Ureña abre la puerta grande de Las Ventas en una tarde histórica

El diestro Paco Ureña sale por la puerta grande de la plaza de toros de Las Ventas./EFE
El diestro Paco Ureña sale por la puerta grande de la plaza de toros de Las Ventas. / EFE

El diestro de Lorca volvió al ruedo para firmar su mejor faena en Las Ventas tras ser cogido por su primero

FRANCISCO OJADOSMadrid

La plaza de toros de Las Ventas presentaba ambiente de tarde grande. La llamada Corrida de la Cultura llenó los tendidos hasta los topes. El cartel internacional, con la máxima figura de Francia, Sebastián Castella, el peruano Roca Rey, Paco Ureña y los toros de Victoriano del Río, era, sobre el papel, tarde de postín. Y la tarde de expectación se la llevó el torero de Lorca. Su gran tarde en Madrid.

Plaza de toros de Las Ventas:
Corrida de la Cultura. Penúltimo festejo de la Feria de San Isidro.
Seis toros de Victoriano del Río:
Bien presentados, desiguales de juego. Destacó el lidiado en último lugar.
Sebastián Castella:
De catafalco y oro, silencio tras aviso y silencio.
Paco Ureña:
De coral y oro, vuelta al ruedo con petición de oreja y dos orejas tras aviso
Roca Rey:
De catafalco y oro, silencio tras aviso y silencio.

Toreó Paco Ureña con el capote de maravilla al primero de su lote, tanto en el saludo, con la tela muy recogida y con mucho temple a la verónica, rematando con garbo con una revolera, como en un primer quite, por la misma guisa, esta vez abrochado con la media enroscada a la cadera. Entró al quite Roca Rey con dos chicuelinas y media y replicó el de Lorca por delantales, poniendo al público en pie. ¡Qué bello es el buen toreo de capote!

En la faena de muleta se vivió un momento trágico, al ser empitonado por el costado el matador cuando toreaba con la muleta en la diestra y ser muy certero el toro de Victoriano del Río, que zarandeó durante largos segundos a Ureña de un pitón a otro. Lo que pudo ser una cornalón, por fortuna quedó en un tremendo golpe, pues el pitón milagrosamente no llegó a entrar. Con el tremendo dolor, sin aire, quizás con alguna costilla rota, quedó en el ruedo para firmar varios naturales de enjundia en una faena que el público siguió en vilo y muy metido en la labor del lorquino, que había comenzado sentado en el estribo. Un pinchazo inoportuno, previo a una estocada casi entera de efectos inmediatos, privó a Ureña de la oreja que no concedió el palco pese a que la pidió gran parte de la plaza. Antes de pasar a la enfermería la afición de Madrid le obligó a dar la vuelta al ruedo. Finalizada, entró por su propio pie a la enfermería. De allí no salió hasta la lidia del sexto toro. Lo recibió el público con una ovación. Y sin aire, visiblemente mermado, dolorido, infiltrado y vendado, volvió a torear a la verónica con una dulzura y un ritmo fantástico. Empujó el bravo en el caballo, en un buen puyazo. Brindó Paco a su público de Madrid y tuvo su toro. Uno de los grandes toros de esta feria de San Isidro.

A partir de ahí las emociones vividas convirtieron la plaza en un hervidero. El inicio con cinco estatuarios, clavadas las zapatillas en la arena, y un trincherazo de cartel pusieron la plaza boca abajo. Lo que vino después fue absoluto clamor, con naturales de ensueño, olvidado el cuerpo para torear con el alma. Se vació el torero y vibró Madrid. Llegó la gran faena de Ureña en la catedral del toreo. Fue al toro Empanado, de Victoriano del Río, que quedará unido a su historia. El estoconazo hasta las cintas fue cobrado a ley. Tardó en caer el astado, que aguantó en pie hasta lo inimaginable. Y cuando rodó patas arriba los tendidos parecieron nevados, por el blanco de los pañuelos. Dos orejones que encumbran a un torero que ha sufrido mucho hasta vivir este momento, éste en el que se marchó de la plaza de Las Ventas en volandas por la puerta grande, camino de la calle de Alcalá, con una legión de seguidores acompañándolo y coreando con gritos de «¡torero, torero, torero!» el momento más feliz de un hombre de Lorca. Paco Ureña ya conoce lo que es alcanzar la gloria en la plaza de Las Ventas. Se lo ha ganado y lo merecía.

Respecto al resto de lo sucedido en la corrida de la Cultura, empezó bien Castella con el primero de la tarde, que siguió con nobleza el capote bien mecido por el francés. Luego, su faena de muleta, iniciada por estatuarios, no acabó de despegar. Dos series con la diestra, que no alcanzaron la consistencia deseada, dieron paso a una tanda zurda en la que destacó un natural larguísimo. Poco más pudo lucir ante un astado que dejó estar, sin presentar grandes problemas, pero falto de virtudes para ser toro de triunfo. No se definió el cuarto de la tarde después de pasar por los piqueros, en un quite por chicuelinas de Castella. Brindó desde los medios Sebastián su último toro en la Feria de San Isidro. Fueron buenos los principios, con doblones para llevar larga la embestida del burel, y ligada resultó la primera tanda con la diestra, el mejor pitón del toro. Tras probar con la zurda, el astado se fue apagando y con ello la faena, rematada con una estocada defectuosa.

Manseó el tercero de la tarde, sin que Roca Rey pudiera ordenarlo en los primeros compases de la faena de muleta. Cuando lo hizo, en los medios, con la pañosa en la diestra, embistió el de Victoriano soltando la cara y haciendo hilo, pese a lo que no se inmutó el peruano que logró meter al bovino a base de firmeza, exponiendo ante las irregulares acometidas de un toro que no ofreció una embestida igual. Faena larga, en la que el diestro de Lima se justificó de sobra. Tuvo que torear Andrés en quinto lugar, al correrse turno por la cogida de Ureña. Toro ofensivo que se desplazó en el saludo de capa. Se movió mucho y con cierta nobleza el ejemplar de Victoriano del Río y se entendió con él el joven peruano, en una faena que tuvo la virtud del temple y que hacía los adentros aprovechó las inercias del toro. Labor inteligente y solvente de Andrés Roca que deslució con la espada, al pinchar.