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Los hechos mandan

Alberto Requena
ALBERTO REQUENA

Mayer, estudiante en la Universidad de Tübingen en Alemania, hijo del boticario de Heilbronn, organizó un movimiento estudiantil, calificado de subversivo y fue juzgado ante un tribunal presidido por el Rector, que actuaba en el paraninfo de la Universidad. El lema de la asociación era: libertad, honor y patria. Se negó a dar los nombres de sus compañeros, entendiendo que eso suponía delatarles. Había ido a estudiar medicina, pero no asistió casi a ninguna clase, aduciendo que no había mucho que oír en ellas. Se quejó amargamente de todos los profesores que se limitaban a enseñar lo que ellos habían aprendido hacía mucho, sin haber aportado nada nuevo. Ciertamente, en la época, siglo XIX, era corriente que las grandes aportaciones no provenían de profesores. Los descubridores de: la electrolisis, la máquina de vapor, el electromagnetismo o la locomotora no eran profesores. Ni Faraday, ni Davy ni Ritter lo eran. Los hombres de ciencia relevantes no habían estudiado, porque no tenían recursos para ello. Mayer decía que estudiaba observando y que esperaba llegar a saber algo, algún día. Este discurso fue interpretado por el tribunal como que no correspondía a una mentalidad sana. La conclusión fue una pena de reclusión durante una larga temporada y recibió el Consilium abeundi, que suponía un consejo coactivo para abandonar la Universidad. Una huelga de hambre hizo que el claustro lo liberara a los seis días.

En febrero de 1840 partía un buque de cuatro palos del puerto de Rotterdam con destino al puerto de Batavia. Fue un viaje lleno de experiencias para un neófito en los mares. Fue interrogado por el timonel, con el que hizo amistad, sobre sus sensaciones, cuando le dejaba las empuñaduras de la rueda del timón en sus manos, tras lo cual le demandó una explicación sobre las razones que justifican que el agua del mar sea más caliente cuando la mueve una tormenta. A Mayer le sorprendió la pregunta. Mientras los marinos lo conocían, él lo ignoraba completamente. Pensando que lo que es válido para lo grande, también debe serlo para lo pequeño, llenó una botella hasta la mitad, tomó la temperatura y después agitó durante cinco minutos y volvió a tomar la temperatura. La temperatura del agua había ascendido un par de grados. Esto le dio que pensar. Al poco, el barco arribo a la bahía de Batavia. Un par de marineros enfermaron, con síntomas de fiebre y problemas respiratorios. Mayer les practicó una sangría, como hacía habitualmente, haciendo manar una sangre casi negra, aunque de la vena salía una sangre clara de color rojo. Pensó que había pinchado una arteria, aunque no se trataba de eso. Le pasó lo mismo con otros enfermos.

El color claro era de una sangre oxigenada, por tanto, no era sangre «gastada» la que detectaba. El cuerpo no necesitaba más oxígeno. La razón explicativa la encontró en que, en los trópicos, el ambiente absorbía menos calor que el aire frío en otras latitudes. Otros efectos derivados del ambiente eran menor apetito y algo más prosaico como que la caldera del buque precisaba menos carga de carbón. Experimentó lo que ocurría con unos marineros muy activos en la descarga del buque, que comían con buen apetito y abundantemente. La sangre también era negra. Logró una explicación: cuando el cuerpo efectuaba un mayor trabajo muscular, tenía que oxidar más alimento y como consecuencia consumía el oxígeno recibido. Era lo que le pasaba a la máquina de vapor del barco: cuando había que caldear más, era cuando la máquina tenía que efectuar mayor trabajo. Por tanto, el trabajo realizado dependía del calor aportado. El calor se transformaba, pues, en trabajo. De aquí dedujo que el calor era igual («equivalente») al trabajo. Claro que, por la misma razón, el trabajo se debería convertir en calor. El mar removido era más caliente, según le indicó el timonel. Recordó que cuando era pequeño y jugaba con los amigos a bajar por las barandillas de las escaleras, los pantalones se le calentaban por el rozamiento. Claro que, esto implicaba que el rozamiento era trabajo. Así se justificaba que los indígenas encendieran el fuego frotando maderas. Cuando se danzaba se sudaba, al convertir el trabajo en calor. Fue entonces cuando sospechó que era improbable que se perdiera uno en otro, en cualquier proceso. La capacidad del pensamiento humano no tiene límites, ¡ menos mal ! Aunque muchos lo disimulen.