Echanove y Ricardo Gómez, ¡qué bueno que vinisteis!

Ricardo Gómez y Juan Echanove, en 'Rojo'./david ruano
Ricardo Gómez y Juan Echanove, en 'Rojo'. / david ruano

Dando vida al pintor Mark Rothko y a su joven ayudante lograron, interpretando 'Rojo', que un Romea abarrotado se pusiera en pie para ovacionarles tras una emocionante representación

Antonio Arco
ANTONIO ARCO

Qué certera vista de halcón ha tenido Juan Echanove al elegir a Ricardo Gómez para compartir con él escenario, en un mano a mano de alto voltaje que está llenando los teatros, en este montaje de 'Rojo', de John Logan, que les ha quedado redondo y que va envolviéndote hasta apresarte por completo como una pitón a su presa. Y qué suerte la del joven actor al tener la oportunidad de que esta fiera escénica de Echanove, con enorme generosidad y su cada vez más, y más, atinado y poderosamente bien aprovechado talento, haga con él lo que hizo Abraham, con todo su amor de padre, con su hijo Jacob: ponerlo sobre el altar del sacrificio: la hora de la verdad. Echanove, que también dirige la función, sabía que podría salir fortalecido de la experiencia y lo ha exprimido, logrando hacer que aflorase en él, solo frente al patio de butacas y batiéndose con un veterano de su categoría, todo su potencial: la ternura y el asombro, la voluntad y la curiosidad, el ímpetu y la rabia, el magnetismo, ¡la juventud, la juventud!

Crítica de teatro

Obra
'Rojo'
Autor
John Logan
Intérpretes
Juan Echanove, Ricardo Gómez
Escenografía y vestuario
Alejandro Andújar
Iluminación
Juan Gómez-Cornejo (A.A.I)
Selección musical
Gerardo Vera
Dirección
Juan Echanove
Representación
Romea de Murcia, sábado 9 de febrero de 2019
Calificación del espectáculo
Muy bueno

'Rojo', llevado a escena contando con un gran equipo artístico que ha sabido envolver y potenciar la acción de los intérpretes, nos sitúa, sin salir en ningún momento del estudio-santuario del pintor, al principio del fin del tormentoso y aclamado creador Mark Rothko, una de las cimas del expresionismo abstracto, que está empezando a ser 'arrinconado' por un nuevo movimiento: el pop-art. El artista se nos muestra en un momento muy especial de su trayectoria creativa y vital: él, tan crítico contra el mercantilismo en el arte, ha aceptado pintar -eso sí: a precio de oro- unos murales para decorar el elitista, y nido de millonarios, restaurante Four Seasons de Nueva York. Y es entonces cuando contrata a su joven ayudante, también pintor y cuya vida ha estado marcada por la tragedia, que de un modo sutil, entusiasta y atrevido, incluso temerario, logrará ir desnudándole de todas sus capas de egocentrismo, engreimiento, endiosamiento y ensimismamiento en su propio arte hasta dejarlo situado, sin defensas, frente al espejo de su propia alma: también herida, cercada por la soledad, la decadencia, el desamparo y la cada vez más evidente cercanía de la muerte... Y en ese combate entre el genio y el aprendiz, entre la madurez rotunda, en camino hacia el abismo, y la juventud pletórica abierta de par en par al mundo, entre el éxito económico y la romántica defensa de la coherencia y la ética, Juan Echanove y Ricardo Gómez brillan de una manera extraordinaria; sobre todo, cuando utilizan sus propias inseguridades y sus experiencias de miedo y abatimiento para 'pintar' una realidad que a todos nos es familiar: qué imprevisible es la vida.

En el estudio-santuario del artista glorioso, patas arriba e hipnótico al mismo tiempo y en cuya atmósfera dan vueltas como un tiovivo los deseos obsesivos de creación y de eternidad, asistimos a la contemplación de esa herida que sangra y sangra en el alma del creador: la duda, la insatisfacción, el vértigo, y esa necesidad de más tiempo y más vigor cuando éstos ya huyen sin remedio...

Rothko, ante su joven ayudante y de una forma voraz, irá sangrando sus ideas sobre el arte, la creación, la vida, sus semejantes, el final... Como si el artista, a quien Echanove aporta su humanidad avasalladora y todo el esfuerzo físico de que es capaz, no viviese en este mundo, sino que lo soportase; no viviese su propia vida, sino que la soportase. Decir que Echanove se enfrenta hasta la extenuación al papel más difícil de su carrera, quizá sería exagerado. Decir que logra salir con doble corona de laurel de la boca del lobo de la endiablada interpretación que lleva a cabo, no lo es. Porque fascina y conmueve, como también Ricardo Gómez consigue que no se escuche ni una sola respiración mientras cuenta una historia que funde a sus padres muertos con la nieve. Cuando, acabada la función, ambos se dispusieron a saludar, el teatro abarrotado ya estaba en pie: ovacionándoles.

 

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