Roca Rey impone su capacidad y valor

Jose Maria Manzanares y Roca Rey saliendo de la Plaza de Toros de Cehegín./Javier Carrión / AGM
Jose Maria Manzanares y Roca Rey saliendo de la Plaza de Toros de Cehegín. / Javier Carrión / AGM

Manzanares corta cuatro orejas y sale a hombros en Cehegín junto al peruano, que paseó cuatro apéndices y un rabo

FRANCISCO OJADOSCehegín

Se vistió de gala la plaza de toros de Cehegín, como en las tardes de postín. La ocasión y el cartel lo merecían. Volvían los toros al municipio, después de quedarse sin corrida en septiembre, en las fiestas de la patrona de la Virgen de las Maravillas. Y tres figuras hacían el paseíllo. Se juntaban todos los condimentos para que se viviera un gran ambiente, con los tendidos casi llenos y más de 6.000 aficionados en la mejor entrada registrada en los últimos años en el centenario coso ceheginero.

Con más de veinte minutos de retraso, para acomodar al personal, se hizo el paseíllo al son del himno nacional interpretado por la banda y acogido con júbilo entre los asistentes.

Abrió plaza un bonito toro melocotón, que tuvo que regresar a los corrales al partirse un pitón cuando remató con fuerza en uno de los burladeros. En su lugar, se lidió el sobrero, 'Dudosito', con el que se estiró a la verónica Morante de la Puebla, quien después del puyazo puso compás en un delicado quite por delantales. Aunque le faltara un poco de gas para transmitir más, quedó muy noble el astado para la faena de muleta del torero de La Puebla del Río, que se gustó en un comienzo con la diestra. Para la segunda serie, se descalzó, se afianzó sobre el albero y toreó con suavidad, en redondo. Una serie con la zurda, menos encajada pero bien rematada con el de pecho, dio paso al cierre del toreo en redondo, acompañando las embestidas con torería. Fue antes de una gran estocada en la suerte natural, precedida por un pinchazo arriba, que le valió la primera oreja de la tarde.

Animoso resultó el saludó a la verónica, ganando terreno, de Morante al cuarto de la tarde, el colorado 'Pregonero'. Abrochó el recibimiento con una graciosa serpentina. El comienzo de faena tuvo aires de tauromaquias antiguas. Con la montera calada, con pintureros ayudados por alto, fue sacando al burel a los medios, donde remató rodilla en tierra para brindar de forma original, una vez llevado el astado hasta ese terreno. Luego, la faena fue de pinceladas, con buena actitud del sevillano frente a un toro que no terminó de romper. Puso gracia con varios detalles, como un molinete. Luego, la espada no funcionó. Recibió la ovación del respetable.

El castaño segundo saltó al ruedo embistiendo con alegría al capote de José María Manzanares que, con el compás abierto, reunió un ramillete de verónicas de buena composición. Recibió un largo puyazo el de Cuvillo, tapando la salida el piquero, y llegó a la muleta de José Mari embistiendo con prontitud y nobleza. Fue encontrándose el alicantino con su concepto conforme fue avanzando el trasteo. Primero, buscó los terrenos idóneos, colocando a la res en el centro del anillo para ligar tandas con la diestra, cogiendo confianza. Con la zurda, dejó tandas al natural bien compuestas, con mayor apretura que las del inicio de faena, para cerrar con una tanda diestra, la más compacta, que precedió a un estoconazo en todo lo alto que tiró al astado sin puntilla. Se le pidieron dos orejas, que el palco concedió.

Fue el quinto un toro terciado que se movió en la muleta de José María Manzanares, que, tras un aseado saludo de capa, brindó al público una faena de menos a más, en la que el diestro fue afirmando su tauromaquia basada en la ligazón y un buen sentido de la estética. Bravo, el colorado repitió las embestidas, tomó los engaños con claridad y José Mari acabó por torear con primor en una última serie con la mano derecha que llegó mucho al público. La estocada fue de premio, un espectacular volapié que desató la petición del doble trofeo.

Andando, salió de chiqueros 'Faneguero', tercero de la tarde, que acudió a los capotes tan pronto como se hizo presente Roca Rey. El peruano se hizo dueño de la escena desde que se encajó en las verónicas de saludo. Salió suelto del encuentro con los montados el de Cuvillo y cambió de tercio Roca Rey con el toro entero. Un quite por chicuelinas intercaladas con espaldinas, rematado con una larga cordobesa, calaron en el público que recibió el brindis de la faena. La inició Roca con pasmosa tranquilidad en los terrenos de adentro, con seis muletazos por alto sin enmendar la posición de las zapatillas. Luego, con la faena ya centrada en los medios, fluyeron las series de derechazos, y dos al natural superando las condiciones del toro. Más cerrado en el tercio, fue 'in crescendo' la labor del limeño, exigiendo al toro por abajo, dibujando muletazos muy largos y rematando, altivo, con los forzados de pecho. Las manoletinas finales, dejándose pasar los pitones muy cerca, y rematadas con una arrucina más ajustada de lo esperable, y un pase de la firma en que el matador pareció crecer un palmo pusieron el graderío en pie. De no pinchar antes de la eficaz estocada entera, se le hubieran pedido los máximos trofeos.

Con la corrida ya embalada, discurriendo por el camino del triunfo, cerró Cuvillo con un toro de bonita capa jabonera. Volvió a tener empaque el toreo a la verónica de Roca Rey, que de nuevo cambió el tercio de varas con poco castigo. Éste fue el toro de menos recorrido, pero no le importó a Andrés, que corrida a corrida sube un escalón en su camino al trono del toreo. Plantó las zapatillas, fue toreando a favor del toro hasta hacerse amo absoluto de la situación. Hecho el toreo fundamental, bajo los cánones clásicos, con media muleta arrastrando por la arena, el arrimón final, ofreciendo los muslos al astado, metido el diestro entre los pitones, puso la plaza al rojo vivo. Sacó las embestidas por donde quiso, con arrucinas y circulares, y los gritos de ¡torero, torero! se convirtieron en el fondo musical, junto al pasodoble 'Nerva', magistralmente interpretado por la banda de música. La obra del joven torero peruano fue un dechado de capacidad y valor. La gran estocada, que tiró al jabonero patas arriba, fue el mejor broche posible a una tarde en la que la afición volvió a disfrutar de la fiesta brava en una plaza de Cehegín llena.