Carthagineses y Romanos

Neptuno da la victoria a Escipión

Legionarios de las Fuerzas de Choque llevan en volandas a un caído en la batalla contra Carthago./P. Sánchez / AGM
Legionarios de las Fuerzas de Choque llevan en volandas a un caído en la batalla contra Carthago. / P. Sánchez / AGM

La batalla conquista a 5.000 espectadores con el gran realismo de su nueva puesta en escena, la formación de los contendientes y los diálogos en latín

Antonio López
ANTONIO LÓPEZ

Escipión tuvo un sueño en el que Neptuno, el dios del agua y el mar, le reveló que la única forma de ganar a los carthagineses y hacerse con el control de la joya más importante del Mare Nostrum, Qart Hadast, era atacar por los flancos. Cuando despertó, ordenó formar a sus legiones y tras casi seis días de contienda asestó el golpe definitivo, con una ofensiva combinada desde el sur y desde el oeste que le llevó directamente a la victoria. Entonces, el general romano gritó: «¡Victoria!», «¡victoria!» Y sus militares rugieron de furia mirando al numeroso público que ayer abarrotó el recinto de la Cuesta del Batel, esta vez acotado, donde se escenificó la Gran Batalla de las Fiestas de Carthagineses y Romanos.

Armas pesadas y ligeras, arietes, catapultas, hondas, arcos, espadas, falcatas, puñales, lanzas, jabalinas, hoplones y estandartes formaron parte del atrezo de un enfrentamiento que ganó en realismo. Lo hizo gracias a la nueva puesta en escena ideada por el estratega curtido en mil batallas Gerardo González, ya que el ataque se hizo mirando hacia la muralla; a la innovadora formación de tropas y legiones; y a los diálogos en latín del dirigente romano.

El acto pareció la escena de una película, por la espectacularidad y la participación de unos 3.000 guerreros. Entre ellos hubo dos docenas de especialistas de la empresa Legend. Ellos fueron los encargados de ocuparse de los momentos de riesgo, como las cargas de caballería y el manejo del fuego. Mientras, los festeros se emplearon a fondo en dar verosimilitud histórica a las acciones bélicas.

Un mayor orden logra darle más vistosidad a la contienda, aunque el público echa en falta más enfrentamientos entre los guerreros

El combate pudo ser disfrutado por alrededor de cinco mil personas. Cerca de 2.800 lo hicieron en las gradas, que en esta ocasión estaban instaladas en forma de herradura cerrada por la muralla. Sobre ésta y los escasos huecos que quedaban, estaba el resto del público, además de sobre Despeñaperros, en las inmediaciones del castillo de los Moros e, incluso, subidos a los árboles.

Al estar el graderío dispuesto de forma diferente, el escenario de la lucha quedó reducido un cuarto, aproximadamente, ya que en años anteriores los enfrentamiento se realizaban desde lo alto de la cuesta hasta la parte más baja, en el caso de los romanos. El objetivo fue conseguir «la recreación histórica más fiel a lo que realmente pasó hace dos mil años en la toma de Qart Hadast», según el director de escena, ideólogo de este espectáculo al que tituló 'El Sueño de Neptuno'.

Hubo más orden pero menos enfrentamientos, algo que fue percibido por el público. Lo que no varió fueron los diálogos y parlamentos entre los intérpretes de los generales enemigos, el carthaginés Magón Giscón, personificado en José Carlos Bafalliú, que tras catorce años dejará de protagonizar el personaje, y el romano Escipión (Husaí de León). Este último estuvo acompañado en todo momento por Cayo Lelio (Javi Munuera). Sus discursos, esta vez, se escucharon nítidos, así como la música de ambientación, que otros años falló.

Desembarco

A las cinco de la tarde, las legiones navales llegaron a la explanada del Muelle y escenificaron, en el auditorio instalado allí, el desembarco en las costas de Qart Hadast para representar el bloqueo del puerto púnico.

Las tropas locales se acuartelaron tras las murallas, en la Cuesta del Batel, y esperaron el asedio de esas legiones marítimas, desde la Plaza de la Isla, y de las que marchaban por tierra, desde la Plaza Bastarreche. Para favorecer su avance y garantizar la seguridad, la Policía Local cortó el tráfico en los carriles de la Cuesta del Batel en dirección al mar.

El primer ataque fue romano, con las legiones en formación triple y ajedrezada ('velites' o infantería ligera y 'hastati' en primera línea, príncipes, en retaguardia y los 'triari' o infantería pesada como cobertura). En ese momento los carthagineses esperaron tras las murallas y desde lo alto desafiaron a los romanos. Los arqueros púnicos lanzaron una lluvia de flechas sobre las huestes romanas, que respondieron con proyectiles de gran tamaño. Pese a ello, los de Escipión retrocedieron.

Siguió una escaramuza menor entre avanzadillas de ambos bandos, que acabó en tablas tras lanzarse más flechas y artefactos de fuego y un breve enfrentamiento cuerpo a cuerpo al grito del general carthaginés: «Por Quart Hadast. Victoria o muerte». Para fortalecerse, los romanos se desdoblaron en la primera fila para tapar mejor los huecos. Después vino una contra desde la fortaleza de las falanges carthaginesas, pero fracasó.

Los romanos izan la bandera de la victoria y desfilan entre vítores del numeroso público hasta el campamento

Tras ello y una vez escuchado a Neptuno en su sueño, el procónsul de Roma en Hispania asestó el golpe definitivo con la ofensiva combinada desde los flancos y el frontal, que el público aplaudió en masa. Con el ejército carthaginés vencido y masacrado, el general Publio Cornelio tomó la ciudad y se escuchó el «¡Victoria!», «¡victoria!». Entonces Magón entregó la ciudad y llegó la anécdota de la tarde. Cuando iba a sacar la falcata para rendirse se le atascó y tuvo que pedir la de un compañero para culminar el acto, entre los aplausos del público.

Entre ellos estuvo el presidente de la Comunidad Autónoma, Fernando López Miras, la alcaldesa, Ana Belén Castejón, el delegado del Gobierno, Diego Conesa, así como diputados regionales y concejales del Ayuntamiento. Lo vieron desde una grada instalada en lo alto de la cuesta.

Tras el posterior perdón a los combatientes carthagineses, todos los participantes, bien formados, agradecieron al público su asistencia y su aplauso. La batalla duró más o menos una hora y cuarto, como estaba previsto. Los romanos marcharon hacia el Muelle, para proclamar que habían ganado y luego izaron su enseña en lugar de la carthaginesa, ya en la Plaza del Ayuntamiento. Allí anunciaron la creación de Carthago Nova, con todas las construcciones características de Roma.

Eso sirvió de preludio para el desfile triunfal que llevó a las legiones por la calle Mayor hasta el campamento, pasando por la Puerta de Murcia, la calle del Carmen, la Plaza de España, la calle Soldado Rosique y el puente del Cartagonova. Una vez allí, tanto los romanos como los carthagineses celebraron el éxito de una histórica batalla.

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