Manuel Cruz: «Es llamativa en este país esa resistencia a sentirnos orgullosos de lo bien hecho»

Manuel Cruz. / daniel mora
Manuel Cruz. / daniel mora

«Una de las cosas peores que están pasando es la contaminación del victimismo», señala el filósofo y presidente del Senado, que clausuró el ciclo 'Cartagena piensa'

Antonio Arco
ANTONIO ARCO

Hay una reflexión de Shakespeare sobre el tiempo que le gusta especialmente a Manuel Cruz (Barcelona, 1951), filósofo y presidente del Senado: «El tiempo es muy lento para los que esperan, muy rápido para los que temen, muy largo para los que sufren, muy corto para los que gozan; pero para quienes aman, el tiempo es eternidad». Tiempo que él cree mejor aprovechado cuando se escucha, se dialoga, se intenta comprender al otro. «En nuestra sociedad», indica, «puede haber un reproche moral, que me parece perfecto, ¡perfecto!, a los corruptos; pero, y voy a ser suave, hay mucho menos reproche moral a los corruptores, mucho menos». «Es más», añade, «creo que es frecuente encontrarse con personas que dicen [admirados] cosas como: 'Oye, Cosme es un espabilado, ¡eh!, ha pegado un pelotazo y ahora está montado en el dólar». Por tanto, «los estándares morales en nuestra sociedad, también como ciudadanos deberíamos reconsiderarlos». El autor de obras como 'Amo, luego existo' (Premio Espasa de Ensayo 2010) y 'Adiós, historia adiós', Premio Jovellanos de Ensayo 2012, cerró el miércoles, en el salón de actos del Museo-Teatro Romano de Cartagena, una nueva edición del reputado ciclo 'Cartagena piensa'. Y lo hizo intentando responder durante su intervención, abierta a las preguntas del público y tras la cual conversó con 'La Verdad' paseando en mitad de la noche, a esta pregunta: '¿De qué hablamos cuando hablamos de regeneración democrática?'.

Regeneración democrática en un país en el que -fíjese en lo que dice, a ver si tiene o no razón- suceden cosas así cuando nos referimos a los ciudadanos: «Si uno hace una encuesta y pregunta, ¿a usted qué le parece mejor, los partidos monolíticos, donde van todos a una siguiendo las consignas de la dirección, etcétera, o los partidos plurales, que tienen un debate interno, etcétera? Yo creo que saldría, abrumadoramente, la segunda opción; bien, perfecto. ¿Pero qué es lo que constatamos una y otra vez? Que aquellos partidos que públicamente han tenido discusiones, son penalizados por la ciudadanía. Es decir, que la misma ciudadanía que había dicho que le parecía muy bien que se pelearan, luego no quiere votar a partidos que se pelean». Cierto.

«Más allá de las cosas que objetivamente están mal y que tienen que corregir», apunta Cruz, «me parece que también es cierto que, por razones diversas, la imagen que en muchas ocasiones se le ha transmitido a la ciudadanía de en qué consiste la vida pública no es justa, no es correcta». Y así, este filósofo que afirma estar en la política de paso, ser, «como decía Ortega, un transeúnte de la política» que entró en ella «en la edad en la que cualquier ciudadano se jubila», asegura tener «la sensación de que, en muchas ocasiones, [los políticos] son utilizados por sectores de la ciudadanía como chivos expiatorios que liberan, que alivian, de lo que deberíamos hacer como ciudadanos: una genuina autocrítica».

«Tengo la sensación de que, en muchas ocasiones, [los políticos] son utilizados por sectores de la ciudadanía como chivos expiatorios»

«En cierta ocasión», recuerda, «me invitaron a dar una charla, organizada por un sindicato de profesores, en Barcelona». Surgió entonces «como monotema» la crítica «a los privilegios de los políticos, a lo bien que viven y bla, bla, bla. Y cuando yo intenté desactivar algunas de estas cosas, el argumento entonces fue el del 'pobrismo', el de 'es que hay gente que lo pasa muy mal, que está ganando menos de tal...'. Sí, pero tú cuando te jubiles [le dijo a uno de los profesores], vas a tener una jubilación de cerca de los dos mil euros. ¿Eso no es un escándalo respecto a un joven que acaba de terminar su carrera, que tiene todos los másteres de este mundo y que le están ofreciendo unos trabajos precarios? ¿Eso no es un escándalo? Digo yo, aplicando esa lógica [del 'pobrismo' utilizado de modo demagógico]».

«En estos momentos, la locomotora del capitalismo es un país que no tiene ningún interés por la democracia: China»

Se pregunta el autor de 'Pensar es conversar, en diálogo con Emilio Lledó': «¿Por qué no somos capaces de dejar de jugar a ese juego tranquilizador, reconfortante, de señalar unos malos perfectos que nos alivian a nosotros de toda la culpa? Y por supuesto que lo que esos malos perfectos hayan hecho mal, obviamente debe ser censurado».

Trampas

Ahí va una aseveración: «Una de las cosas peores que están pasando en el imaginario colectivo de nuestra sociedad actual es la contaminación del victimismo. Todos somos víctimas y hemos de encontrar unos cuantos culpables». Cuidado, porque yendo por ese camino «nos estaremos haciendo trampas al solitario; estaremos montando un guión con un final feliz en el que siempre somos nosotros los protagonistas buenos».

«Creo que tan importante como resolver los asuntos que tenemos pendientes, es ser capaces de fundar nuestras propias ilusiones»

Toca plantear un reto: «Me parece que algo necesario de la política es conseguir transmitir a la ciudadanía que, efectivamente, los instrumentos de la política son instrumentos que cambian la vida de los ciudadanos. Y creo que deberíamos ir en esa dirección. Cometemos un error cuando nos pasamos de frenada en la crítica, y pasamos de la crítica a los políticos a la crítica a la política en general; y [eso] no nos conviene, sobre todo a los sectores en riesgo de ser excluidos».

Como prácticamente todos vivimos en pueblos o ciudades, lo que sigue nos afecta directamente: «La política municipal es muy importante, porque los gobiernos municipales pueden ser formidables mecanismos de redistribución, y, además, con una cierta inmediatez que permita ver los efectos ya». Propone Cruz: « Hay que ser muy militante de la política».

«Es mucho más fácil, es mucho más cómodo... decir 'es que Bolsonaro, Salvini, tal, tal, tal, son gente despreciable'; bien, no lo voy a discutir, pero eso es jugar a cargarnos de razón»

Al filósofo y ahora presidente del Senado, se le planteó una pregunta sobre la necesidad de una nueva Constitución basada en un modelo federal. Uuuuuyyyyy. «Si digo lo que pienso, me busco la ruina», dijo veloz, sincero. Y lo que dijo fue esto: «Hay gente a la que yo respeto mucho, constitucionalistas muy respetables, que dicen que nuestra Constitución es técnicamente muy buena, y eso no excluye que, probablemente, necesite reformas. Ahora, mi pregunta es: ¿necesita reformas por el hecho de que ya haya mucha gente que no la votó? No estoy seguro de que esa deba ser la razón».

«La razón por la que habría que modificar la Constitución», continúa, «sería porque, efectivamente, se hayan producido una serie de transformaciones desde el momento en el que se votó, y se necesite adecuarla. Por ejemplo: formar parte de Europa, la relación concreta de comunidades autónomas que constituyen el Estado, una referencia a la igualdad de género, etcétera, etcéterata, etcétera». Ahora bien, «que eso implique una revisión de arriba abajo, bueno, ahí hay una discusión en gran medida técnica».

«La política municipal es muy importante, porque los gobiernos municipales pueden ser formidables mecanismos de redistribución»

Con respecto a fenómenos como el éxito de políticos, y de sus proclamas, como «Bolsonaro, Salvini, quien sea...», no debemos olvidarnos, explica Cruz, de que mucha gente que, «por así decirlo, tenía la sensación de que nadie atendía a lo que vivía como problemas, de pronto puede encontrarse con fuerzas políticas que digan: 'Yo entiendo tu problema'. Creo que esto es lo importante, el mecanismo previo. Las preguntas que quizá nos deberíamos hacer es: ¿Hemos desatendido a ciudadanos que vivían de una determinada manera problemática su realidad?, ¿no deberíamos haber tenido otra actitud? Algo así como: vamos a escucharles». Y pone este ejemplo: «Cuando un ciudadano dice 'estoy preocupado porque tengo unos vecinos que tal y tal, lo que hace un buen alcalde es atenderle, intentar buscar una solución, intentar hablar con el vecino 'no nacional' que está provocando problemas, ofrecerle alternativas, hacer algo; y no decirle '¡eres un racista!'. Tenemos que pensar sobre esto por la cuenta que nos trae». Más: «Es mucho más fácil, es mucho más cómodo... decir 'es que Bolsonaro, Salvini, tal, tal, tal, son gente despreciable'; bien, no lo voy a discutir, pero eso es jugar a cargarnos de razón, cuando creo yo que lo que deberíamos plantearnos es algo más útil, ¿nos habremos equivocado en algo?».

Responder

Plantea Cruz saber «responder a una preocupación de los ciudadanos, y no estoy hablando de alguien que pueda ser directamente xenófobo o racista, sino de alguien que lo plantee así: 'Oye, es que me preocupa qué puede pasar con los servicios sociales'. Hablemos, hablemos, démosle respuestas». «Si no estamos dispuestos a hacer autocrítica, no vamos a ir a ningún sitio, solo perseveraremos en los errores», advierte Cruz, quien acabó su intervención lanzado otra pregunta: «¿Ha devenido incompatible la democracia con el capitalismo?». Por cierto, precisa, «eso que estamos llamando el capitalismo no es una superestructura que podamos sortear, con la que podamos trampear, no, no; nosotros somos los efectos permanentes del capitalismo».

-El filósofo murciano Antonio Campillo se hace también la siguiente pregunta: '¿Qué preferimos, el final del capitalismo o de la Humanidad?'. ¿Es para tanto?

-Hay indicadores que son muy inquietantes. Ha habido un discurso, en cierto modo optimista, tal vez también autocomplaciente, que daba por descontado que un cierto esquema liberal [plantear como indisociable un modo de producción capitalista y la democracia liberal] era algo, primero, incontestable; y, segundo, precisamente la garantía de que las cosas funcionaran. Me parece que esa era una consideración excesivamente optimista, y lo que estamos viendo en este momento es no solo un endurecimiento extraordinario en las condiciones de vida, sino también el retroceso de la democracia en todo el mundo. No olvidemos que el Estado del bienestar, tal y como nosotros lo concebimos, existe solo en un oasis que se llama Europa, no existe en ningún sitio más. Por otra parte, no perdamos de vista que, en este momento, el esquema liberal más tópico -no hay capitalismo sin democracia, y democracia sin capitalismo- ha saltado por los aires. En estos momentos, la locomotora del capitalismo es un país que no tiene ningún interés por la democracia: China. Eso es una realidad, y a partir de ahí hemos de empezar la reflexión.

-¿Cuánto le duele hoy España?

-Es cierto que en este país, España, la autoconciencia que tenemos de pertenecer a él ha sido, no de ahora, sino desde hace mucho, una autoconciencia problemática y complicada. Es decir, da la sensación de que hemos tenido, históricamente, enormes dificultades para articular la diversidad, la pluralidad, la complejidad. Y, en determinados momentos, esas dificultades se han convertido en problemas y, a veces, en dramas. Esta dificultad es, de alguna manera, una fuente de conflicto nunca del todo resuelto. Hemos pasado por momentos históricos en los que eso parecía de alguna forma atenuado, y éramos capaces de sobrellevarnos, de la famosa 'conllevancia' orteguiana, aunque sin ser capaces de dar una respuesta plenamente satisfactoria.

Pecados capitales

-¿Por qué esta tendencia tan nuestra a flagelarnos, a considerar que todos lo hacemos mal, o al menos peor de lo que en realidad lo hacemos? Mire Francia, por ejemplo, campeando allí a sus anchas Marine Le Pen.

-Había una serie de libros, que publicó hace muchos años Fernando Díaz-Plaja, que trataban sobre el español y los siete pecados capitales. Es una cuestión sobre la que deberíamos pensar. Está claro que en nuestra idiosincracia o en nuestro imaginario colectivo han influido sin duda muchas cosas, algunas de largo recorrido; por ejemplo, el ser un país que no hizo la Reforma, sino la Contrarreforma, es un lastre que nos ha condicionado culturalmente en muchas cosas. Pero la realidad es que este es un país que, en muchos aspectos, podría tener una especie de legítimo orgullo por muchas cosas; sí, es llamativa en este país esa especie de resistencia a sentirnos orgullosos de lo que hemos hecho bien. Si durante una etapa cuaja algo que podríamos considerar realmente como un mérito, luego siempre viene alguien a decir 'no, no, eso fue un desastre'. El caso más fácil de poner es el de Transición; nos estaba diciendo todo el mundo que había sido magnífica, y parecía como si eso nos incomodara.

-Decía [el miércoles] la actriz y cantante Ana Belén que no debemos olvidarnos de algo tan importante como recuperar a los muertos de las cunetas, ¿está de acuerdo?

-Sí, pero también le diré que creo que tan importante como resolver los asuntos que tenemos pendientes, es ser capaces de fundar nuestras propias ilusiones.