Víctor Manuel: «La revolución de las mujeres es imparable, nadie la puede frenar»

Víctor Manuel presenta en Lorca los temas de su nuevo disco, 'Casi nada está en su sitio'. / alberto ferreras
Víctor Manuel presenta en Lorca los temas de su nuevo disco, 'Casi nada está en su sitio'. / alberto ferreras

Hoy interpreta en el Teatro Guerra de Lorca las nuevas canciones de su álbum 'Casi nada está en su sitio'

Antonio Arco
ANTONIO ARCO

Lleva desatando desde hace muchos años Víctor Manuel (Mieres, 1947) un vendaval de emociones. Con toda una vida cargada de éxitos, y afortunada y libre, a sus espaldas, ahora llueven desnudas las trece canciones de su nuevo disco, 'Casi nada está en su sitio' (Sony Music), que llegan de su puño y letra, para ser interpretadas por él mismo, tras la que compuso para 'No hay nada mejor que escribir una canción', publicado en 2008. Así es que -¡sépanlo quienes hoy acudan al concierto que protagonizará en el Teatro Guerra de Lorca!-, el artista se siente como una especie de «náufrago en una isla desierta que arroja una botella al mar con un mensaje dentro. A ver a quién le llega». Con motivo de este concierto habla con 'La Verdad'.

Tome nota

Dónde y cuándo:
Viernes a las 21.00 horas, en el Teatro Guerra de Lorca.
Entradas:
30, 35 y 38 euros.

-¿Quién es usted?

-Soy un ciudadano más de este país que, como todos, ve cosas que no le gustan nada y otras que le gustan más. Estoy lleno de contradicciones, creo que también como casi todos, y tan desconcertado como la ocasión requiere: viendo cómo se mueve la sociedad, lo que hace la clase política, los errores que se repiten una y otra vez...; soy un reflejo de todo eso.

«Seguro que hay una parte de la sociedad que no demanda la desunión de la izquierda, que da la impresión de que es algo ya inevitable»

-¿Y España? En su canción 'Digo España' deja caer algunas verdades y deseos que, en efecto, suenan muy bien: «Digo España y qué bien suena esa palabra», «Digo patria y es tan mía como las nubes que pasan», «Borremos todas las lindes que dividen y separan», «Nos gustan los precipicios...».

-Esta canción, escrita muchos años después de 'España, camisa blanca de mi esperanza' [joder, ¿cómo no acordarse aquí y ahora de Ana Belén], habla de lo que yo pienso que somos y cuenta lo que a mí me pasa. Y, como siempre, no intento imponerle a nadie mi pensamiento, ni decirle a la gente que las cosas deben ser como yo digo.

-¿Y cómo dice usted que deben ser las cosas?

-Deberíamos vivir en una sociedad más justa, mejor. Pero, claro, soy consciente de que es muy fácil decir esto y, al mismo tiempo, abstraerse de la realidad, no contemplar lo que le pasa a mucha gente que te rodea en la vida. Yo quiero ser coherente y no dejar de contemplar lo que sucede a mi alrededor: la tremenda desigualdad social que hay, la imposibilidad de la gente joven de acceder a trabajos dignos y, por tanto, de emanciparse; y, por supuesto, el paro, que aunque va reduciéndose, esto es a base de trabajos muy precarios; todo eso a mí me afecta muchísimo.

«Estoy convencido de que cualquier tiempo pasado fue peor y no tengo ningún ataque de nostalgia. Creo en mirar hacia adelante»

-¿Clarísimo qué tiene?

-Clarísimo, que nadie es más que nadie, eso lo aprendí hace ya años y no lo olvido. Da igual que tengas un éxito enorme, cuando te bajas del escenario no eres más que un señor más de a pie, radicalmente igual a todos los que te rodean. Yo, como he tenido grandes éxitos pero también he conocido el fracaso, he pasado por algunas curas de humildad que te vienen muy bien para no perder el Norte; y, también en mi caso, para no dejar de mirar, creo que con una mirada tierna, cercana, a los más desfavorecidos y a toda esa gente, la más humilde, a la que la vida se le hace mucho más cuesta arriba que a los que tenemos la suerte de poder llevar una existencia más o menos cómoda. A veces, es que, lamentablemente, hasta nos olvidamos de nuestro propio pasado.

-¿A qué se refiere?

-Cuando presento en los conciertos la canción 'Nos están preguntando' [«Nadie sabe tu nombre, nadie quiere saberlo. / Que ningún documento documente a los muertos»], que trata de la gente que intenta incorporarse al primer mundo -a lo que ellos creen que es el primer mundo-, siempre le digo al público que quienes vienen aquí hacen exactamente lo mismo que hacíamos nosotros en los años 60 y 70, largándonos a Suiza con una maletita, o a Bélgica o a Francia o a Alemania; lo único que cambia es que ellos tienen unas circunstancias mucho más feroces y pueden morir ahogados por miles en el Mediterráneo.

Dejarse querer

-¿Sigue usted pensando que «la única revolución que está saliendo bastante bien es la de la mujer»?

-Sí. Desde finales del siglo pasado, la mujer está ya en todos los sitios y su fuerza es imparable. En un concierto anterior que hacía ['Vivir para cantarlo'], cantaba un tema hablando de las mujeres, 'Ella solo supo dejarse querer', y ahí decía en cuatro pinceladas lo que yo pensaba: que la mujer ya se prepara y estudia más y mejor que el hombre, que la mujer está en todos los sitios de responsabilidad, que la mujer sabe que tiene leyes que la defienden... Son exactamente iguales que nosotros, pero con una diferencia: las mujeres siguen muriendo a palos continuamente. Hay una parte de los hombres que creen que pueden disponer a su voluntad de las mujeres, incluso que pueden matarlas. Pero la revolución de las mujeres es imparable, nadie la puede frenar. Hay más juezas que jueces, y más doctoras que médicos..., y eso no tiene marcha atrás. El tapón que las mantenía en un segundo plano hace ya mucho que lograron quitárselo de encima, y lo lograron a fuerza de perseverar y de superar a sus propias familias, a los curas y los confesionarios. Estarán donde quieran estar.

-Leyes que las defienden, como la de la violencia de género, hay quienes la quieren abolir.

-Parece increíble, sí. El otro día hacía una viñeta muy buena El Roto que decía: «La edad mental media de la extrema derecha es la Edad Media».

-¿Nostálgico?

-No, no, qué va, estoy convencido de que cualquier tiempo pasado fue peor y no tengo ningún ataque de nostalgia. Creo en mirar hacia adelante, pese a todas las dificultades, y en la voluntad de esta sociedad de ser mejor cada día y de perfeccionarse. No me doy por vencido.

-¿Tampoco en cuanto a imaginarse una izquierda española menos torpe y cainita?

-La verdad es que te quedas perplejo observando algunos de sus comportamientos, porque parece como si cada cual mirase nada más que su parcelita y no tuviese la suficiente altura de miras para tratar de ver cómo se mueve y qué demanda el resto de la sociedad; porque seguro que hay una parte de la sociedad que evidentemente no está demandando la desunión de la izquierda, que da la impresión de que es algo ya inevitable. Yo milité unos años en el Partido Comunista, y lo que veo hoy todo el tiempo es cómo se reproduce en la izquierda lo que pasaba entonces en lo que llamábamos el partido: divisiones, subdivisiones, subdivisiones...; sobre todo por parte de la clase dirigente, porque lo que yo me encontraba entre los militantes era gente maravillosa entregada a la sociedad y a que este país se transformase. Y a ese nivel, el de la militancia de base, esos navajazos no ocurrían. No tenemos la clase política que se merece este país, eso es una evidencia.

-¿Nota usted en Madrid la mano de Manuela Carmena?

-Se nota, sí. A veces, por simplificar, pregunto: '¿No roban, verdad?'. Pues no, no roban, ¡ah, pues vale! Y, a partir de ahí, vamos a ver qué más pasa. Conozco a Manuela [Carmena] hace muchos años y sé el tipo de persona que es y que es imposible que alrededor de ella pueda ocurrir que alguien meta la mano, ni nada de eso. Tratan de hacer las cosas bien, de sanear el ayuntamiento [de Madrid], que quedó terriblemente endeudado con las gestiones anteriores del PP, y de conseguir una ciudad mejor. Cierto que, a veces, pues claro que tienes la sensación de que no llegan, pero eso supongo que pasará en todas los ciudades.