Silvia Pérez Cruz, Bendita tú seas

Ofrece un concierto de lujo en el Teatro Romea, acompañada por un quinteto de cuerda con el que presentó 'Vestida de nit'

Silvia Pérez Cruz, Bendita tú seas
ANTONIO ARCO

Ojalá lloviese olor a sal y a puerto, algo que haría sentirse bien a Silvia Pérez Cruz, que dice cosas como esta entre susurros, con esa voz suya que vale un imperio y que se recibe como un manjar de dioses: «Mi padre es el mar, y mi madre el campo y los bosques». Ay, su madre, de orígenes murcianos y vientre privilegiado. Su hija, nacida en Palafrugell en 1983, cantante, compositora, deliciosa artista de altísimos vuelos que no huyen ni del riesgo ni de la experimentación sin fronteras, ofreció el jueves un concierto en el Teatro Romea, lleno de público y buenas vibraciones hasta la bandera, que será difícil de olvidar: por su forma y por su fondo, por su esplendor musical y por la magia derramada, por la elección de los temas interpretados y la complicidad de lujo, y todo corazón, que une a la cantante con los músicos de su quinteto de cuerda, ya por sí solos un espectáculo.

Empezamos a gozar por todo lo alto con una copla con la que se encendió el fuego, 'Cinco farolas', que sirvió para que Silvia Pérez Cruz, tan encantadora y tierna como espartana en su forma de estar en escena y de dirigirse al público, dejase claro de qué iba a ir la noche: he aquí una voz capaz de trastornar el corazón más de piedra que imaginarse pueda. Una voz que lo mismo puede saber a carne de membrillo, que lograr que te sientas una hoja caída despidiéndote del árbol; una voz que lo mismo puede dar voz valiente a los que sufren atropellos e injusticias, que servir para que veamos con toda nitidez el rostro del verdadero amor. Qué concierto: un viaje alrededor del mundo de las emociones y los sueños, de la sensualidad y el llanto, sin moverte de la butaca, convertida en un mirador que te muestra el milagro de la música y sus mil rostros. Embobado te quedas.

El concierto, buena parte del mismo dedicado a interpretar los temas -propios o extraños, tratados todos con la delicadeza de la seda y el fulgor de un rayo- terminó oficialmente con 'Estrella' -¿cómo olvidarnos de Enrique Morente?-, un himno a la esperanza que en la voz y el señorío de Pérez Cruz se torna hipnótico: «Si yo encontrara la estrella que me guiara...; estrella, llévame a un mundo con más verdades, con menos odios, con más clemencia y más piedades». Pero faltaba un bis -¡uno solo!-, que llegó tras un diluvio de ovaciones. Y menudo bis, 'Gallo rojo, gallo negro' -¡gracias por tu poesía, 'Chicho' Sánchez Ferlosio!-, canción con la que, cuando la escuchamos decir «¡qué desencanto si me borrara el viento lo que yo canto!», nos puso a huevo el pensar todos a una: «¡Tranquila, que eso no va a pasar!».

Detrás quedaba forjada a fuego lento la ejecución de cada tema -en el caso de 'Corrandes d'exili', de Pere Quart&Lluis Llach, el cello del fantástico Joan Antoni Pich casi estalla de furia-, entre los que cuesta decidirse si se trata de ordenarlos según la excelencia alcanzada. Bordó sus aproximaciones a la copla, la ranchera, el fado, el inconfundible aroma de Brasil, la canción protesta, los poemas musicados...; su estilo es deslumbrante, con reconfortantes ecos que se agradecen de las mejores María del Mar Bonet, Lila Downs, Jane Birkin, Teresa Salgueiro o Natalia Lafourcada...

Todo fue de diez, incluido el milagro de un público que, salvo las dos o tres excepciones inevitables de memos de ambos sexos, no molestó con sus móviles. Hubo atisbos de flotar literalmente por los aires músicos y espectadores, como cuando sonó 'Asa Branca', ese tema de Luiz Gonzaga en el que tanto se desea que llueva, o 'Hallelujah', que ella interpretó deslizándose más por el sendero quebradizo y herido de Jeff Buckley que por el poderío de Leonard Cohen o Rufus Wainwright. Total, que bendita tú seas, Silvia Pérez Cruz, entre todas las mujeres. Y qué razón tienes: 'No hay tanto pan'. Lo que sobran son chorizos... con corbata.

 

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