¡Cuéntala, Carmina!

JOSÉ LUIS VALDÉS BELMAR

Ella hubiera preferido encargarse de la información cultural, los viajes, la gastronomía... incluso de la crónica social o los deportes, pero el director del periódico, zorro viejo y gruñón, le había encomendado la información política. «Hazme caso -le dijo-; las mujeres tenéis un sexto sentido y un coraje que os hace especialmente dotadas para manejaros por ese mundillo de ambiciones, mentiras y deslealtades».

Fue, sin duda, un argumento profundamente machista, basado en un tópico recurrente, aunque quizás en su caso no anduviese del todo desencaminado, recordaba esbozando una sonrisa mientras escuchaba a aquel engolado portavoz del gobierno regional repitiendo su letanía semanal. Hacía menos de diez días que había tratado de engatusarla:

-Carmina, no nos tratas muy bien últimamente. No sé qué tienes contra mi partido...

-No tengo nada contra nadie; simplemente intento hacer bien mi trabajo.

-Te comprendo, mujer, que yo también soy periodista. No te pongas a la defensiva conmigo, que no te hablo como político sino como colega. Eres muy joven y creo que te equivocas de bando.

-El que se equivoca eres tú; yo no estoy en ningún bando.

-Pues quizás deberías estarlo porque vienen tiempos duros para la profesión. Ya sabes que están cerrando algunas empresas, otras hacen reducciones de plantilla... Es mal momento para navegar sola y con nuestro apoyo podrías llegar muy lejos. Fíjate en mí: ¡Consejero y portavoz del gobierno! ¿Quedamos para tomar una copa y lo hablamos con más tranquilidad?

-Gracias, pero yo no quiero llegar lejos a cualquier precio. Si el viaje es incómodo, cuanto más corto sea, mejor.

De nada le habían servido a aquel fatuo tenorio sus artimañas para intentar domesticarla. Ese tipo, que sin rubor se le presentaba como «compañero», era incapaz de comprender que el ejercicio del gobierno suponía un inevitable desgaste para su partido. En su delirio no aceptaba las críticas que iba acaparando y las achacaba a infames contubernios de imaginarios enemigos que combatía con ahínco, como un infatigable quijote a jornada completa contra inexistentes molinos de viento; como un frenético espadachín en duelo permanente contra las escurridizas sombras de su enfermiza imaginación.

Conteniendo su irritación por el desaire de la joven, decidió cambiar de táctica. Se le antojó un buen momento para descartar la desdeñada zanahoria y mostrarle solo el palo desnudo y amenazador. A fin de cuentas todos guardamos algún muerto debajo de la cama, algún secreto inconfesable. O al menos eso creía él. Lo de menos es descubrirlo; basta que el oponente crea que conoces su secreto para que la amenaza surta su efecto.

-Pues deberías agradecerme que yo sea más considerado -insinuó recurriendo al frío protocolo del chantajista-, porque a lo mejor un día tengo que contar algunas confidencias que me han llegado sobre ti. Sería interesante que explicaras cómo entraste a trabajar en el periódico y otras cositas...

-Perdona, «compañero», pero no puedo dedicarte más tiempo; tengo mucho trabajo...

«¿Compañero? -se preguntó Carmina-. ¿Cuánto hace que no te pones tú delante de una hoja de papel en blanco? ¿Acaso recuerdas la agobiante (también adictiva) responsabilidad de tener que escribir todos los días unas líneas que merezcan la atención de los lectores? Y, aunque a ti te parezca insignificante y te atrevas a despreciarla, ¿acaso sabes lo que vale mi firma para ellos? ¿Insinúas que el éxito profesional de una mujer se debe indudablemente a que se acuesta con alguien? ¿Crees, pobre cretino, que puedes comprarme, que todos estamos en venta? ¿No serás tú el que realmente se vendió un lejano día? ¿Te ha merecido la pena?»

Se contuvo. Aunque ya la habían prevenido en la facultad -Ética y Deontología Profesional fue una de sus asignaturas preferidas-, cuesta trabajo digerir estas cosas cuando llega el momento, pero, a pesar de que ya habían pasado algunos años, ella seguía conservando la misma ilusión que tenía cuando empezó la carrera y no estaba dispuesta a dejar apagarse esa llama que con tanto mimo reavivaba cada día.

La gota que había colmado el vaso era el último artículo de Carmina denunciando un turbio asunto de corrupción. Había escocido bastante hasta el punto de que el director la reclamó en su despacho esa misma mañana.

-Carmina -le anunció con semblante serio-, me ha llamado el consejero portavoz bastante enfadado con el periódico. Bueno, ya le conocemos todos; nunca ha sido la alegría de la huerta precisamente, pero desde que se dedica a la política está cabreado con el mundo. Tu último artículo le ha sacado de sus casillas. El presidente le ha encargado que controle la situación porque está provocando mucho revuelo y él está desquiciado. ¡Me ha pedido tu cabeza o nos exponemos a que nos retire la publicidad institucional!

Carmina podía adivinar la conversación aunque no hubiera estado presente. Tenía la intuición de que su director, un buen hombre curtido en mil batallas, quería ahorrarle los detalles más nauseabundos. «Menos mal que no trabajo en otros países -se dijo-, donde la cabeza del periodista peligra de verdad, de forma literal. ¡Cómo será ejercer el periodismo en México, Colombia, Afganistán...!»

Por un momento se preguntó cuál sería el método preferido del consejero para cercenarle el cuello. ¿La cimitarra, más clásica? ¿El hacha, bastante tosca pero siempre efectiva? ¿La refinada guillotina? ¿O quizás la moderna y funcional sierra eléctrica? Entonces recordó la siniestra historia del infortunado Jamal Khashoggi, descuartizado en un consulado saudí, y se le quitaron las ganas de seguir rebuscando una irónica respuesta.

-Lo siento. No quisiera que la empresa tuviera problemas por mi culpa.

-Tú solo céntrate en seguir investigando el asunto, que me da el olfato de viejo periodista que esto solo es la punta del iceberg. Pero anda con cuidado. Ya sabes: contrasta las fuentes, comprueba todos los datos con discreción y sigue recabando todas las pruebas que puedas. Si tienes una historia interesante que contar, ¡cuéntala, Carmina! ¡Para eso eres periodista! Y el problema del portavoz déjamelo a mí, no te preocupes por eso. Le recomendaré un buen laxante. Venga, alegra esa cara, que aquí, como los toreros, en esta profesión todos vamos teniendo ya nuestras cicatrices.

Y allí estaba ella, cubriendo aquella insípida conferencia de prensa convocada con urgencia por ese portavoz del gobierno para intentar en vano desmontar un escándalo que ya empezaba a desbordarle. Era una rígida intervención donde el guion no dejaba resquicio alguno para la improvisación, leída con el mismo soniquete de siempre, monótono, aburrido y narcotizante; las mismas palabras hueras de tantas veces repetidas, que resonaban en la sala con el eco patético y lastimoso que solo tienen las cosas vacías:

«Por supuesto que la información publicada esta mañana en ese medio, que no quiero citar por su nombre para no hacerle publicidad gratuita, es una burda patraña que responde a oscuros intereses de la oposición. Para tranquilidad de la ciudadanía, quiero manifestar ante ustedes que desde esta sagrada institución seguimos trabajando incansablemente para los ciudadanos y ciudadanas de esta región, y otrosí digo que en este partido que tengo el honor de representar no hay nadie corrupto, ni lo ha habido ni jamás lo habrá.

Confiamos en la justicia, a la que exigimos que actúe con la máxima celeridad. Y este gobierno, y yo mismo, proclamamos pública y solemnemente, como no podía ser de otra manera -le encantaba enfatizar adornándose con esta estúpida coletilla-, que, a pesar de ser víctimas indefensas de una cruel campaña mediática para desacreditarnos, seguimos creyendo en la libertad de prensa y defendemos infatigables el derecho sagrado e inalienable de los ciudadanos a la información».

Carmina y algunos otros periodistas levantaron la mano.

-Lo siento; esta es una rueda de prensa sin preguntas -se despachó el orondo portavoz sin descomponer la figura.

Y se fue tan pancho creyendo que así zanjaba el tema. Pero Carmina tenía una buena historia. Y estaba dispuesta a contarla.

Nota del autor
Este es un relato de ficción. Cualquier parecido con la realidad es mera reincidencia.