Juan Antonio Molina: «En vez de dar gato por liebre, siempre he dado liebre por gato»

Juan Antonio Molina, en la plaza murciana de Santa Isabel, que él remodeló en su día y de cuyo resultado está muy satisfecho. / enrique martínez bueso
Juan Antonio Molina, en la plaza murciana de Santa Isabel, que él remodeló en su día y de cuyo resultado está muy satisfecho. / enrique martínez bueso

El arquitecto, que jamás se ha diseñado su propia casa, recibirá un homenaje de sus compañeros

Antonio Arco
ANTONIO ARCO

«En vez de dar gato por liebre, siempre he dado liebre por gato», dice Juan Antonio Molina (Murcia, 1944), excelente arquitecto que jamás se ha diseñado su propia casa. En los pocos metros cuadrados de su sencillo apartamento se ha creado un mundo en el que se siente protegido y disfruta, entre el placer y el vértigo, de su tiempo. Allí se siente más a gusto, incluso, que si estuviera alojado en el balneario de Vals, diseñado en los Alpes suizos por Peter Zumthor. Molina, respetado arquitecto de edificios públicos como el Archivo General de la Región de Murcia, los centros de artesanía de Murcia y Lorca, o la estación de bombeo de aguas residuales (Murcia), así como de eficaces remodelaciones como las llevadas a cabo en el Palacio Consistorial de Cartagena, la Catedral de Murcia y la plaza de Santa Isabel -también en Murcia-, recibirá esta semana el homenaje de sus compañeros, a través del Colegio Oficial de Arquitectos de la Región de Murcia, en forma de exposición y de libro monográfico. 'Escenarios' se titula tanto la exposición, que se inaugurará este martes -19.30 horas- en la sede del Coamu, como el libro, diseñado por Pedro Noguera Sánchez y María Luisa Reigal García. El comisariado de la muestra y la dirección de la publicación han corrido a cargo del también arquitecto Juan Pedro Sanz Alarcón. En el homenaje colaboran la Dirección General de Bienes Culturales (Consejería de Cultura y Turismo) y el Departamento de Arquitectura y Tecnología de la Edificación de la Universidad Politécnica de Cartagena (UPCT).

Es mediodía. Plaza de Belluga. Juan Antonio Molina devora unas almendras. Bebe cerveza. Luce amplísima sonrisa. «Mis amigos de verdad siempre me han dicho que me quiero poco. Y el caso es que yo me gusto como soy, pero me vendo mal a mí mismo porque creo que no debo venderme. Me gusta más quedarme quieto», reconoce Molina, que lleva años jubilado -«aunque muy conectado con la arquitectura, entre otras cosas a través de las conversaciones con jóvenes colegas que me piden opinión»-, y que ha aprendido a convivir en paz y armonía con su soledad: «Mi soledad es buscada; podría haber estado acompañado todo este tiempo, pero es tan difícil encontrar a alguien a quien le gusten tantos 'venenos' como a mí me gustan: la lectura, la música, el cine...; mi soledad tiene muchas ventajas». Hay algo que le agrada especialmente: «Hay mucha gente que recibe con alegría una llamada mía de teléfono. Y saberlo me consuela».

TOME NOTA

Exposición
'Escenarios', de Juan Antonio Molina. Colegio Oficial de Arquitectos de la Región de Murcia. Inauguración: Martes, 28 de mayo, a las 19.30 horas.

Está feliz. Vive con la suficiente paz, y tan solo le asusta «pensar en el momento en que la naturaleza no me acompañe y empiece a no poder valerme por mí mismo. Intento no obsesionarme, ya improvisaré algo. Incluso puede que haya una magnífica residencia que me admita [sonríe]... No sé durante cuánto tiempo seguiré funcionando». Conserva intacto su sentido del humor: «Todos los días hago mis crucigramas y mis ejercicios para no perder el control de la cabeza. Todas las mañanas que me despierto digo: '¡Ole, todavía sé dónde tengo las gafas!'.

El Colegio de Arquitectos de la Región de Murcia inaugura el martes su exposición 'Escenarios'

Dice de sí mismo que es «hijo de la típica madre que no dejaba entrar a los hombres en la cocina; pero como las mejores historias se contaban en torno a unas patatas que se estaban friendo, yo estaba allí, de faldero, enterándome de todo. Mientras ella vivió, y siempre que yo podía, comía en su casa».

En el monográfico 'Escenarios', escribe el gran pintor José Lucas -inconfundible, irrepetible, un ciclón generando formas y emociones-, que la primera vez que visitó la «minúscula» vivienda de Molina en Murcia, junto a la plaza de San Bartolomé, se dio «cuenta inmediatamente» de que «aquel espacio solo podía habitarlo un espíritu fino, rico, moderno, transgresor». Y añade: «Era el espejo, el fiel reflejo, la exacta imagen de quien allí vivía. Un ser con sensibilidad muy especial, propia de quien en poco tiempo fue cambiando con intervenciones acertadas y belleza arquitectónica, puntualmente, la fisonomía de zonas que había que cuidar, al tiempo que los resultados iban enriqueciendo la mente y la exigencia de los que se interesaban por su ciudad y la nueva arquitectura».

«Lo que busco en una casa es no ser esclavo de ella»

«Al entrar en este singular y hermoso espacio», recuerda el creador de obras tan impactantes como el 'Retablo de la lujuria', «había en un rincón, junto al suelo, un bellísimo cráneo blanco de caballo auténtico. Era como una escultura de Fidias aparcada allí con estudiado descuido. Me pareció un detalle de seguridad en sí mismo y refinado gusto».

-¿Por qué no se ha diseñado su propia casa? [Vive en un apartamento, en Murcia, junto al de su hermana Isabel]

-Me la podía haber hecho, pero nunca sentí la necesidad. Incluso dejé de hacer viviendas unifamiliares porque, en el momento en que los clientes querían la casa de una determinada manera que a mí no me gustaba nada, les decía que yo no era el arquitecto adecuado; muchos compañeros arquitectos han tenido trabajos que yo les he mandado. Hace poco, descubrí, visitándola después de muchos años, que a un cliente le hice la casa que me hubiera hecho para mí.

Juan Antonio Molina busca en una casa «no ser esclavo de ella. Yo no soy esclavo de esta casa en absoluto. Se limpia en dos patadas, no me quita tiempo, no me obliga a nada y controlo el espacio a la perfección. De la casa de película que yo me habría hecho, hubiese sido un esclavo». «Mi casa es para mí como una segunda piel», añade quien reconoce ser «producto hasta de las barbaridades que haya podido hacer».

Afirma muy serio: «El dinero nunca me ha interesado mucho, y ahora pienso que, a lo mejor, no hubiera estado mal haber sido más previsor. Yo no he hecho dinero». Sí que le ha interesado siempre aprovechar bien el tiempo: «Me dejé tantas cosas por hacer para cuando tuviese tiempo, que cuando empecé a decir 'ahora soy dueño de mi tiempo', tenía tanto de todo acumulado para leer, para escuchar, para ver, que tenía que llevarme mucho cuidado para no estresarme. Era compulsivo comprando libros, música y películas». Lo quiere saber todo, su curiosidad está en plena forma: «Hasta para perder el tiempo, quiero saber en qué y con quién».

Ahora, en este tiempo ya sin ataduras laborales, Juan Antonio Molina, que reparte su vida entre Murcia, Barcelona y Madrid, intenta borrar, «pero no lo consigo, las cosas que me causan disgusto; no quiero distracciones. Tengo necesidad de que no me falte paz, pero eso es muy difícil porque yo formo parte del presente, que para mí es muy desagradable en estos momentos. Me he vuelto avaro de mi tiempo, no quiero que me lo fastidien».

No abandonarse

Hay algo a lo que se opone tajantemente: «No soporto que intenten organizarme la vida». Y algo en lo que procura no fallar: «Procuro no abandonarme. Me relaciono muy poco últimamente, porque tengo tantos placeres solitarios a los que atender; ¡suena fatal eso de placeres solitarios! [Risas] A veces, pienso que tengo que hacerle un hueco a las relaciones sociales».

El arquitecto y escenógrafo se recuerda de niño siendo muy obediente: «Me tomaba tan al pie de la letra todo lo que me decían que tenía que hacer, que a veces me aclaraban que no hacía falta que fuera tan al pie, tan al pie. Era obediente a rajatabla. Eso me ayudó a ser muy disciplinado». Lo que no fue nunca es «ni el más fuerte, ni el más deportista; nunca jamás».

Defiende que «no debe haber patrones inamovibles. Yo no llegué a sentirme a gusto como persona hasta que empecé a crearme mis propios patrones de comportamiento, sin ir al dictado de nadie ni de nada: ni de la familia, ni de mi educación religiosa, ni de nada». «Y lo hice -añade- pasados ya los 30 años. En ocasiones, me autojuzgaba como monstruo porque no era capaz de hacer todo lo que se esperaba de mí. Tenía debilidades, no era perfecto, ni un santo, ni quería ser un mártir. Quería escoger yo mi propio camino, y me reinventé».

Ya ha dejado de hacerlo, me refiero a lo de «intentar ser siempre un chico encantador, intentar gustar siempre a todo el mundo. Todos querían que fuese modélico, y aprendí a decir no. Sobre todo, a los dogmas. Decidí ser yo y '¡sanseacabó!'». «Me he formado mi entorno», explica, «un entorno que no me agrede, que no me obliga a desear salir corriendo. No estoy en sitios, ni con personas, que me violenten. La violencia me afecta muchísimo. Así es que me he creado una burbuja que me protege del cabreo. No quiero pasarme el día de mala uva. Estoy totalmente en desacuerdo con la forma en que se está gestionando el mundo que me está tocando vivir».

Un mundo en el que se maneja con ayuda de la cultura: «Probé el teatro, el cine, el mundo del arte. Mientras estudiaba Arquitectura, me formé musicalmente, teatralmente y artísticamente. Me hice una persona culta. No me volví a veces majareta gracias a eso». Incluso llegó a hacer teatro con la mismísima Carmen Maura: «En el grupo teatral del Colegio Mayor San Pablo, que yo dirigía y del que también era actor y medio escenógrafo. La dirigí en 'Rómulo el Grande', de [Friedrich] Dürrenmatt. Era disciplinadísima, muy aplicada».

El catedrático de la UMU y director de escena César Oliva, buen amigo del homenajeado y que también colabora en 'Escenas', recuerda, entre otros muchos trabajos suyos como escenógrafo, los realizados para la Compañía Julián Romea: 'El señor Puntila y su criado Matti' (1980), de Bertolt Brecht; 'Entre bobos anda el juego' (1981), de Francisco de Rojas Zorrilla; y 'Federico' (1982), de Lorenzo Píriz-Carbonell.

También escribe en 'Escenarios' el arquitecto José Luis Arana Amurrio, con quien Molina trabajó de forma conjunta en varios proyectos, quien destaca que durante aquella relación profesional siempre encontró «en el compañero a un hombre veraz, sin doblez. Quizás parezca anecdótico, pero la mejor muestra de su carácter son sus planos de detalles constructivos resueltos a escala 1:1. Allí está toda su manera de ser: la definición sin engaño del material, de su forma, de la dificultad de ejecución. Y esta misma honestidad así reflejada, ha sido siempre su manera de convivir». «Cuando en el transcurso de los años», prosigue recordando Arana Amurrio, «tuvimos que enfrentarnos conjuntamente a situaciones externas adversas, en Juan Antonio siempre encontramos un camarada».

-¿Qué le gustaría aprender?

-¡Astronomía! Cuando he tenido que hacerle a alguien un buen regalo, siempre que viviese en algún lugar sin contaminación lumínica, le he comprado un telescopio. En una ocasión, a un amigo que tiene una casa maravillosa, junto a un castillo medieval, en la Borgoña.