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Nubes de buen tiempo

Alberto Requena
ALBERTO REQUENA

Observar las nubes proporciona un disfrute especial. Es una actividad al alcance de todos. Naturalmente, para ello es necesario que decoren el escenario, cosa que en estas latitudes no se da siempre. Son objetos imprecisos, con límites indeterminados. Hay muchas clases y variedades. Nos centraremos en los cúmulos, las más definidas de todas las especies de nubes. Son nubes aisladas, sueltas, independientes. Las más frecuentes en los dibujos infantiles. Se forman a alturas entre 600 y 1000 metros, como consecuencia de corrientes ascendentes de aire caliente. En días claros se asemejan a ovillos de algodón o lana, esponjosas, como si fueran de azúcar, con apariencia suave, que desearíamos alcanzar con la mano. La especie humilis empieza a formarse en la superficie de la tierra como consecuencia de la incidencia de los rayos solares matutinos. No provocan precipitaciones, al igual que la especie mediocris y se asocian como nubes de bien tiempo. Las únicas que provocan chaparrones son las de la especie congestus, que no son nubes de buen tiempo, que evolucionan hasta un cumulonimbo y pueden desencadenar una lluvia intensa. En los días veraniegos, los cúmulos se forman por la mañana y evolucionan a congestus hacia el mediodía y descargan por la tarde. «Cielo a lana, si no llueve hoy, lloverá mañana», sentencia el refrán.

Un cúmulo, es agua y solamente agua. La misma sustancia que llena un vaso. Pero mientras ésta última es transparente, las nubes son blancas y opacas, al estar constituida por miles de millones de gotitas diminutas. Se estima que en un metro cúbico de nube puede haber hasta mil millones de gotas de agua. Una nube de un kilómetro cúbico puede alcanzar un peso de unas doscientas toneladas, equivalentes al peso del animal más grande del mundo, cual es una ballena azul de entre 25 y 32 metros. Esta ingente cantidad de gotitas dispersa la luz solar que incide en todas las direcciones y por eso le da el aspecto algodonoso, que contrasta con la transparencia del agua contenida en un vaso. Como precisa Pretor-Pinney, algo similar a lo que ocurre cuando observamos un cristal grabado y lo comparamos con un cristal liso. La única superficie de éste último, contrasta con la multitud de facetas que podemos encontrar en el cristal tallado o grabado, que dispersa la luz en los múltiples ángulos y proporcionan una apariencia blanca.

Los cúmulos implican corrientes ascendentes capaces de elevar aves como las águilas. Las corrientes de convección térmica vitalizan a los cúmulos. Transportan la humedad al iniciarse la construcción de la nube y hacen permanecer a las gotas de agua en el aire durante un tiempo que se estima en unos diez minutos. Pretor-Pinney nos detalla una maqueta consistente en la denominada lámpara de lava, con la única salvedad de que en esta última están implicados líquidos y en la nube lo están gases. Consiste en una bombilla situada en el fondo de la lámpara, que calienta el aceite que llena el fondo de la lámpara, lo que simula al proceso por el que la radiación solar calienta el aire situado sobre la superficie de la Tierra. El aceite de la lámpara, calentado, disminuye su densidad, hasta que se hace menor que la del agua. La consecuencia es que el aceite asciende y se sitúa por encima del agua, flotando. Este proceso es la convección. El símil lo compara con el aire de la superficie de la Tierra, calentado, que asciende y acaba flotando como consecuencia de los rayos solares que inciden sobre él. Pero cuando el aceite de la lámpara de lava, ha ascendido y está suficientemente separado del calor de la bombilla, se enfría, contrae, aumenta su densidad y comienza a descender de nuevo. El símil es que el aire más frío y alejado del suelo desciende buscando la posición inicial y pasar a ocupar el hueco generado por el aire que calentado ha ascendido en la corriente de convección térmica. Se trata, por tanto, que la fábrica de cúmulos, emplea la humedad invisible arrastrada por la corriente térmica. El asfalto es más eficaz que un prado, una ladera soleada lo es más que la situada a la sombra. Una isla se calienta más que el agua circundante, incluso se puede llegar a ver un cúmulo sobre la ribera, hasta el punto de que pueden comportarse como faros que hacen visible la costa antes de que sea visible.