Los Rabal no dejan Águilas

El cineasta Benito Rabal, en la playa aguileña de Calabardina, donde reside desde hace cuatro años. / PACO ALONSO
El cineasta Benito Rabal, en la playa aguileña de Calabardina, donde reside desde hace cuatro años. / PACO ALONSO

El cineasta Benito Rabal, hijo del legendario Azarías y de la actriz Asunción Balaguer, prepara una nueva película que rodará en la Región, un lugar que ama igual que su padre porque «aquí la gente te sonríe»

ANTONIO RIVERA

Benito Rabal (Madrid, 1954) aparece en bermudas y sandalias 'cangrejeras', caminando por la acera de Calabardina como si flotara, como si fuese ajeno a las preocupaciones que ennegrecen el cielo más allá de la pequeña playa aguileña -pero no lo es, no quiere serlo ni puede-. Cuando se sienta en un chiringuito sobre la arena, acompañado de su inseparable perra 'Trufa' -«me acompaña hasta en el montaje»-, la camarera pregunta, inocente, en uno de los rituales más repetidos en estas fechas: «¿Qué os falta por aquí?». «¡Justicia social!», responde Rabal. A partir de ese instante, es imposible no advertir en cada palabra, en cada suspiro de hartazgo -nunca resignación-, en cada caricia que da al animal y en cada calada que arranca de sus cigarrillos, que Benito Rabal es un artista. Uno de los de antes: crudo, directo, inclasificable. Parece que lo que más sentiría en el mundo es que su obra no dijera nada, que se perdiera en las formas y olvidase el fondo.

A propósito de eso le comentamos una cita del director de teatro y andalucista de pura cepa Salvador Távora, que opina que «el arte no debe ser un divertimento ni un virtuosismo, sino una expresión dura». Rabal contesta con otra cita, en esta ocasión del escritor uruguayo Eduardo Galeano: «Escribir es darse». Según el cineasta, cuando uno crea tiene que entregarse, tratar de ser mejor persona y de que las personas sean mejores. «Creo que esa es una de las funciones del arte», sentencia. Subraya la importancia de que todos y cada uno de los elementos que aparecen en pantalla (y a través de los altavoces) tengan un porqué: «Nuestro trabajo consiste en ver, comprender y reproducir la realidad, pero con un fin». Para el director de 'Curro Jiménez II', el cine debe contar historias que, además de entretener, hagan crecer al público. «Si no, nos surtiremos únicamente de palomitas y Coca-Cola», bromea. «No digo que todo deba ser cine de realismo socialista, hay que hacer un cine que guste a la gente, pero debe emocionar. Que el público ría o llore, pero que se emocione».

Educación con los clásicos

En esto, según el cineasta, tiene mucho que ver la educación. Para él, las nuevas tecnologías -como el rodaje digital o las plataformas de distribución en internet- posibilitan un enorme acceso a creadores noveles, pero han desembocado en cierta «verborrea» audiovisual. «Falta enseñanza, pero porque el cine sigue arrastrando la etiqueta de atracción de barraca de feria de sus primeros días. En esta era de la imagen, en los centros educativos se hace a los alumnos leer ciertos libros clásicos, pero no se les enseñan películas emblemáticas. Es como si, al entrar en las escuelas, volviésemos al siglo XIX. No todo el mundo tiene que aprender a hacer cine, pero sí a verlo». Apunta que cintas como 'Matar a un ruiseñor' (Mulligan, 1962) o 'El acorazado Potemkin' (Eisenstein, 1925) deberían proyectarse en los colegios.

«Sería prácticamente imposible hacer algo como 'Los santos inocentes' en la España de hoy»

Este desinterés por la cultura cinematográfica, afirma, se refleja también en su gestión desde las instituciones. «Decía André Malraux que la cultura es algo tan importante que no se puede dejar en manos de la iniciativa privada», apunta Rabal. «Creo que en la Región se valora mucho el cine y veo mucho talento aquí, pero no hay excesiva implicación de las instituciones en el asunto. Eso es lo que echo de menos en la industria cinematográfica regional, que las entidades públicas promuevan y apoyen las producciones en la Comunidad, porque este es un sitio idóneo para fomentar el cine por el paisaje, el clima, los artesanos derivados de las numerosas fiestas populares, etc.».

Según el realizador, el cine, además de mover dinero, es la tarjeta de presentación de una región. En el paisaje aguileño podrían representarse lugares como Siria, Italia o el Oeste americano. A la cuestión de si Murcia está condenada a ver cómo sus artistas se emancipan para desplazarse a grandes ciudades, el cineasta responde que no, siempre que se potencie el cine de tal manera que los rodajes dejen algo en las localidades que los acojan. «Los beneficios no pueden ir al bolsillo de uno, tienen que repercutir en la vida cultural y social del pueblo», matiza Rabal.

«En la Región hay mucho talento, pero no se fomenta el cine lo suficiente desde las instituciones»

«Espero que se consiga un apoyo real a la producción de cine en Murcia, con lo que no quiero decir 'cine murciano' [aquí las facciones de Benito se asemejan especialmente a las de su padre]: las nacionalidades en el cine no me gustan, me parecen falsas». Este apoyo de los gobiernos, señala, es imprescindible para que puedan gestarse películas como 'Los santos inocentes' (Camus, 1984), que «sería prácticamente imposible hacer en la España de hoy», porque el cine español depende en gran medida de las grandes corporaciones de televisión, a las que «solo interesa lo que da dinero». Del interés del Estado en experimentar depende que vuelva a haber géneros tan dispares como las cintas de Saura, Almodóvar o Camus.

«Joder, te pareces a Chiapella»

Cuando hacemos una breve parada, dos bañistas sentados detrás de nosotros que, por lo visto, llevaban un buen rato esperando para pedir una foto a Benito sin interrumpir la conversación, se abalanzan sobre él. El director, mientras hacen la foto, mira fijamente a uno de los miembros de la pareja, curioso. «¡Joder, te pareces a Pablo Chiapella!», el actor, le espeta con una carcajada. El espontáneo ríe con él, perplejo ante la cercanía y la sencillez del madrileño, quien asegura que no le agrada demasiado asistir a los festivales de cine -si no es para presentar una cinta propia- por la pompa habitual que traen: «No me llaman mucho la atención los saraos de esmoquin».

El carácter y el compromiso político van en la sangre de los Rabal. No extrañan las fuertes convicciones del cineasta, sabiendo que su padre abandonó precipitadamente Madrid en 1974 para organizar la resistencia -exitosa- contra una central nuclear en Marina de Cope, junto a su amada Águilas. «Es necesario tener un compromiso con el mundo que nos rodea. Los que dicen que no lo tienen, están comprometidos con el silencio. Tienen un compromiso cómplice con la injusticia. Uno no puede quedarse quieto viendo lo que pasa en el mundo, eso me lo inculcó mi padre, y a él su abuelo». Y seguramente lo habrá hecho él con su hijo, Liberto Rabal.

Cuatro años en Águilas

También sus padres -Paco y la actriz Asunción Balaguer, hoy retirada con 92 años- le inculcaron el amor hacia Águilas, donde el cineasta se mudó hace cuatro años. «Es lo que siempre había querido hacer», confiesa, «por mis padres y porque el lugar lo merece. Aquí la gente te sonríe, debe de ser el clima [ríe]». Ya más que instalado en el municipio, el director prepara una nueva película, que rodará en Murcia y de la que no quiere desvelar nada «para no gafarla», trabaja en una novela, imparte talleres de cine, y escribe y dirige otros proyectos paralelos. Eso es lo que ha mantenido ocupado a Rabal desde su último largometraje, 'El furgón' (2003), escrito expresamente para su padre, pero cuyo rodaje truncó la repentina muerte del actor -este 29 de agosto hace 17 años-.

«Películas como 'Matar a un ruiseñor' o 'El acorazado Potemkin' deberían proyectarse en los colegios»

Cuando la brisa empieza a enfriarse y el sol, que unas horas antes se colaba entre los edificios de Calabardina, ya no ciega, le preguntamos por una imagen de su vida, y otra de su padre. Un recuerdo tan real que, al cerrar los ojos, casi pueda tocar.

'Honoris causa'

De la vida de Paco Rabal, el realizador escoge su investidura como doctor 'honoris causa' en la Universidad de Murcia. «Ver a ese hombre que no pudo estudiar, con la pasión que tenía por la cultura y esa avidez por saber, vestido con la toga entre todos los catedráticos», explica con voz entrecortada antes de detenerse, incapaz de contener la emoción. «Pienso en lo feliz que tuvo que sentirse mi padre en ese momento, porque él siempre fue un niño de pueblo. Sentía el cariño y el respeto de la gente, pero siempre se sintió un aprendiz».

-¿Y la suya? ¿Cuál sería su imagen?

-Sentado allí, mirándole. Compartiendo con él aquel momento. Fue como hacer un poquito de justicia entre tanta injusticia, para mucha gente cuyo talento quedó desperdiciado porque, como a mi padre, se les negó el acceso al conocimiento por su clase. Es algo que aún se niega a muchos, y aquello fue, en parte, la reparación de esa injusticia. Tengo muchas imágenes de mi padre, pero esa es la más bella que me viene a la mente.

El sueño encerrado en pigmentos del 'otro' Benito Rabal

La avidez de este clan por saber y descubrir no comenzó con el cine. Nada más lejos: el abuelo del cineasta, también Benito, ya rescataba el poco conocimiento que podía de los almanaques, con los que aprendió a leer y escribir, mientras cuidaba de un rebaño de cabras antes de entrar a trabajar a la mina. Aquel Benito pretérito, cuando su hijo Paco pasó a ser, a la vez, hijo y padre, se lamentaba: «¡Ay, Paco! ¡Qué pena que me vaya a morir sin ver a este niño [el realizador] con un montón de libros bajo el brazo!». Después de interpretar a Francisco de Goya por primera vez, Paco Rabal se aficionó a las artes pictóricas. Uno de los cuadros que afloraron de esa filia mimética fue una pintura que retrataba, según había soñado el abuelo del cineasta, a Benito Rabal de niño, alejándose de espaldas hacia el mar y con un puñado de libros bajo el brazo. Esa imagen, traducida a la época presente en la página anterior, ancla en el tiempo la «gran conexión» entre dos generaciones -distanciadas por los años y los muy diferentes mundos que cada uno de los Rabal vivió- de una de las familias más emblemáticas de la Región.

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