Emilio Tuñón: «Hay que hacer una arquitectura que la gente sea capaz de amar»

El arquitecto madrileño Emilio Tuñón, a su llegada ayer al Hotel Arco de San Juan, en Murcia. / enrique martínez bueso
El arquitecto madrileño Emilio Tuñón, a su llegada ayer al Hotel Arco de San Juan, en Murcia. / enrique martínez bueso

El premiado autor del Museo de las Colecciones Reales habló ayer en Murcia del tiempo como material de construcción

Antonio Arco
ANTONIO ARCO

«Huyo de ciertas arquitecturas que tratan de ser tan sofisticadas que la gente de la calle no las entiende», dice Emilio Tuñón (Madrid, 1959), en posesión, entre otros galardones, del Premio Mies van der Rohe 2007, logrado por el Museo de Arte Contemporáneo de Castilla y León (MUSAC), que diseño junto al también arquitecto Luis Moreno Mansilla, fallecido en 2012. Juntos, desde el estudio Mansilla+Tuñón, concibieron también el madrileño Museo de las Colecciones Reales, un bombón ya terminado, y llamado a hacer historia, dependiente de Patrimonio Nacional y cuya fecha de inauguración, que en principio se había fijado para 2017, sigue en el limbo. Ayer, en Murcia, invitado por el Colegio de Arquitectos de la Región, pronunció la conferencia 'El tiempo como material de construcción. El Museo de las Colecciones Reales de Madrid'. Qué placer sería visitar sin prisa, con él, la Bodega Samaniego, por cierto también obra suya.

-¿Por qué le gusta hablar del transcurrir del tiempo?

-Nosotros siempre hemos pensado que el tiempo es parte de la arquitectura; es decir: es muy importante tanto el tiempo empleado en la realización de los proyectos, como el paso del tiempo sobre los edificios. Creemos en una arquitectura hecha con tiempo, despacio, por supuesto con sus limitaciones, aunque eso choque de algún modo con este mundo tan acelerado en el que parece que nos ha tocado vivir.

«Está muy bien vivir las distintas fases de la vida con pasión, pero para qué eternizarse»

-Y una vez construidos los edificios, ¿qué les espera?

-Formará parte de sus vidas el que el tiempo actúe sobre sus materiales. Irán teniendo arrugas, incluso cicatrices... La vida es cambiante, también los edificios y los usuarios. Pero, fíjese, creo que el tiempo mejora a las personas, contrariamente a lo que piensa todo el mundo y a ese deseo de ser joven toda la vida.

-¿Nunca piensa en el tiempo como en su enemigo?

-No, sin el paso del tiempo no se podría entender la vida, porque la vida es transformación y para que exista transformación tiene que transcurrir el tiempo.

-Hasta que llega la muerte.

-Así es. Cuando uno se hace mayor, como es mi caso, eres muy consciente de que el tiempo vuela, en efecto, pero lo mejor que se puede hacer es aceptar esa realidad con la mayor naturalidad posible. Si viviéramos eternamente sería tremendo. Yo soy muy posibilista y creo que lo bueno es lo que tenemos. Está muy bien vivir las distintas fases de la vida con pasión, pero para qué eternizarse.

-¿Qué le interesa, como arquitecto, de los museos?

-También acaban siendo archivos del tiempo. Un archivo de materiales culturales, sociales y vinculados al pensamiento al que los ciudadanos pueden acceder y reconocerse en ese lento discurrir del tiempo. Lo bonito de los museos es la estrecha relación que tienen con la vida, en un sentido muy amplio, y la importancia que cobran las obras con el paso de los años. La tecnología parece empeñada actualmenteen en acelerarlo todo, pero yo creo, como le decía, que lo importante es esa constante transformación que conlleva que el tiempo no se detiene.

«¿Cómo ser arquitecto y no ser optimista? Partimos del hecho de que las cosas son siempre mejorables»

-Usted es autor, junto a Luis Moreno Mansilla, del Museo de Arte Contemporáneo de Castilla y León (MUSAC), y también del Museo de las Colecciones Reales, dependiente de Patrimonio Nacional. ¿Qué diferencias hay entre ellos?

-El primero es un centro de arte contemporáneo, un centro social y cultural; un museo, digamos, de la cotidianidad. Y un museo de la contemporaneidad tiene que ver más con la vida de las personas y con ese ser archivo de lo cotidiano, del día a día, mientras que los museos históricos, como el de las Colecciones Reales, tienen que ver más con lo universal, con la Historia, con el tiempo y con la cultura con mayúsculas. Pero los dos tienen que ser estructuras abiertas a la ciudadanía, deben tener esa condición de apertura para lo cual es necesario que sean fácilmente comprensibles.

Humildad

-¿De qué tipo de arquitectura se mantiene alejado?

-Huyo de ciertas arquitecturas que tratan de ser tan sofisticadas que la gente de la calle no las entiende. Lo interesante para mí es hacer una arquitectura que, aunque necesite para ello un poco de tiempo, la gente de la calle pueda entender. Una arquitectura a la que la gente pueda amar, que apetezca visitarla, y que esté construida con cierta humildad y teniendo claro que lo importante, en el caso de un museo, no es el continente sino el contenido.

-¿Y que acoja en lugar de imponer?

-La imposición no debe producirse, aunque es cierto que toda arquitectura, y de eso tenemos que ser conscientes, tiene algo de imposición por mucho que nos empeñemos en hacer una arquitectura amable. Pero, aceptando esa cierta imposición, hay que hacer una arquitectura que la gente pueda amar, como le decía, y se ama más aquello que se entiende.

-¿Cómo huye de la tentación del espectáculo, de la sobreactuación, del anhelo de epatar a toda costa?

-La arquitectura siempre se produce como una confrontación entre ciertas obsesiones privadas y las necesidades públicas, que son las que tienen que primar. Uno tiene que contenerse y pensar que lo que hace es un servicio público, incluso aunque se trate de una vivienda privada, porque la ciudad está hecha de viviendas que son privadas pero que, en el fondo, forman parte de algo colectivo. Aceptar esa condición colectiva y pública de toda arquitectura, como un servicio público a los demás, te hace ser más humilde, más discreto, más medido, más conservador en cierto sentido.

-¿De qué no somos a veces conscientes cuando hablamos de arquitectura?

-De que está totalmente presente en nuestras vidas. Muchas veces no nos damos cuenta de que todo se produce dentro de ella, dentro de espacios que han sido creados, y construidos, por los hombres para los hombres y con los hombres. Forma parte de la vida de todos nosotros.

-¿Qué no se permite?

-Le habrá pasado ver a una persona guapa, exclamar '¡qué guapa!' y darse cuenta, seguidamente, de que, cuando de repente empieza a hacer gestos exagerados, ya no lo es tanto. Yo no tolero la arquitectura que está llena de gestos, de exageraciones, y que te acaba incomodando. Me gusta una arquitectura más tranquila, teniendo en cuenta que la tranquilidad es muy atractiva. La paz y las cosas bien hechas me interesan mucho.

En la ciudad

-¿Qué se plantea como reto?

-La ciudad es para los arquitectos nuestra gran inquietud. Es en la ciudad donde ocurren las cosas, y nos interesa mucho plantearnos cómo hacerlas más sostenibles, más habitables. Somos cada vez más urbanitas, cada vez son más las personas que viven en las ciudades. ¿Cómo hacer posible convivir con la naturaleza en la ciudad? El buen equilibrio entre ciudad y naturaleza es quizá el gran reto que tiene ahora mismo la arquitectura.

-¿Esperanzado?

-¿Cómo ser arquitecto y no ser optimista? Nosotros partimos del hecho de que las cosas son siempre mejorables. Y eso es lo que intentamos, mejorar las cosas aunque sea en una pequeñísima proporción. Evidentemente, no creo que seamos capaces de cambiar el mundo como pretendía en su momento la arquitectura moderna. Pero sí somos capaces de mejorar la vida de las personas, aunque sea un poquito: una casa bien hecha hace que las personas vivan mejor, una calle bien dimensionada hace que las personas disfruten mejor de la ciudad... Tenemos muchísimo por hacer.

-¿Acaso nostálgico?

-Remo hacia el futuro mirando hacia el pasado, que me interesa como referencia pero no me obsesiona. Son el presente y el futuro los que me interesan. El futuro me provoca mucha curiosidad.