MAPAS SIN MUNDO (12/05/2019)

Pedro Alberto Cruz
PEDRO ALBERTO CRUZ

En 1963, Yoko Ono compuso un evento titulado 'Earth Piece', cuyas instrucciones se limitaban a decir: «Escucha el sonido de la tierra girando». Le hago caso y escucho; con ese sentimiento de emergencia que se instala cuando conoces que, en cada ciclo de rotación, cientos de especies de animales desaparecen y, por lo tanto, vuelta tras vuelta, la tierra está más sola. La noticia de que un millón de especies de animales están en riesgo de extinción solo fue capaz de generar titulares de cara a la galería, pero ni un solo pellizco en la fibra sensible de la acción política y social. Apostar por los animales se considera como un gesto inútil, propio de aquéllos que se encuentran fuera del plano de los problemas reales. «Primero las personas», aclaran con la estúpida legitimidad de quien no termina de comprender que el ser humano es un nódulo más en una tupida red de relaciones, y que todo cuanto sucede en el planeta le afecta. Los partidos andan muy preocupados estos días en definir el mejor modelo de proyecto social -su victoria electoral depende de ello-. El recurso de las «políticas sociales» se utilizará a buen seguro hasta la saciedad, como si se tratara de un comodín argumentativo que se emplea para tapar los agujeros del gruyer intelectual al uso. Pero, sinceramente, ¿de qué proyecto social estamos hablando si no hay un planeta que lo cobije? ¿Cuándo llegará el momento en que la máxima urgencia de las políticas sociales sea salvar la biodiversidad del planeta? Mientras que el concepto de sociedad resulte tan excluyente como para no incluir la relación del ser humano con el resto de formas de vida, cualquier proyecto político será una estafa. La manida formula 'las personas primero' conlleva un empequeñecimiento tan demencial de los intereses del ser humano que, por pura lógica, supondrá la prioridad que lo exterminará todo. Si verdaderamente pensáramos que las personas son lo primero, nos preocuparía mucho más ese millón de especies que, pronto, ya no acompañarán la rotación diaria de la tierra.

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Escribe la poeta cubana Ketty Blanco Zaldívar: «El día es tan bello que de un momento a otro/ podría acabarse el mundo». Afortunadamente, ninguno de mis días es bello. La vulgaridad asegura absolutamente la continuidad de la vida.

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Cuando hablar es un riesgo, callar es un suicidio.

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El cálculo nos hace inexactos. O dicho de otro modo: quién mide sus pasos tarde o temprano pierde el equilibrio. Es lo que pasa cuando la realidad se reduce a un alambre, y el caminante se transforma en un funambulista.

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La soledad es soportable; la solo-edad te lleva a enloquecer.

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La excusa es el reflejo de uno mismo que el espejo no devuelve. Es el auténtico argumento-vampiro.

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Frente a la exhortación a las decisiones útiles, siempre estaré -siguiendo a Bataille- del lado de la parte maldita.