Walt Whitman, en La Montaña Mágica

Walt Whitman, en La Montaña Mágica
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La librería de Cartagena acoge este sábado la presentación de la antología 'Yo soy el poema de la Tierra'

Antonio Arco
ANTONIO ARCO

Esto decía de sí mismo Walt Whitman (1819-1982): «Soy el poeta del Cuerpo y soy el poeta del Alma. / Los placeres del cielo están conmigo y los tormentos del infierno / están conmigo. / Soy el poeta de la mujer igual que del hombre, / y digo que tan noble es ser mujer como ser hombre, / y digo que no hay nada tan noble como ser la madre de los hombres». Son algunos de los versos que se leen en 'Yo soy el poema de la Tierra', la antología poética del gran autor de Norteamérica, del que se celebra su segundo centenario, que recoge su obra dedicada a la naturaleza y que ha sido editada en la colección 'Hojas en la hierba' de la editorial Relee, que cuenta con el asesoramiento de la Fundación EQUO. El libro, que cuenta con prólogo de Manuel Rivas, incluye un excelente análisis de los poemas realizado por Eduardo Moga, también traductor de los mismos. Moga y el director de 'Hojas en la hierba', Raúl Gómez, mantendrán un encuentro con el público este sábado, a las 12.00 horas, en la librería La Montaña Mágica de Cartagena.

El editor Raúl Gómez y el traductor Eduardo Moga hablarán sobre la naturaleza en la obra del gran autor de Norteamérica

Tiene razón Manuel Rivas: «Walt Whitman escribe siempre en vilo. Escribe entre labios. Lo que eso significa: las palabras se yerguen insurgentes, dejan de tiritar en las heladas imperiosas, recuperan los enseres del sentido, reviven en los fuelles de las fraguas, en calderas de vapor, en las lanzaderas de las tejedoras, caminan unidas y libres a un tiempo en fluidos de aves solidarias, como bandadas de estorninos que ahuyentan las rapiñas». Su poesía, indica el novelista, «parece haber nacido en los tiempos del matriarcado pagano: no existe la sumisión, está limpia de miedo. Hasta a las palabras tiznadas les sonríe la dentadura. Y la naturaleza no es un anexo, ni un paisaje que contemplar, ni un refugio. El lenguaje, cada verso, forma parte de la naturaleza». Y «la poesía de la naturaleza de Whitman nos involucra».

«Es una naturaleza poética que no se deja amedrentar», añade Rivas, para quien los poemas de Walt Whitman «son plantas, seres salvajes, que no necesitan de nuestro cuidado, de nuestra toma de conciencia. Al contrario. Son ellos, estos poemas, las fuentes de conciencia, la energía alternativa que nos permite ver lo que no está bien visto. Lo que está oculto o tapado. Y lo que molesta, desacomoda, ver».

«Walt Whitman escribe siempre en vilo. Escribe entre labios», indica Manuel Rivas

Revelación

Así se describe el poeta: «... enfrentándome a la noche, a las tormentas, al hambre, al ridículo, a los accidentes, a los desaires, como hacen los árboles y los animales». Estos versos fascinan a Raúl Gómez, quien afirma que al lector que a través de 'Yo soy el poema de la Tierra' «se acerque por primera vez a los versos de Whitman, o que lo haya hecho escasamente con anterioridad, le garantizamos que podrá disfrutar de una sorprendente revelación». «Podrá dejarse llevar», propone, «por la fuerza con la que el poeta norteamericano canta salvajemente, como si fuera un sinsonte en lo alto de una rama desde la que divisara el continente entero».

Por otro lado, «a quien ya conozca sus versos», precisa, «le ofrecemos una selección de poemas realizada por Eduardo Moga, también traductor de los mismos y autor del estudio 'Cada hoja es un milagro'». Gómez recuerda que el propio nombre de la colección está inspirado en la obra magna de Whitman, 'Hojas de hierba', un libro que fue creciendo hasta su lecho de muerte, literalmente, y que supone el conjunto de su obra poética».

En sus versos, «el hombre y la tierra comparten destino y se ofrecen como un solo ser»

Eduargo Moga indica que «tres elementos de la naturaleza destacan en la visión que de ella tiene Whitman, y que se refleja en 'Hojas de hierba': las aves; los árboles -plantas y flores-; y el mar». Recuerda el especialista que «en 'A la brisa del ocaso', escrito en la vejez de Whitman, cuando ya se sabía cerca de la muerte, el poeta celebra la llegada de una brisa reparadora, cuyos dedos le acarician la cara y las manos, y lo arropan; esa brisa, exhalada por los labios bienamados de la naturaleza, ha venido para hablarle». Porque la naturaleza, «ciertamente, tiene la capacidad de hablar. De hecho, todas sus manifestaciones son expresión de su espíritu y de su pensamiento, porque también está dotada de alma y de razón, como Whitman no se cansa de afirmar». Pero, ¡atención!: a la naturaleza, como escribe Whitman en el poema 15 de 'Saliendo de Paumanok', hay que 'persuadirla'. «Si no podemos hacerlo o ella no se deja, hay que dominarla», apunta Moga. «Y esa dominación», explica, «es doble: espiritual, en virtud de la cual la conciencia la invade e impregna de su propio latir, de su energía y su mortalidad, a la vez que absorbe su fuerza primigenia, el poder de su corporeidad incontaminada; y física, ese sometimiento material que consiste en beneficiarse de sus dones, en extraer su savia: lo que hoy llamaríamos explotar sus recursos».

En Walt Whitman, «el interés por el planeta Tierra se proyecta en el interés por el universo. A partir de la contemplación de los cielos de su Long Island natal, desarrolló un creciente interés por la astronomía, que se hace patente, en los poemas de 'Hojas de hierba', en frecuentes menciones de estrellas, constelaciones y fenómenos astrales». Acepten la invitación que nos hace el poeta a «mirad el sol incomparable, sereno y altivo, / la mañana violeta y púrpura, de brisas apenas perceptibles, / la luz, nacida sin violencia, delicada, inconmensurable, / el milagro que se extiende, bañándolo todo, la plenitud del mediodía, / la tarde, deliciosa, que llega, la noche, bienvenida, y las estrellas: / todo brilla en mis ciudades, todo envuelve al hombre y a la tierra». Porque para él, «el hombre y la tierra comparten destino y se ofrecen como un solo ser. El todo los absorbe, igual que ellos absorben el todo».

Y la muerte

Y de ese todo forma parte la muerte, a la que Whitman identifica con el abono que la tierra necesita, restándolo dramatismo al mayor de los dolores. Lo deja claro en el poema 49 de su 'Canto a mí mismo': «Y en cuanto a ti, cadáver, creo que eres un buen abono, pero eso no / me ofende. / Aspiro la dulce fragancia de las rosas blancas, pujantes, / toco los labios como hojas, / toco los pulidos pechos de los melones. / Y en cuanto a ti, vida, te considero el residuo de muchas muertes. / (Sin duda, yo he muerto ya diez mil veces)». Raúl Gómez está convencido de que «pasarán doscientos años más y Whitman seguirá inspirando a quienes nos sucedan, porque las voces auténticas y primigenias han de ser y son invocadas cada cierto tiempo entre nosotros, para recordarnos los hitos del camino de la cultura y la vida y, ojalá, para enseñarnos también a situarnos levemente en el mundo».

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