«¡Cuco, ha muerto el comandante!»

Vendedor del 'Granma' con la noticia de la muerte. / J. M. DÍAZ BURGOS
Vendedor del 'Granma' con la noticia de la muerte. / J. M. DÍAZ BURGOS

Díaz Burgos muestra a partir del sábado en el Museo Los Baños de Alhama su 'Diario de 6 días', sobre la despedida habanera a Fidel Castro

Manuel Madrid
MANUEL MADRID

Toda la tribu de fotoperiodistas celebró que Juan Manuel Díaz Burgos (Cartagena, 1951) estuviera en La Habana la mismitica noche que se anunció la muerte de Fidel Castro. Fue el 25 de noviembre de 2016. Ningún fotógrafo extranjero, posiblemente, haya retratado Cuba como él en los últimos 30 años, a donde ha viajado en 32 ocasiones para descifrar los avatares de un pueblo que resiste con dignidad al curso de la historia y a las pasiones y antojos de sus protagonistas. Un fotógrafo amigo suyo, Raúl Cañibano, agarró el teléfono a la una de la madrugada: «'¡Cuco, ha muerto Fidel, el comandante!». A esas horas, Díaz Burgos iba ya por el tercer sueño. Desvelado, ya no pudo dormir. Aprovechó, sin embargo, para pensar en un proyecto, y la idea que le asaltó fue hacer un diario de los días posteriores, hasta que el féretro con los restos del líder de la Revolución de 1959 partiera en un carro escoltado con dirección a Santiago de Cuba, donde finalmente sería enterrado.

El Museo de los Baños de Alhama de Murcia exhibe a partir de este sábado -la inauguración es a las 21 horas, y Díaz Burgos dará una conferencia sobre La Habana- las imágenes de esos días. «'Diario de seis días', como yo titulo la exposición, es el tiempo que transcurre desde que el hermano, Raúl Castro, hace pública la muerte hasta el momento en que sale el séquito acompañado hasta donde descansarían sus restos. Más que hacer un relato de lo que significaba el personaje en sí, yo lo que busqué fue componer el relato de cómo vivió el cubano este hecho que, al fin y al cabo, era histórico».

Porque Fidel, recuerda Díaz Burgos, «para bueno o para malo era un hombre muy conocido, amado y querido y odiado por unos y por otros». La noche de autos, nuestro hombre en La Habana reflexionó sobre la oportunidad que le brindaba la vida. Porque estaba allí, en La Habana, la ciudad de las mil y una noches del Caribe. «El fotógrafo tiene que tener muy claro qué es lo que quiere fotografiar. Si tú sales a hacer un trabajo sin saber lo que haces estás nada más que dando palos de ciego y puede que tengas suerte y te traigas tres fotos buenas. Pero lo importante es tener una buena idea. Yo creo que de mis fotos, al final, lo que se valora es un buen proyecto».

«Para ser buen fotógrafo no es necesario retratar a Marilyn Monroe. Quizás la fotografía buena te la da tu vecino de al lado»

Pasión

Cómo y de qué manera se cuenta lo que ocurre. Esa era la posición, el punto de partida. Incluso le ofrecieron un coche para seguir la caravana oficial hasta Santiago de Cuba, pero Díaz Burgos declinó la invitación. «Porque yo lo que quería contar de esta experiencia ya lo tenía, y lo demás iba a ser repetirme en más manifestaciones de dolor y en momentos de pasión. Otros colegas siguieron la ruta, pero yo me levanté a las tres y media de la madrugada el día en que salía la comitiva, que estaba previsto que partiera sobre las siete y media u ocho de la mañana. Ya había a esa hora muchísima gente en la calle. Me situé en un punto significativo del Malecón, y esto fue decisivo, porque una de las imágenes más estereotipadas que tenemos es la entrada por ahí de los 'barbudos' de la Revolución en La Habana. Para mí era un homenaje a aquel hombre que entró victorioso, y quería retratar cómo salía de allí al fin de su vida».

El Malecón, de hecho, es clave en la vida de Díaz Burgos también. Según el escritor Leonardo Padura, El Malecón es «mucho más que un parapeto contra las marejadas del norte o el banco público quizás más largo y concurrido del mundo; en realidad, constituye la barrera física y psicológica donde han terminado o comenzado los sueños y posibilidades de tantos cubanos». Y justo al Malecón dedicó el fotógrafo cartagenero su ópera prima cubana. «Cuando iba a pasar el féretro de Fidel se hizo un silencio enorme en la curva que iba de la zona de La Rampa al Malecón. Puse la máquina en motor para tirar una ráfaga en el momento en que viera algo, y una señora empezó en ese momento a chillar 'comandante', 'patria o muerte', y eso me puso sobre aviso, y cuando me vine a dar cuenta estaba pasando delante de mí Fidel. Esa emoción quedó reflejada, la gente se echó a llorar, y yo creo que ya después de aquellas fotos yo ya me fui para el centro tranquilamente».

A Díaz Burgos, en realidad, nunca le gustó retratar a personajes célebres. En ese sentido se diferencia de otros artistas de la fotografía en que no es nada mitómano. «Yo creo que no es necesario fotografiar a Marilyn Monroe para ser un buen fotógrafo, para mí tiene otro concepto. Quizás la fotografía buena te la da tu vecino de al lado. Yo tengo amistad con mucha gente en Cuba, sobre todo en el mundo de la cultura, como por ejemplo con Alberto Korda, que retrató al Che muerto, y para mí no es lo importante».

En 1991 hizo Díaz Burgos su primer viaje a Cuba, en lo que se llamó 'Periodo Especial'. Cuando muere Fidel en 2016, el cartagenero llevaba dos años y medio sin pisar La Habana. «Estaba en otros proyectos en República Dominicana, estuve delicado del corazón, me operaron... Y justo surge ese viaje, que yo no sabía que iba a ser el de la muerte de Fidel, y cuando me llama Cañibano recordé que estuve presente en Cuba el día en que se hace público el anuncio de que Raúl iba a hacerse cargo del gobierno. ¡Estaba comprando pizza en El Vedado!». En 1998, en Regla, delante de la bahía habanera con un historiador, lanzó la pregunta: ¿Qué pasará cuando muera Fidel? Una posibilidad era que se desataran hostilidades. «Por eso cuando el día que muere Fidel salgo a la calle y empiezo este diario tengo la sensación de que todo es pacífico, estaba gozosamente feliz de que el pueblo, para bien o para mal, aceptara la muerte. Sus partidarios yendo a la plaza de la Revolución, y los que no haciendo su vida, vendiendo maní o lo que sea, para subsistir. Ojalá no haya situaciones violentas y Díaz-Canel tenga tino».