Belén Gopegui: «Me inquieta la crisis de la salud mental de millones de personas»

Belén Gopegui, ayer en Cartagena. / josé maría rodríguez / agm
Belén Gopegui, ayer en Cartagena. / josé maría rodríguez / agm

La autora de 'Quédate este día y esta noche conmigo' participa en el ciclo 'Cartagena piensa'

Antonio Arco
ANTONIO ARCO

Si alguien ha llegado vivo o muerto a las Grandes Praderas que tire la primera piedra. Y a los que no, ánimo. Lo escribió Leopoldo María Panero y a Belén Gopegui (Madrid, 1963), le encanta: «Sitting Bull ha muerto: no hay tambores que anuncien su llegada a las Grandes Praderas. Deseo de ser piel roja». Deseos, al fin y al cabo. Incluyó la escritora estas palabras del poeta en su novela 'Deseo de ser punk' (Anagrama, 2009), con la que fue candidata al singular Premio Mandarache 2011 que se falla anualmente en Cartagena. Ayer, Gopegui, también guionista de cine y cuya nueva novela se titula 'Quédate este día y esta noche conmigo' (Literatura Rondon House) regresó a esta ciudad para participar en el ciclo 'Cartagena piensa'. La escritora es una furia en calma, o una calma hirviendo. Así se lamenta: «Podemos aniquilar el planeta y no estamos lejos de hacerlo».

-¿Cómo está de conforme con el presente?

-Muy poco, por tanto sufrimiento evitable, por tanto talento desperdiciado y por todo lo que podría ser y no es.

«Por cada tres mujeres que logran expresarse con libertad en las redes, hay treinta energúmenos atacándolas»

-De cuanto observa, ¿qué le inquieta especialmente?

-Las tres aporías de que habló el crítico cultural Mark Fisher. Una, el hecho de vivir en un mundo donde el cambio climático o la destrucción del entorno no son un problema sino que son el producto necesario de la forma de vida que padecemos. Dos, la naturalización de aquella supuesta burocracia soviética presente hoy como forma obligada de relación con las empresas de las que dependen toda suerte de suministros, internet, agua, luz, salud, educación, sueldos, dinero; un tipo de burocracia que, como esos 'bots' de voz que responden al teléfono, es autoritaria, no escucha, no reconoce la dignidad personal ni las excepciones que continuamente prueban que las reglas son falsas. Y tres, la aporía de la crisis de la salud mental de millones de personas que, una vez más, no obedece a un fallo del sistema sino que es una consecuencia lógica de su funcionamiento.

-¿Por qué este nerviosismo generalizado, por qué esta crispación?

-Porque la desigualdad impide a todas las personas, y no solo a las más perjudicadas por ella, llevar una vida buena. En una sociedad desigual la violencia del débil se desplaza hacia el más débil, y los privilegios degradan tanto a quienes los disfrutan como a quienes padecen los privilegios ajenos. Y, como dice un buen amigo, la igualdad nada tiene que ver con el homogeneísmo.

-¿Qué es lo más urgente?

-Parece haber de fondo una falta de confianza en las posibilidades de llevar a cabo transformaciones reales. Es decir, se piensa que tal vez algunos pequeños parches puedan hacerse pero, de algún modo, se asume que una transformación mayor, y necesaria, generaría violencia, chantaje de los más fuertes. Por lo tanto, parece necesario ir creando contrapoderes, distintos y distribuidos, que pueda eliminar o al menos rebajar la causa, hoy real, de ese miedo.

«Estamos a tiempo de organizar redes distribuidas, de ejercer el justo rencor y la justa gratitud, de no dar todo por perdido aunque lo esté»

-¿Qué le pasa a este país?

-Es un país capitalista con pocos recursos materiales, en un momento en que ya no puede aprovecharse tan fácilmente de los recursos ajenos, y sumido en el mismo horizonte de agotamiento que aqueja al resto. Pero tanto aquí como en otros lugares habitan millones de personas con la capacidad ordinaria y excepcional, sagrada en el sentido más carnal de la palabra, de vivir en común sin aplastar a nadie, inventándolo todo otra vez.

-¿De qué estamos a tiempo?

-De organizar redes distribuidas, de ejercer el justo rencor y la justa gratitud, de no dar todo por perdido aunque esté perdido, y quizá de recordar aquella canción de Leonard Cohen: 'Gracias por la tristeza que quitaste de su mirada, pensaba que estaba ahí para siempre y por eso no lo intenté'.

-¿Pensamos poco, pensamos mal?

-La inteligencia carece hoy de valor, no es rápida como el ingenio, y aunque pueda ser eléctrica y desesperada, requiere un tiempo y una determinación que, casi siempre, vendimos.

-¿Cómo evitar el auge de lo visceral frente a lo racional?

-Para empezar, habría que procurar no promocionar lo visceral en toda suerte de productos culturales, y después dejar claro que los visceral es bien distinto de un irracionalismo defensivo, de cierta locura necesaria como riesgo, como heurística, como error o diferencia con el resultado esperado. Esa locura puede ayudar, lo visceral no suele hacerlo.

-¿Qué hacemos con nuestros cansancios, con nuestras tristezas?

-Tratar de que no se vuelvan contra los más débiles, sino contra los más fuertes que abusan de serlo.

-¿Cuál sería el siguiente paso a seguir por parte del movimiento feminista?

- Queda tanto por hacer. Por cada tres mujeres que logran expresarse con libertad en las redes, hay treinta energúmenos atacándolas, y puede que sean coletazos del animal herido, pero preferiríamos vivir sin amenazas. Siempre recuerdo al Colectivo del Río Combahee cuando decía que la liberación de las mujeres debe estar basada no en las necesidades de las menos oprimidas sino de las que están más oprimidas, y explotadas, puesto que ese es el verdadero núcleo de la solidaridad.

Visceral

-¿De qué nos salva la literatura?

-Ojalá que de nada, la idea de salvarse presupone que hay quien no lo hace, ya sea por frases del tipo 'sálvese quien pueda', ya por las connotaciones religiosas de salvación y condena. Mejor condenadas y juntas y sin miedo que en esa salvación individual, consumista, desnortada, que propone la narración dominante.

-¿Qué satisfacciones le ha dado su novela 'Quédate este día y esta noche conmigo'?

-La de unir a personas a quienes les importa la ciencia y sus consecuencias en la vida diaria y que no ven la literatura como un territorio aparte y limitado a emociones y cuerpos que no piensan; la de añadir al mundo de los personajes a Olga, un personaje femenino que no se define por su relación subordinada a un hombre; y la de ensayar e imaginar formas de esperar en común lo inesperado. Por otro lado, tengo la impresión que la novela es o puede ser un lugar donde las palabras arraigan.