de Violetta a la escritora George Sand, que se vestía de hombre para entrar en todas las fiestas; por tanto, es una Violeta cómoda, con pantalones, y aunque también llevará tacones, hay un momento en el que se quita los zapatos». Un montaje que aspira a ser disfrutado como «un canto de amor y libertad», y que llega en un momento en el que «el empoderamiento de la mujer a principios del siglo XXI nos ha permitido ver el mundo con otros ojos, con una visión mucho más abierta, global e integradora». Su 'Traviata' presenta a Violetta Valery como «una mujer libre, un espíritu libre mucho más allá de una lectura superficial o tópica. Una mujer que no necesita consejos o tutelas para ser ella misma en todo momento, para disfrutar de la vida que quiere llevar y para amar con total libertad a Alfredo», a quien prestará cuerpo y voz René Barbera.

No es para Azorín esta ópera de Verdi una más. «Fue», recuerda, «la primera ópera que vi en directo y ese momento jamás lo he olvidado. Yo era casi un niño, me llevaron al Teatro Romea de Murcia y todavía se me eriza la piel recordando la emoción de escuchar los acordes iniciales de los violines desde el cuarto piso». Inmerso ahora en ponerla en escena, tiene la sospecha de que las musas no son más que gotas de sudor provocadas por el esfuerzo; de que el éxito no es un estado de gracia sino una consecuencia del trabajo duro y de que el mejor premio posible es tener siempre muchos encargos en lista de espera

Mediterráneo

Azorín tendrá que esperar a tomarse unos días de vacaciones junto a ese Mediterráneo que ama: «Podría vivir sin ningún problema en cualquier lugar bañado por el Mediterráneo. Es el origen de la civilización que a mí me gusta: Grecia y Roma». Su entusiasmo es contagioso: «No volvería atrás ni un día; lo mejor está por venir, sin duda». Y tampoco teme especialmente a las dificultades: «He experimentado que en la dificultad del día a día también reside el encanto de vivir. La vida es una de cal y otra de arena, sístole y diástole, no todo es un camino de rosas y eso no es malo. Tengo un pensamiento de la vida muy ambidiestro».

Podría ser un sentimental, pero no es el caso: «Soy tremendamente racional. Ni sentimental, ni melodramático, ni romántico, ni enamoradizo». Y advierte: «Que nadie espere que aparezca el príncipe azul detrás de un árbol; ¡no hay príncipe azul, no hay árbol, tú sigue caminando y a ver qué pasa!». No se le escapa al director y escenógrafo que «en nuestro mundo occidental hacemos un problema de una auténtica tontería. Vivir en África y tener a toda tu familia contagiada de sida sí que es un problema. Pero, aquí, querido, engordar un kilo lo consideramos una tragedia».

Vivir, trabajar, conocer; todo con la mayor naturalidad posible, y discretamente: «Me he propuesto pasar por la vida sin pena ni gloria; es decir, en el instante justo antes de morirme espero poder está diciendo: «¡Ahí os quedáis!». Por un lado, quiero vivir la vida a tope y practicar un 'carpe diem' bien entendido, porque soy una persona muy intensa; pero, por otro, creo que lo mejor que se puede hacer por el planeta es no dejar en él demasiado rastro, demasiada contaminación. Los humanos, desde tiempo inmemorial, hemos estado acostumbrados a pasar por aquí dejando demasiadas cosas. Si yo fuera Leonardo o si fuera Shakespeare, a lo mejor estaría bien dejar muchas cosas; pero siendo una persona común, desde luego lo mejor es dejar poco».

Alrededor

-¿Qué seguirá existiendo siempre?

-La avaricia; el deseo de la gente de tener 'lo mío y, si puedo, también lo tuyo y lo del otro' seguirá porque forma parte del ADN del hombre.

Defiende Azorín que «lo más saludable para la cabeza es no pensar tanto en uno mismo; olvidarse un poco de uno mismo y tener sentido del humor es fundamental. El humor me parece que es una de las cosas más higiénicas que hay y que, además, denota un cierto nivel de inteligencia. Envidio mucho a los que tienen un sentido fino del humor, porque yo reconozco que no lo tengo».

«No estoy dispuesto a traficar con nada: con opiniones, con mi trabajo, con la cultura, con los sentimientos, con nada. Todo bien clarito y de cara. Yo voy por la vida sin medias tintas y dando la cara», dice el artista, quien se pasa el día «con los ojos bien abiertos mirando a mi alrededor». Azorín, a quien le da «un poco de pena vivir en una época de tan poca erudición», espera no tener que darse «por vencido en nada». Y aquí y ahora, ante su público lector, se compromete a lo siguiente: «Solo me daré por vencido un segundo antes de morirme».