«Hay momentos complicados en los que la sangre se te enfría»

La periodista Ana del Paso posa con ejemplares de su libro. / A. Salas
La periodista Ana del Paso posa con ejemplares de su libro. / A. Salas

La corresponsal recoge en su libro 'Reporteras españolas, testigos de guerra' el testimonio de 34 pioneras de la crónica bélica

ALEXIA SALAS SAN JAVIER.

La guerra no solo la cuentan los hombres. Por primera vez, un volumen recoge testimonios diversos de 34 periodistas que han sobrevivido a guerrillas, sátrapas y francotiradores en escenarios donde la crueldad sonríe de lado. Ha sido la doctora en Ciencias de la Información y reportera de guerra Ana del Paso, quien ha alumbrado el trabajo sobre la valentía y el rigor de las corresponsales en escenarios de riesgo.

Su propio testimonio es una lección de periodismo que invoca la determinación de informar incluso cuando te ponen una pistola en la sien. «En Macedonia, fui a entrevistar a la UCK (Ejército de Liberación de Kosovo), cuando el taxista se fue corriendo y me quedé sola de pronto con unos milicianos. Uno me puso una pistola en la cabeza. De pronto me suena el móvil, le digo que si puedo contestar y oigo a mi marido: 'Hola, cariño, ¿cómo estás?'. Le dije: 'ahora no puedo hablar, me están apuntando con una pistola'. Debe ser que las españolas tenemos empatía, porque después pasamos al té y al vodka, que no te lo tomas ni de guasa, y acabamos haciéndonos fotos. Hice un buen reportaje».

Ana del Paso ha cubierto para la agencia Efe y después para otros medios la guerra civil de El Salvador, las elecciones en Nicaragua y las cinco guerras balcánicas. Recibió el premio Unicef por la cobertura de la primera Guerra del Golfo y fue subdelegada de Efe en Oriente Próximo en El Cairo. Una vida repleta de crónicas apresuradas a costa de jugarse la piel.

-Maruja Torres decía en 'Mujer en guerra' que lograba meterse por todas partes poniendo cara de tonta, ¿cuál ha sido su truco más eficaz?

-Hay muchos. El libro es un manual para el periodista. Poner cara de tonta, ponerse a llorar. Maruja, una maestra de buen periodismo, me contó que en un cóctel en Santiago de Chile se fue acercando a Allende, vestida de punta en blanco y repintada, para lograr algunas declaraciones. Esto lo hemos hecho todas. Me pasó a mí con Javier Solana cuando era secretario general de la OTAN en una cumbre de Madrid. Me adherí a una delegación y de pronto me ví en un despacho sola con él. Cuando ves un hueco hay que ser ávido como el Lazarillo de Tormes. E ir a por todas dentro del límite deontológico, porque no todo vale, pero aprendí mucho siendo agenciera. Es como lo que hacen las redes sociales ahora pero con rigor.

-¿Se pierde identidad?

-Sí, pero estás en todas partes, ganas agilidad y pugnas mucho. Soy muy competitiva y ser el primero en dar una notica es importante. A diferencia de las redes sociales, una agencia de información es certera, precisa y con datos de fiar.

-¿Cuántas veces se ha preguntado, en medio de la guerra, qué hago yo aquí?

-Muchísimas. En Sudáfrica, en un cruce de tres caminos de cabras, cuando estás esperando seis horas para conectar un microbús con otro. Cometí la imprudencia de no decir a nadie dónde iba y eso no se debe hacer nunca. Hay momentos complicados en los que sientes que pasa algo. Esa sensación de que todo se paraliza alrededor y no oyes nada. Sientes que la sangre se te enfría. En Kosovo caminábamos por un campo a entrevistar a la gente expulsada de una aldea arrasada cuando llegamos a las ruinas de una iglesia y, sobre el altar, había un icono bellísimo. Vi que los hierbajos no estaban pisados y pensé que habría minas. Allí estuve a punto de perder la vida. La mayoría de las periodistas no hemos recibido formación.

-Aparte de los cañonazos, los morteros y los francotiradores, ¿una periodista tiene que lidiar con la posibilidad de agresiones sexuales?

-Sí, tienes esa posibilidad. Siempre debes decir dónde vas e ir en grupo. En una base americana de Afganistán, el oficial de Relaciones Públicas me recomendó que antes de ir a dormir fuera al baño y nunca de noche, porque es cuando más agresiones sexuales se producen. Y no solo a mujeres, sino entre hombres. Eso lo sabe el Pentágono y se conoce menos porque no les interesa. Si le preguntas a Mónica Bernabé, de 'El Mundo', y ahora directora de Internacional en Ara, te dirá que las mujeres somos más proclives al asalto sexual que los hombres. Es bueno tener tantas opiniones. En el libro hay 34. Ellas tenían ganas de hablar. No hay unanimidad en las respuesta y en eso está nuestra profesión.

Cambio de mentalidad

-Ha dicho que las balas no tienen género, pero ¿cómo se manifiestan los machismos contra la labor de una reportera?

-En las redacciones. Los editores prefieren enviar a un hombre en lugar de ver qué especialización tiene. Gema Parillada es una de las pocas periodistas en África y está de 'freelance', dado que ningún medio la quería enviar de corresponsal estable porque prefieren mandar a periodistas paracaidistas. Los editores tienen que cambiar de mantalidad. Rosa Meneses, de 'El Mundo', me decía que cuando llegaba un corresponsal aguerrido de guerra a la redacción le hacían la ola, pero cuando ella volvía de Siria o Libia no había ni un gesto de generosidad entre los compañeros. Al final te acostumbras. No espero el pasillo de aplausos pero tampoco ese machismo. Y paternalismo hay todo. Te dicen 'mejor no vayas que es peligroso' o 'el impacto que te va a causar es muy fuerte'. Deja que yo decida.

«El problema es de todos. Somos unos cínicos. Europa les da la espalda y se olvida de sus principios»

-¿El primer gesto machista se da en las redacciones?

-Sí, porque piensan que no vas a poder padecer ese estrés. Carmen Postigo me contó que en la Guerra del Golfo tuvo que dar un bofetón a un compañero porque perdió los nervios por los disparos. Lo puso en su sitio. Almudena Ariza iba con un cámara que se volvió a España porque no lo pudo soportar. Somos humanos y no todo el mundo vale para esto. Es muy duro. Vemos escenas dantescas. Hacer una foto de un niño ensangrentado me afecta y tengo que filtrarlo, porque no podemos consentir que el televidente se acostumbre a estas imágenes. Mejor es no abusar.

-¿Es partidaria de dosificar el mensaje y su impacto?

-Es que creas empatía con la imagen mientras estás comiendo. Y eso no puede ser. La guerra es muy desagradable, el olor a carne humana quemada, a pólvora, a los gases químicos de las bombas, a suciedad, a la sangre cuajada con moscas. Una guerra tiene olores, sonidos, llantos de niños, cristales rotos, escombros, gente deambulando. Tenemos que esta allí para contarlo.

«Somos humanos y no todo el mundo sirve para esto. Es muy duro. Vemos escenas dantestas»

-¿Cómo ha gestionado personalmente la reconciliación con el ser humano al volver del horror?

-Lo primero que sientes es indignación. Te da una rabia inmensa encontrarte con criminales, genocidas como Milosevic, pero tiene que haber de todo. Es imposible no involucrarte con la gente normal que de pronto se les viene una guerra encima y lo pierden todo, incluida su familia.

-¿En Europa hemos olvidado esto?

-Es una vergüenza lo que pasa en Europa. No podemos olvidar que en la Primera y Segunda Guerra Mundial fuimos el mayor productor y exportador de refugiados.

Nuestros principios

-¿Y ahora nos preguntamos por qué vienen otros?

-La gente se confunde. Para entender a esta gente no hace falta ir a ver la tragedia. ¿Es que los demás no leen, no ven las imágenes que las periodistas se dejan la piel para hablar de ellos? El problema de los refugiados es de todos. Somos unos cínicos. Europa le da la espalda y nos olvidamos de nuestros principios. Si escarbas en el árbol genealógico de los de la ultraderecha seguramente tendrán muchos refugiados entre sus familiares. Empatizas con la gente porque te podría pasar a ti. Cuando hablas con los militares y los que trabajan con ONG les pasa lo mismo. Necesitas al volver un periodo de descompresión. Te sobra todo, la casa, el móvil, el iPad. Te encuentras ajeno. Es difícil. En Washington tienen una unidad en un hospital, donde se hacen los chequeos los presidentes, que atiende a militares de Irak y Afganistán. Igual te encuentras un torso de persona sobre una camilla o excombatientes con piernas robotizadas, más solos que la una, con pocos recursos y te cuentan su estrés postraumático. Ves chicas con las piernas ametralladas. Ha sido como tener cosas en común, por eso me hice voluntaria.

«Tengo miedo de que perdamos el norte, el rigor, la exactitud, el contrastar los datos»

-¿Tenemos que hacer autocrítica las mujeres a la hora de dar el paso adelante?

-Yo no le echo la culpa a los chicos. A la guerra no puede ir cualquiera, pero eso no quiere decir que solo puedan los hombres. Quien esté capacitada no debe ser marginada. Las mujeres hemos dado un gran paso. Mis favoritas son Teresa de Escoriaza, que tenía que escribir con seudónimos, y Sofía Casanova, que entrevistó a Trotsky, cubrió la Primera Guerra Mundial y la revolución bolchevique, y Colombine. Han abierto camino en épocas más difíciles que las de ahora. Teresa de Escoriaza fue la primera corresponsal en el exterior, en Nueva York, y enseñaba idiomas porque no ganaba suficiente dinero. Fue la primera en utilizar la radio como medio de comunicación. En honor a ellas tenemos que seguir. ¿Cosas que hacemos mal? Pues una periodista que cubre un desastre natural, una catástrofe humanitaria o una guerra no puede salir en televisión perfectamente maquillada. Y puede ser objeto de críticas. Como los montajes profesionales de televisión, también los han hecho los hombres: 'Cuando yo entre en directo que empiece la ráfaga de ametralladoras', piden algunos. No solo hacen estupideces las mujeres. Y gente muy reputada.

Decisiones incorrectas

-¿Qué opina de la deriva de la información, de la ludificación de las noticias, la dependencia del poder?

-Es una evolución. Los docujuegos llegan a la universidad para explicar a los estudiantes. Son nuevas metodologías pero tengo miedo de que perdamos el norte, el rigor, la exactitud, el contrastar los datos. Y el periodismo bien hecho no se puede perder. De él va a beber la opinión pública y si lo basas en rumores perjudicas a todos. Mal documentados tomamos decisiones incorrectas.

-Nos llegan los efectos de decisiones de genocidas, pero ¿qué siente al mirar a la cara a una persona que ha generado tanto dolor?

-Colin Powell era un general de cuatro estrellas. No era fácil llegar a él. Cuando vi su imagen en el Consejo de Seguridad de ONU mostrando imágenes de armas químicas de Sadam Hussein me dio pena por él. Me fijé en sus gestos. Era un militar muy reputado y cumplió las órdenes de que tenía que mostrar al mundo imágenes de supuestas armas químicas de destrucción masiva. Me dio pena por él. Se le veía en la cara la mentira. Los políticos que mienten tienen que tener mucho estómago. La política está demasiado vinculada a la mentira. Esta gente utiliza la propaganda y la contrapropaganda y las 'fake news'. Nosotros tenemos que publicarlo todo para que la gente se entere de que es un corrupto o un genocida, pese a quien pese. Tengo una alumna venezolana que alucina porque allí nunca ha visto esas imágenes sobre Maduro que se ven aquí. Los periodistas tenemos que ser transparentes, no pasar por el tamiz.

«Los editores prefieren enviar a un hombre en lugar de ver qué especialización tiene»

- 'La verdad la inventamos los periodistas', decía Ángel Benito. ¿Si no te lo cuentan no existe?

-Decía Esquilo, en el año 525 antes de Cristo, que la primera víctima de la guerra es la verdad, pero la frase fue atribuida a Hiram Johnson en 1917. Y Churchill dijo en la Segunda Guerra Mundial que la verdad debe ser protegida por un guardaespaldas de las mentiras. La mayoría de las periodistas no creen en la objetividad, pero nos pagan para contar lo más próximo a la verdad, también por nuestro propio prurito. Aproximarnos a ella, porque las manifestaciones son constantes.

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