MAPAS SIN MUNDO (02/06/2019)

Pedro Alberto Cruz
PEDRO ALBERTO CRUZMurcia

Los niños hablan tanto más alto entre sí cuánto más cerca están. Desde pequeños comprenden que un abismo te separa de quien tienes al lado y que, por tanto, solo cabe gritar para que te escuche.

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La nueva política y su supuesto espíritu regeneracionista murió definitivamente el día en que el representante de un partido exigió a los representantes de otro que abjuraran de su secretario general para negociar. Probablemente no haya escuchado nunca gilipollez tan mayúscula. Para que luego vayan diciendo que los intereses generales están por encima de los propios y partidistas: el odio a una persona les basta para justificar la negativa a favorecer posibles cambios de modelo. Con un par.

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Deconstruyendo argumentos falaces: ¿si la suma de PP, Cs y Vox lleva a algunos a suponer la preferencia social por un gobierno de centro-derecha, de la mayoría obtenida por PSOE y Cs se derivaría la preferencia social por un gobierno de centro-izquierda?

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El concepto de 'éxito electoral' se ha devaluado últimamente a niveles pavorosos. La comprensión de este extremo se realiza mediante una comparación elocuente: un individuo que va a juicio en espera de que lo condenen a muerte, recibe una sentencia de cadena perpetua. Su reacción es de un júbilo desatado. ¿Ha ganado? No. Ha perdido menos de lo que temía.

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La memoria -dice Nietzsche- supone el recuerdo sumergido de la sangre. Y yo añadiría: de la sangre derramada. La sangre funcional -la que recorre el cuerpo a través del aparato circulatorio- no tiene memoria. En cada vuelta establece un tiempo distinto para el ser, un momento efímero e irrepetible. Pero la sangre que se derrama... esa sangre detiene el tiempo y crea un territorio, una marca, una cicatriz, un recuerdo. Sin heridas no hay pasado. El tiempo es fracturado por la memoria de la sangre.

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La sociedad digital sigue teniendo una concepción analógica de la violencia. Todo lo que no sea agredir físicamente a alguien no entra dentro de nuestro perímetro de culpa. El suicidio de una mujer como consecuencia de la distribución, por parte de sus compañeros, de un vídeo en el que aparecía en pleno acto sexual, es una confirmación más de la frivolidad asesina que rige nuestros actos. No hay duda al respecto de que siempre que una persona tenga un mínimo de poder sobre otra lo ejercerá sin piedad. Durante el nazismo, los soldados alemanes pateaban, humillaban y fusilaban a sus prisioneros sin ningún sentimiento de culpa y con la rutina permitida por un contexto que normalizó el crimen como un hecho banal y menor. En la actualidad, los usuarios de redes sociales y de WhatsApp descuartizan a cualquiera que se cruce por delante con un sentimiento de hermandad y de ensañamiento epocal. La coartada del mal es convertirse en un número más, en ser únicamente un número más dentro de la red de contactos por la que circula la sentencia de muerte de una persona. El ser humano es malo por naturaleza. Si no delinque más no es por una bondad natural, sino porque no quiere pasar el resto de sus días en la cárcel. Es una cuestión de pragmatismo y no de ética. Pero repito: que al número escondido entre la suma social no se le ofrezca la más mínima oportunidad de ejercer su superioridad sobre otra persona. Porque lo hará bajo el cobijo miserable de la banalidad del mal.

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Y claro está: en medio de la indecencia, no podía faltar el torero de turno, quien, al atravesar con su espada al toro, no acaba solamente con su vida, sino, también, con la de la escasa musculatura moral que todavía le pudiera quedar. Al final se entiende por qué determinados individuos se dedican a lo que se dedican.

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Todavía no me ha quedado claro si el centro es lo que está más cerca o más lejos de todos los puntos del espectro. O dicho de otra manera: ¿el centro es gozne o falla? ¿Conecta o es la opción más incompatible de todas?

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