Carmelo Gómez: «Sigo teniendo deseos de cambiar las cosas, un impulso revolucionario»

El actor Carmelo Gómez protagoniza 'Todas las noches de un día'. / Jordi Alemany
El actor Carmelo Gómez protagoniza 'Todas las noches de un día'. / Jordi Alemany

Junto a Ana Torrent, el actor interpreta hoy 'Todas las noches de un día' en el Centro de Artes Escénicas de Torre Pacheco

Antonio Arco
ANTONIO ARCOMurcia

Puede ser Carmelo Gómez (Sahagún, León, 1962) el más fiero de los hombres o mostrar ante el mundo su alma herida desnuda. Puede dar pánico o conmover, puede hacer que le odies o que saltes junto a él al precipicio. Pasan los años y este excelente actor sigue moviéndose en el infierno como un ángel. Hoy, en el Centro de Artes Escénicas de Torre Pacheco, representa junto a Ana Torrent la obra de Alberto Conejero 'Todas las noches de un día', dirigida por Luis Luque.

No es fácil llevar 'Todas las noches de un día' al escenario: su aire fantasmal, como fuera del tiempo, incluso de este mundo; su frondosa atmósfera poética, que parece anidar en el universo de los sueños, no de la realidad; su historia de amor más allá de la muerte, los misterios que encierra, el constante fluir del tiempo del presente al pasado, y esa música de fondo que genera la escritura de Conejero, y que en esta obra parece conectada a la exploración de los misterios psíquicos y al amor por la naturaleza que caracterizan la obra del poeta irlandés William Butler Yeats. La obra, que protagonizan el jardinero Samuel y la propietaria del invernadero para la que este trabaja, Silvia, está dedicada precisamente «al jardinero Francisco Javier Fernández Alarcos». Se valoran más los jardines, y el rumor silencioso y generador de vida de las plantas, cuando se escucha hablar de ellos a Samuel, a quien da vida, afortunadamente, Carmelo Gómez luciéndose con una interpretación de lujo. Sí, qué tristeza dejar de respirar, jamás volver a escuchar la danza de la lluvia sobre los frutos de los árboles. El actor habla, con 'La Verdad', feliz con su regreso a un escenario de la región en la que se encuentra el paraíso submarino al que le debe ratos memorables de felicidad: Cabo de Palos.

TOME NOTA

Obra
'Todas las noches de un día'.
Autor
Alberto Conejero.
Intérpretes
Ana Torrent y Carmelo Gómez.
Director
Luis Luque.
Dónde y cuándo
Centro de Artes Escénicas de Torre Pacheco; hoy, a las 21.30 horas. Entrada: 12 E.

-¿De dónde le viene su amor por la naturaleza, por el campo, los invernaderos...?

-Creo que en el origen está el hecho de tener un padre que era campesino y que me enseñaba, por ejemplo, un modo de trabajar la tierra que no contemplaba en absoluto sacarle el máximo rendimiento y luego ignonarla. El campesino sabe que tiene que cuidarla para los que vienen detrás. Recuerdo que mi padre sembró una higuera que él ya no podría ver dando higos. Me dijo: «Ahí estarán para los que vengan». Ese estar atentos al futuro, a los que seguirán aquí cuando nosotros ya no estemos, encierra un montón de valores.

-¿Cómo era usted de niño?

-Un niño frágil, pequeño, que no salía mucho a la calle por miedo a la violencia de los demás niños; era feo y enjuto, me llamaban mono. Así es que, mucha veces, me quedaba en casa y, en un corral inmenso que teníamos, pasaba las horas hablando solo. Creo que en esos momentos de recogimiento, de darme cuenta del daño que podemos causar a los otros, curiosamente desarrollé una ternura interior que me acompaña hasta hoy.

-¿Qué tiempos vivimos?

-Tiempos difíciles, con demasiados sinvergüenzas alrededor. Demasiada gente sin escrúpulos.

Recordar

-¿Nostálgico?

-Cada día tengo más nostalgia, sí. Las imágenes del pasado empiezan a tener más fuerza que el presente. [Hace unos días] estuve representando la función en Salamanca, donde pasé más de tres años de mi vida; cuando todos mis compañeros se marcharon, yo decidí quedarme allí un poco más. Me apetecía recordar. No sé si eso es bueno o malo, pero me siento muy bien en compañía de los recuerdos, aunque tampoco quiero en absoluto quedarme enredado en el pasado.

-¿Cómo ve usted este país?

-Ahora mismo, no estoy contento con él. Nosotros empezamos con el populismo cuando solo había cuatro partidos que nos representaban en el Congreso; ahora ya hay más, y son todavía más populistas, si eso es posible, que los de siempre. Se junta el discurso de los peores con el hecho de que las masas no tienen ahora capacidad de discernir, y eso es así porque hace mucho tiempo que los que han tenido el poder han estado aborregándolas. Las masas hoy no viven en el pensamiento, sino solamente en el compra y venta. Y es muy fácil decirles: 'Este es el bueno, este es el malo, y yo agarro a los negros y los cuelgo a todos'. Y eso es muy peligroso, porque más de un anormal cree que, en efecto, esa es la solución a las cosas. Y todo esto, creo, se parece a un movimiento de preguerra. Al loro con lo de Brasil [la victoria de Jair Bolsonaro], que no es ninguna tontería, como no lo es lo de Estados Unidos o lo de Italia. Por otro lado, también es cierto, España es especial, tiene un punto ingobernable pero también aquí se dio la democracia después de una larga dictadura, y además se dio con una evolución rapidísima. Todos teníamos mucha ilusión y mucha esperanza y todo el mundo quería currar, mientras que ahora lo que todo el mundo quiere es jubilarse. Yo pienso que hoy tenemos la obligación de ilusionarnos, porque sino se lo vamos a poner a huevo a los que pueden acabar directamente con todo lo construido a base de tanto esfuerzo. En el ámbito personal, cada uno de nosotros podemos hacer muchas cosas, aunque tengo muy claro que la tentación de ser un capullo es enorme; lo fundamental es darle al otro la importancia que se merece, entre otras cosas porque yo no me construyo solo. Nos necesitamos.

-¿Consiguió usted una convivencia agradable consigo mismo?

-La lucha titánica con uno mismo nunca cesa. La edad crea el mismo desasosiego que el mar. Cuando el conocimiento va siendo mayor, también la proximidad del final la empiezas a ver; no es que la toques, pero sí que ya la ves, eres más consciente de que esto tiene fecha de caducidad. De joven no te planteas esas cosas y tienes una visión del mundo mucho más fresca y con mayor luz, algo que aporta mucha tranquilidad. Pero con los años, todo eso se va enturbiando, aunque también ganas en otras cosas, como en tener más seguridad en el día a día, por ejemplo, y en tu trabajo.

-¿Qué no cambia?

-Siempre hay muchas pequeñas estupideces que todos los días nos preocupan. Y, con los años, se van sumando otros nuevos miedos que te circundan y que te crean desasosiego.

-Dígame alguna ventaja que tenga lo que está diciendo.

-El desasosiego es fundamental para crear adrenalina. En mi caso, me lo he tomado como un acicate para luchar y para tirar hacia adelante; y funciona.

-¿A qué no presta usted ya ninguna atención? ¿De qué pasa?

-De muchísimas cosas. Paso mucho de las malas lenguas, y España es un país en el que pasar de las malas lenguas te libera de una rémora enorme, de un peso grandísimo.

-¿De qué más?

-Paso también de hacer amigos porque sí, y paso también de la búsqueda de la felicidad a ultranza; con el tiempo sabes que, muchas veces, la única forma de encontrar la felicidad es no buscándola. Y paso de hacer mucho dinero y paso también del éxito.

-No está nada mal.

-De lo que siempre he querido pasar, y no lo consigo, es de estar preocupado por el paso del tiempo. Esta cuestión del tiempo me sigue aturdiendo.

-¿Hay algo que le aturda aún más?

-Ese paso al absurdo que es la muerte es lo que más inquieta, supongo que como a todo hijo de vecino. No tengo miedo a perder la vida, pero sí tengo miedo a lo desconocido que podría venir después. Si la muerte fuese un apagón y ya está, eso sería muy sencillo y estupendo; pero, ¿y si la muerte no es el final?, ¿y si nos espera el infinito, la eternidad? ¡No, no, no, sería insoportable!

-¿El infierno son los demás?

-El infierno está aquí y ahora, por eso sería terrible saber que después de este castigo habría otro mayor. Claro que es un pequeño infierno este penar diario que consiste no solo en tener que aguantar a los demás, sino muchas veces también a nosotros mismos y nuestras contradicciones.

-Ninguno de nosotros estamos a salvo de nada...

-... así es, estamos todos en la raya de todo. La vida son niveles de equilibrio. La medida justa de las cosas es la que te hace madurar. Cuando uno se deja llevar demasiado por todo...; eso no debe durar mucho porque la marcha atrás a lo mejor ya no se puede producir. Y ahí es donde está el peligro de no controlar, en que llegue un momento en el que ya has perdido todos los trenes, en que ya no sabes qué camino recorrer. Vivimos al límite de todo y debemos estar siempre ojo avizor para no caer de un lado o de otro.

-¿Tiene ya menos ganas de combatir?

-Sigo teniendo, a una edad en la que ya no sufro por todo, deseos de cambiar las cosas, un impulso revolucionario. Ahora tengo armas con las que luchar. Tengo experiencia: llegué a la gloria sin entenderla y salí de ella escupido como si fuese un maldito; ahora me da igual si soy un maldito o no porque lo que quiero es hacer bien las cosas conociendo mis limitaciones.

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