Mapas sin mundo (20/01/2019)

PEDRO ALBERTO CRUZ

La fragilidad es la única fortaleza que tenemos. Como en el agua, los hay que se ahogan en ella, y luego están aquellos que, nadando, llegan a algún sitio.

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En 1955, el artista japonés Kazuo Shiraga, uno de los fundadores del grupo Gutai, realizó una de las 'pinturas' más turbadoras de la historia: 'Luchar en el barro'. Desnudo, Shiraga restregó compulsivamente su cuerpo contra una densa masa de barro, a la cual modeló con esfuerzo. La textura áspera -a causa de la gravilla y las ramas contenidas en la mezcla- le causó numerosas heridas por todo el cuerpo. Shiraga utilizó su cuerpo como lugar de individualización y de libertad frente al militarismo impuesto durante el periodo de guerra. Lo que pretendió fue convertir el esfuerzo físico de la acción en una experiencia lo más concreta posible; una concreción tal que permitiera a la materia bruta de su cuerpo y del barro expresarse de la manera más literal posible. Para Shiraga la concreción del cuerpo suponía la única forma plausible de resistir a la abstracción de la ideología militarista. Cuanto más literal eres, más impenetrable te vuelves para las estructuras ideológicas del poder. Curiosamente, esta pieza realizada hace más de 60 años podría servir para ilustrar el contexto presente. El individuo contemporáneo está perdiendo dramáticamente su dimensión carnal, concreta. Y cuanto menos cuerpo somos, mayor vulnerabilidad mostramos a las abstracciones del poder. No hay nada más revolucionario y productor de subjetividad que la carne. Como Shiraga, necesitamos manchar nuestro cuerpo de barro para redescubrir el tacto de la vida y evitar así ser abducidos por las ideologías disciplinarias. Nada hay más bello que un cuerpo plenamente concreto, plenamente sucio.

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Estás durmiendo. Profundamente. Tu gato, de repente, sube a la cama y camina por encima de ti sin cuidado alguno, pisándote desde los pies hasta la cabeza, con ese paso firme y despreocupado que da la paz de espíritu. Y, sin embargo, tu cuerpo recibe ese peso indisimulado, en medio de la noche, como algo natural y que no altera el ritmo del sueño. En la madrugada, cuando cualquier mínimo movimiento repercute en el cuerpo de manera dramática, dejándote indefenso y con una sensación de vulnerabilidad incurable, solo tu gato puede pisotearte sin que la calma se altere. La manera que tienen estos felinos de invadir tu cuerpo, con la soberbia de quien lo considera como un territorio propio, es un auténtico misterio. Porque en ningún momento éste se siente atacado, violentado, interrumpido. Su descaro e intrusión siempre son asumidos con la tranquilidad del accidente que ya formaba parte de tu estructura antes de que sucediese. Por alguna razón desconocida, el caminar de un gato sobre tu cuerpo es un sobresalto del que tu cuerpo ya se curó antes de nacer.

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¿Por qué será que una sigla siempre aflora lo peor de cualquier nomenclatura?

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Aquellos tiempos en los que el cuerpo era un lugar de refugio entre el despertar y el regreso al sueño...

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Nada hay más viejo y reaccionario que un rencor.

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Si la trascendencia quiere tener futuro, mejor que se ponga la ropa de diario de la inmanencia y abrace humana y mortalmente a cuanto tiene alrededor.

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Nunca se es suficientemente pesimista. Siempre que llega lo peor, te termina arrasando como si hubieras sido el más ingenuo de los creyentes.

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