Gonzalo Sobejano, murciano universal

No entendía que la literatura fuera algo distinto a la vida

Miguel Delibes y Gonzalo Sobejano, en los 60. /Fundación Delibes
Miguel Delibes y Gonzalo Sobejano, en los 60. / Fundación Delibes
JOSÉ MARÍA POZUELO YVANCOS | CATEDRÁTICO DE LA UMUMurcia

Pocos hombres ilustres han sabido ser tan murcianos como Gonzalo Sobejano, y pocos murcianos han logrado ser tan universalmente conocidos y respetados como él. Cuando hace once años, con motivo de cumplir los ochenta, el Instituto Cervantes de Nueva York y la Universidad de Columbia le hicieron un acto de homenaje, quisieron distinguirme al encargar que fuera yo quien hiciese su laudatio, junto a Cristopher Maurer, su discípulo americano más cercano, editor del epistolario completo de García Lorca, y catedrático en Boston. No quiero pensar que fuese únicamente por eso, pero tampoco quiero dejar de decir que quizá Gonzalo había querido que fuese un catedrático y crítico literario murciano quien hablase de él y de su obra crítica, para que Murcia también estuviera en ese momento final de su dilatada carrera universitaria. Siempre llevó Gonzalo a Murcia en su corazón. Estaba muy orgulloso de que su ciudad hubiese distinguido a su abuelo, el pintor Jose María Sobejano, con una calle principal, que acompañé yo mismo a que visitara en una de sus estancias en Murcia, que fueron muchas, entre ellas a recoger la distinción de Doctor Honoris Causa por la Universidad de Murcia, en la que había estudiado su Licenciatura en Filología Románica, donde su padre, don Andrés Sobejano, ejerció de profesor. Estudió Gonzalo en la UMU tras haber cursado Bachillerato en el Alfonso X el Sabio, único instituto masculino de la época. Discípulo primeramente de Baquero Goyanes, marchó a hacer su Doctorado a la Universidad central en Madrid, bajo la dirección allí de Dámaso Alonso, tesis que publico en 1956 con el título de 'El epíteto en la poesía española'.

Sobejano había hecho una distinción entre el exiliado como Ayala, y aquellos, como era su caso, obligados a emigrar de la España cerrada de la posguerra, lo que llevó a Gonzalo a Heidelberg, Maguncia, Colonia y finalmente a Nueva York, donde su amigo Francisco Ayala ejercía también de profesor, tras haber pasado primero por Argentina y luego por Puerto Rico. Fue mucho lo que Sobejano dijo cuando en un acto en Granada en que me encontraba yo presente, homenajeando a Francisco Ayala, les oí rememorar vivencias comunes, familiares, que hicieron por un momento temblar su voz, como ocurre cuando un profesor tiene la obligación de sobreponerse a la emoción que sus palabras a la vez reflejan y reprimen. Latía en el fondo de esas palabras la imagen perdida del ángel y de la inocencia de dos mujeres próximas, la hermana y la mujer de Sobejano, Helga, a quien Ayala tenía en gran estima. Todo este sucederse de vivencias, que lo son de españoles transterrados, que compartieron lengua y afectos en el Nueva York de los años sesenta, fueron dando relieve al rasgo de Ayala que Sobejano había destacado ya en 1963 cuando le tocó presentar al escritor conferenciante en la prestigiosa universidad de Columbia: la lucidez. Advirtió el hispanista murciano que esa propiedad, la de mirar el alma humana y todo lo que le rodea con una soberbia capacidad de indagación era un rasgo que desde Díez-Canedo en 1927, hasta los más recientes críticos habían valorado siempre como el más definitorio de Ayala. Pero también era rasgo de Gonzalo, que supo ser amigo de sus amigos siempre. Recuerdo que por muy ocupado que estuviera siempre acudió a requisitorias mías o del profesor Díez de Revenga, para volver a Murcia, territorio de afecto que llenaba de luminosidad sus ojos, como la luz que su abuelo supo plasmar en sus cuadros.

Era Gonzalo de elegante desaliño indumentario. Recordaba en eso a don Antonio Machado, y en la ceniza del cigarrillo que le caía sobre el traje con corbata medio desanudada, Porque era fumador hasta le final. Recuerdo que en el segundo seminario que impartí en la Universidad de Columbia invitado por él, le costaba encontrar un restaurante donde le permitieran fumar. Acabamos recalando en un vasco de la Primera Avenida. La Catedra Miguel Delibes acaba de publicar parte el epistolario del escritor con su gran amigo Sobejano, que fue quien enseñó a Delibes Nueva York, pero acompañados con sus respetivas esposas. Son emocionantes las cartas que uno y otro se mandaron con motivo de haber enviudado, tragedia que compartieron prematuramente, como su secreta entonces melancolía por una España sin libertades. Una de las cosas que más distinguió la labor crítica de Sobejano era que le gustaba estar con escritores, él mismo era poeta, y no entendía que la literatura fuera algo distinto a la vida, pero dándola en esa su reservada armonía del alma. Modernizó con su libro 'Nietzsche en España' la mirada sobre al generación del 98, a la que supo rescatar de una visión castiza situándola como movimiento europeo de raíces intelectuales alemanas. A él se debe la mejor edición crítica de 'La Regenta' de Clarín, que fue la única que logró competir en calidad con la de Baquero Goyanes, ambos además, maestro y discípulo, degustadores y estudiosos de los cuentos del ovetense, cervantistas ambos asimismo. La Universidad de Murcia fue situada muy alto en el hispanismo universal como origen que fue de sus estudios y vocación, ejercida luego en Francia, Alemania y las mejores universidades de Estados Unidos. Hace meses recibí su última carta, escrita a mano con letra clara y limpia como su alma. Enfermo como estaba todavía me deslizaba una ironía sobre un sobrevalorado, y cuando leía yo esa confidencia, me imaginaba sus ojos vivarachos contiguos a una inteligencia superior, que le permitió y obligó a ser un hombre bueno. Descanse en paz.

Más información

Temas

Libro