Marta Sanz: «Necesitamos muchos hombres feministas»

La escritora Marta Sanz, ayer en el centro Luzzy de Cartagena. / antonio gil / agm
La escritora Marta Sanz, ayer en el centro Luzzy de Cartagena. / antonio gil / agm

La autora de 'Monstruas y Centauras' participó ayer en Cartagena en los 'Encuentros de pensamiento feminista'

Antonio Arco
ANTONIO ARCO

«Propongo cuidar las relaciones con los demás, la fraternidad, las historias de amor...», dice Marta Sanz (Madrid, 1967), escritora y ensayista que atesora, entre su patrimonio de placeres posibles, los baños en Águilas. Autora de 'Monstruas y Centauras. Nuevos lenguajes del feminismo' (Anagrama), ayer participó, en el marco del ciclo 'Cartagena piensa', en los 'Encuentros de pensamiento feminista' celebrados en la Biblioteca Josefina Soria.

-¿Qué suele decirse para animarse cuando se levanta con mal pie?

-La experiencia me dice que me iré recuperando a lo largo del día, que me iré reconstruyendo a mí misma poco a poco si el despertar ha sido un poco traumático; así es que me digo: 'No te preocupes, dentro de cinco minutos todo será un poco mejor, y dentro de diez minutos un poco mejor todavía e, incluso, puede que a mediodía todo sea excelente'. Lo sé: van a llegar pequeños bienestares a lo largo del día.

«Nos rodean la visceralidad, el autoritarismo, los discursos de odio»

-¿Salir a la calle es un poco como adentrarse en la selva?

-Un poquito sí, porque aunque estamos recuperando formas de diálogo que nos ayudan a hacer comunidades y a sentirnos arropados por gente amorosa, también es verdad que estamos rodeados cada vez más de ciertos discursos del odio, y que a menudo hay ramas muy violentas que no nos dejan ver el bosque con esperanza.

-Cada vez más y a costa de que todo discurso mínimamente constructivo tienda a ser dilapidado.

-Es cierto que nos rodean la visceralidad, el autoritarismo, los golpes encima de la mesa, los discursos absolutamente irracionales...; pero no podemos dejar que se salgan con la suya. Frente a todo eso, lo que nosotros tenemos que intentar contraponer es un discurso racional, una reivindicación del conocimiento, una recuperación del diálogo y de la educación que, de alguna manera, sirvan para paliar esa violencia discursiva que yo creo que está íntimamente relacionada con una violencia económica, con la crisis que llevamos padeciendo a nivel global hace muchísimos años. Una crisis que ha generado mucho resentimiento, mucho rencor comprensible con el que, está claro, no vamos a ninguna parte.

«La crisis ha generado mucho rencor comprensible con el que, está claro, no vamos a ninguna parte»

-No todo el mundo instalado en esta deriva destructiva, de agresividad, ha pasado o pasa por problemas económicos. Y no solo eso, sino que parecen multiplicarse las voces desquiciadas de responsables políticos.

-Eso es todavía más difícil de digerir, y tiene que ver con un renacimiento de una ultraderecha en España que, por una parte, sintoniza con esa ultraderecha a nivel global que representan Trump, [Jair] Bolsonaro o las nuevas ultraderechas europeas que han sabido aprovechar muy bien ese discurso vertiginoso y de odio de las redes; y, por otra, con esa personalísima impronta franquista de la que todavía no nos hemos desecho y que estamos padeciendo.

-¿No cree que la izquierda, en general, también se está radicalizando un poco, cayendo de algún modo también en la crispación y la intransigencia?

-No percibo intransigencia, no. Por parte de todos los partidos de izquierda, lo que percibo es esa vocación de diálogo, y esa necesidad de estrechar vínculos fraternos y de intentar paliar todas esas brechas de desigualdad: ya sean económicas, de genero, de raza, de clase. Creo que la izquierda española, en los últimos tiempos, está tendiendo muchísimos puentes para que en la sociedad española tengan cabida todos los diálogos que son necesarios para la convivencia.

-¿Cómo vivió usted la gran manifestación del 8 de marzo?

-Por una parte, con mucha alegría al ver que tantas personas se ponían de acuerdo para denunciar lo evidente: la brecha salarial, la precariedad y el riesgo de exclusión de las mujeres, la temporalidad no deseada, la violencia contra nuestros cuerpos, los feminicidios y todas estas cosas que, verdaderamente, quien no las quiera ver es que está ciego o tiene mala intención. Fue enorme la cantidad de hombres y de mujeres que salimos a la calle para luchar contra esta lacra social que es el machismo. Pero, otra parte, me produjo una enorme tristeza que a estas alturas del siglo XXI tengamos que seguir reivindicando lo evidente, y que encima nos tengamos que estar protegiendo en la medida en que hay personas que, torticeramente, quieren darle la vuelta a los argumentos y se consideran ellos las víctimas.

«Reconocemos también a veces, en nuestro ADN, comportamientos machistas»

-¿Qué deja usted bien claro?

-Cuando reinvidico los derechos de las mujeres, que nuestras diferencias no se conviertan en desventajas, no pretendo discriminar a los hombres de ninguna manera, lo que pretendo es que todos podamos verdaderamente vivir en una sociedad igualitaria.

Manifiesto

-¿Qué les dice a las mujeres que opinan que el manifiesto de la manifestación las excluía por motivos ideológicos?

-A mí, lo que me ha resultado muy curioso es cómo las mujeres de derechas fuerzan el concepto feminismo para llevarlo al ámbito del liberalismo, renunciando de alguna manera a lo que ha sido el ADN de las luchas feministas en el mundo y en España desde sus orígenes. Hay que recordar que el feminismo está vinculado con las luchas sufragistas, con las luchas de las mujeres proletarias, con la reivindicación del pan y las rosas; y hay que recordar que, en España, las mujeres empresarias, trabajadoras, profesionales, intelectuales... disfrutan en este momento de los derechos que tienen gracias al trabajo de personas como Justa Montero, Cristina Almeida, Lidia Falcón...; es decir, mujeres que han practicado activamente el feminismo desde una perspectiva de izquierdas. Si las feministas de derechas pensasen bien en las implicaciones ideológicas y en las genealogías del feminismo, se escorarían inevitablemente hacia la izquierda. Es un asunto de coherencia intelectual.

El manifiesto se consensuó por parte de muchas personas que consideran que el feminismo puede ser una palanca de transformación para paliar todas las desigualdades económicas de un sistema económico con el que estamos viviendo, y eso no me parece motivo de crítica, sino que ha sido un paso adelante, una propuesta valiente y un punto de partida para que podamos empezar a negociar y a hablar de muchísimas cosas. Había mujeres de todas las edades y muchísimos hombres, porque yo creo que hay que subrayar que precisamente en esta causa necesitamos muchos hombres feministas o con la voluntad de hacerse preguntas desde una perspectiva autocrítica, de la misma manera que nosotras nos las hacemos cuando reconocemos también en nuestro ADN, a veces, comportamientos machistas que tienen que ver con nuestra educación y que intentamos corregir.

-¿A qué comportamientos se refiere usted?

-Hay muchísimos; por ejemplo, creo que lo que tenemos que hacer es preguntarnos por el origen de nuestros deseos, preguntarnos por qué deseamos las cosas que deseamos, por qué a veces queremos responder a un canon de belleza que a lo mejor nos está haciendo daño, por qué nos culpabilizamos por todo, por qué nos sobreexplotamos y queremos ser absolutamente magníficas a la hora de cumplir con nuestras responsabilidades dentro y fuera de la casa. Creo que ese sobreesfuerzo genera un cansancio que produce al final enfermedades que afectan de una manera física al cuerpo de las mujeres.

-Ha participado usted en el ciclo 'Cartagena piensa', una ciudad cuyos partidos mayoritarios, PP y PSOE, apuestan por dos mujeres, Noelia Arroyo y Ana Belén Castejón, para llegar a la Alcaldía.

-Espero que a estas mujeres se les juzgue, porque tendrán que ser valoradas y criticadas cuando ocupen cargos públicos, por el trabajo político que lleven a cabo y no por sus conductas sexuales o por su aspecto físico; y, sobre todo, espero que cuando estén haciendo lo que se espera de una mujer que está en el poder, no se les asignen adjetivos humillantes: que cuando sean inteligentes, no se digan que son frías y calculadoras, y que cuando sean taxativas en sus juicios no se diga que son autoritarias y mezquinas, porque esto suele pasar mucho a la hora de juzgar el trabajo de las mujeres cuando éstas ocupas cargos de responsabilidad. En cualquier caso, también tengo claro que cuando se dé el caso de que determinadas mujeres perpetúen formas de explotación que lo que hacen es seguir subrayando las desigualdades, yo las criticaré.