UNIVERSOS CERRADOS

Una imagen de la película 'Pájaros de verano'./
Una imagen de la película 'Pájaros de verano'.

La parte negativa de la naturaleza humana está muy presente en 'Pájaros de verano' y 'High life'

CARLOS MARTÍNEZ

Visitamos en el Festival Internacional de Cine de Cartagena (FICC) un par de universos cerrados, con sus propios códigos, que conducen a la inevitable destrucción. Lo sé, no es un comienzo muy prometedor, pero es que los festivales de cine no se caracterizan por los argumentos Disney (ni por las comedias, ya que nos ponemos a quejarnos).

Esto viene a cuento porque las dos películas que pudimos ver en la tercera jornada de certamen son de esas que te hacen llegar a casa con los problemas del mundo acompañándote por la acera. La parte negativa de la naturaleza humana está muy presente en los personajes que desfilan tanto en 'Pájaros de verano' como en 'High life', a través de virtudes tales como el egoísmo, la corrupción, la venganza o el odio.

La primera es una producción colombiana sobre el tráfico de drogas (os sorprenderá el tópico), pero no en plan Hummer vistosos, modelos en tanga y mansiones apabullantes, sino de andar por casa. Dirigida por Ciro Guerra y Cristina Gallego. Nos sitúa en los años setenta en una tribu colombiana de indígenas wayuú, que descubren el enorme beneficio que pueden cosechar si se dedican a cultivar marihuana. En un mundo en el que viven marginados, no les parece una locura el vivir al margen de la ley.

Aprovecha la película para retratar las estructuras indígenas, con su matriarcado latente, y cómo la droga va horadándolas y transformando ese ecosistema social. Una especie de películas de indios del oeste, pero con los paisajes de Gabo. El que sea en idioma nativo ni aporta ni quita en una narración lineal que, como pasa siempre en los relatos que transcurren en el tiempo, resulta desigual.

Luego proyectaron una de esas películas cuyo juicio me hace estar en el lado equivocado de los críticos. Me pareció un ejercicio mayúsculo de petulancia, de esos que tienes que preguntarte qué quiere decir cada plano. Claro que eso pasa cuando cargas al limitado Robert Pattinson con el peso de gestionar los prolongados silencios del filme.

Una cinta de ciencia ficción existencial, confusa, que nos lleva a una nave espacial vacía de vida, con solo un hombre y un bebe en ella, aunque enseguida descubrimos por qué no hay nadie más. El resto es volver al pasado para saber que es una Australia espacial, donde los convictos son enviados para bien de la humanidad y la genética.

Astronautas

Lo peor de esto es que es fruto de una gran directora, Claire Denis, que da un giro (innecesario) a su filmografía con este ejercicio grandilocuente de género que intenta ser resumen de los males del mundo, sin lograrlo. El ambiente claustrofóbico está perfectamente conseguido, (las naves espaciales no son campos de golf), y la fotografía recoge bien los no deseos del protagonista, que son, en verdad, los deseos que no es capaz de apaciguar. Al final los espectadores nos quedamos como los astronautas del principio del filme, dentro de escafandras, arrojados al espacio sin explicación, inertes, durmientes, inexpresivos, como adornos de un árbol negro de Navidad.

 

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