Un periódico bajo el brazo

JOSÉ F. GIL GARCÍA

La mañana había arrancado fresca, pero sabíamos que dentro de un par de horas la canícula sería inmisericorde, así que a las ocho y media estábamos todos prestos esperando a Perico Soler. En la talega llevábamos lo necesario para la fatigosa labor que nos esperaba: la botella de vidrio con agua, la navaja de punta roma, un trozo de papel Elefante, -«Joel, qué delicao, uno se limpia con un tormo»-, diría Carrasquete, y cualquier aportación a la fiesta culinaria de las mañanas del cálido pero corto verano sin escuela. Por fin, salía Pedro del hornico, donde su madre le había provisto de tres chuscos, calenticos y crujientes. Como pastor de tan variopinto ganado nos contaba y tomábamos el camino de la huerta, en el parque esperaba Pololo con su infalible tirachinas. ¡Pobres pájaros! Aún no había llegado la civilización posmoderna y a nadie le importaba a dónde trajinaban unos rapaces solos. Es posible que acabaran a pedradas con una banda rival, pero no, aquellas mañanas íbamos a almorzar debajo de una higuera que tenía uno del grupo, con el pedazo de pan caliente la hincheta de higos verdales constituían un suculento manjar. Así, saltando por los quijeros de las ciecas y pateando bancales consumíamos las vacaciones de nuestras casquivanas vidas de los primeros años juveniles. Acaso fuimos los últimos peripatéticos, pues Pedro, de un infatigable amor por la cultura, aderezaba los apetecibles frutos con infinidad de asuntos donde el deporte y la cultura eran los temas primordiales.

Y escuchábamos, extasiados, como si fuese nuestro gran Gurú, hablarnos de sus aspiraciones de ser como Mariano de Cavia, según nos decía un famoso periodista. Tuvieron que pasar muchos años para que yo alcanzara una exacta medida del egregio aragonés.

* * *

Un día, la noticia corrió de boca en boca, cabalgando a horcajadas entre la incredulidad más sorpresiva y la realidad de un personaje tan movedizo y poco dúctil, cualidades que nos parecían mal avenidas con lo que considerábamos la férrea disciplina seminarial. Pero fue verdad, Pedro, de ser el preboste de una comunidad de aviesos zagales, pasó a director espiritual. Sobre todo cuando venía con su sotana y la beca de color verde que resaltaba la figura cuasi papal de su gran envergadura. De momento él se conformaba con menos y decía muy serio:

-Todo se andará, por ahora sólo aspiro a obispo.

Años más tarde se confesaba en un artículo que habiendo perdido el obispado ambicionaba ser Marqués, de los de verdad, y no como el Marqués de Pichos, sólo de alias.

Y ejercía su labor sobre el bueno de Pololo, siempre preocupado por sus juegos solitarios de la edad difícil.

-Padre Pedro, cómo puedo no pecar.

-¡Átate las manos con las gomas del tirachinas, y te salvas tú y los pobres pajaricos!

* * *

Mas, la ventolera religiosa, como vino, se marchó.

Otro día, las aguas de la noticia volvieron a ser más mansas y acordes con lo esperado de Pedro. Inició estudios de Filosofía y Letras, pero en su horizonte, tras el frenesí místico, estaba el periodismo.

Pero no un periodista cualquiera, sino a lo Oriana Fallaci, inconformista y provocativo. Si algo le preocupaba era la corrección y uso adecuados de la lengua, eso sí, condimentaba su estilo siendo iconoclasta cuando el momento lo requería, -qué gran maestro de la transgresión nuestro aprendiz de Fígaro-.

Salpicaba sus escritos con el lenguaje murciano pero no admitía las soflamas carnavalescas del panocho, -«bien están para juegos burlescos, pero sin ningún sustento real»- decía.

Como argumento de autoridad citaba a Vicente Medina, a la vez que nos deleitaba recitando con su cálido vozarrón 'La Cansera'. O Martínez Tornel, y una larga retahíla de estudiosos que se me pierden en los recovecos de la edad remota.

Ya en sus primeros escritos en el programa de festejos de nuestras fiestas, su prosa se iba definiendo. Acerado y crítico como Larra, pero lo que en éste era desasosiego, tristeza por la realidad que vivía y cierta sensación de derrota, en Pedro devenía en una crítica socarrona. Crítica que, partiendo de su gran amor a Abarán, tenía como fin mover a la mejora. Aunque no todos lo entendieran. Traumático fue su «Abarán, París, Londres... y pare usted de contar», acertó a ver en lontananza lo que hoy es una triste realidad.

Pedro y otros universitarios nos traían en los veranos ese lustre que la cultura proporciona más allá de los libros de texto. En uno de ellos abordaron la experiencia de teatro leído. Alrededor de una mesa, cada uno con su flexo, que encendía cuando entraba en escena y apagaba al salir, declamaba la soflama del diálogo que le correspondía. Un narrador ampliaba con comentarios el movimiento escénico que debíamos imaginar. El drama vino en la tercera obra que se quiso representar en el salón de actos de la antigua biblioteca. Había furor por la vuelta a España de Alejandro Casona, otro de tantos españoles zaheridos a diestras y siniestras, los unos por no ser de ellos y los otros por atreverse a pisar la España del momento. Como si desear morir en la patria que nos dio su ser fuese potestad de las ideologías. Se eligió 'Nuestra Natacha', algún listo le sopló a la autoridad de turno que la obra era de un «rojo» y prohibió la representación. Allí salió el desparpajo y la desenvoltura de nuestro Pedro Soler.

-No os preocupéis, mañana hay representación. Yo iré a verlo.

Y la obra se llevó a cabo con lleno absoluto de la sala y aplausos desaforados al final.

Años más tarde, rememorando aquel episodio, le comentaba mi incredulidad con la explicación de que convenció al alcalde diciéndole que Casona se había reconvertido a los suyos y le contaste las feroces críticas que anatemizaron su regreso.

-¿Tienes una explicación mejor? Me pidió.

-Se comenta, le dije irónicamente, que, con una delicadeza extrema, como es propio de ti, le pediste que, dado que no aprobaba 'Nuestra Natacha', te concediera permiso para representar otra que habías escrito tú. Seguidamente le adelantaste, como el que no quiere, la trama, que versaba sobre un antiguo alcalde famoso por sus divertidas y furtivas visitas a «las hermanitas de pecar», que diría Quevedo.

-¡Vale, vale, me parece más apropiada ésa que vais a representar!- concluyó el sagaz mandatario, enemigo de comparaciones.

Pedro me confirmó la historia apócrifa.

-Si cuento la versión puteril a la cuadrilla, hubiera sido la rechifla, pero acabamos en la cárcel, quién habría guardado discreción. Todavía tiemblo pensando en mi inconsciente osadía.

Éste era ya el aprendiz de periodista, aunque con el tiempo reconocía que, a veces, había que saber atemperar y escoger la ocasión y el motivo para las convicciones personales. El principio unamuniano de ir por la vida llamando ladrón o embustero a quién lo fuera, con frecuencia, conducía directamente, más que a su sentimiento trágico de la vida, al catastrófico.

Entonces le preguntaba si había claudicado de aquella máxima que había defendido el año que, comentando 'Rojo y Negro', descubrimos a Stendhal, y con él su ideal dantoniano de escritor, y por ende de periodista: «La vérité, l'âpre vérité», y si esa agria verdad se podía conciliar con ponerse de lado y no ver. Argumentaba, con la mirada perdida: «Ah, la vida en un periódico es un constante equilibrio entre factores que escapan a uno: consejos de redacción, intereses encontrados, luchas por mantener una cabecera, el dinero siempre faltante y faltón, compañeros con los que hacer piña y no divisiones y un largo etcétera que deberíais conocer para opinar».

Concluía:

-Frente a la intransigencia de Unamuno, acaso Chesterton, más periodista, daba en la clave cuando opinaba que la verdad es tan sagrada que hay que saberla administrar, pues, dicha con mucha frecuencia y futilidad, acaba por no ser creída.

-Pedro, con Chesterton hemos llegado al Olimpo del periodismo, solo queda volver a casa.

* * *

Va siendo hora de acabar, antes que el contumaz lector que se colaba en muchos de los escritos de Pedro aparezca.

-¡Oiga, pues aquí estoy, por qué habla de mi Pedro Soler!

-Porque me da la gana, señor. De Pedro se ha dicho casi todo: sus logros, su altura intelectual y su buen hacer. Solo pretendía dar unas pinceladas y pergeñar un desdibujado aguafuerte, a base de recuerdos intrascendentes para conseguir un 'Retrato del periodista adolescente', y plagio el título a Joyce también porque me da la...

-Bueno, bueno, no se ponga usted así, que tiene igualico mal genio que Pedro, siga.

-No, he acabado, torpemente he inclinado la balanza de esa eterna cuestión si el periodista nace o se hace, a favor de que, en este caso, nace. Pedro, en su viaje desde París, de donde venían entonces los niños, perdió en el camino un obispado y su correspondiente diócesis. Pero, dado que el hornico de la Marica de Soler tenía pan a raudales, el rapaz traía... un periódico bajo el brazo. ¡Hale!